Siete años de amor ciego, novela · Capítulo 8 de 12
Capítulo 8: La gala
La nave principal del parque Fundidora tenía un techo de acero de treinta metros y mil sillas doradas.
Esa noche estaba iluminada de blanco y azul, con el logotipo de Alanís Aceros proyectado en la pared del fondo.
Sesenta años.
Había una orquesta, una pantalla gigante y un escenario con atril, flores y una bandera.
Entré por la puerta de invitados con mi mamá del brazo.
Ella llevaba el único vestido negro que le quedaba, con un broche de plata que había sido de mi abuela.
Detrás venía Abelardo, de traje oscuro, con un hombre flaco de lentes y un maletín: el perito.
Nadie nos detuvo.
En el mostrador de acreditaciones, la edecán buscó mi nombre y lo encontró.
"Accionista Ballesteros de Alanís. Mesa uno."
"Gracias."
"Disculpe, ¿es usted la señora a la que...?"
"Sí."
La edecán bajó la mirada y me dio el gafete con ambas manos.
La panadería seguía clausurada.
Los vecinos de la colonia habían puesto una mesa en la banqueta.
Vendían las conchas de mi mamá sin horno, de una bolsa de masa congelada.
Esa mañana, mi mamá lloró un rato.
Después se lavó la cara y dijo: "Vamos".
Atravesé el salón.
Mil cabezas voltearon.
La gente abrió camino.
Alguien dijo mi nombre en voz baja, y el nombre se fue pasando de mesa en mesa como una moneda.
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