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Siete Años Perdidos, novela · Capítulo 5 de 16

Capítulo 5: La retención

Me llevaron a un cuarto sin ventanas en el piso de abajo de la terminal.

Había una mesa metálica, tres sillas plásticas y un aire acondicionado que goteaba.

Gael entró detrás de mí sin que nadie lo invitara.

Uno de los hombres de traje intentó cerrarle la puerta.

"Soy su abogado", dijo Gael.

"Y si me dejan afuera, el juez de turno va a tener una pregunta que contestar a las seis de la mañana."

Lo dejaron pasar.

Nos sentamos.

Pasó una hora.

Dos.

Un guardia trajo un vaso de agua tibia y se lo llevó sin que yo lo tocara.

Cada tanto, Gael miraba el reloj y movía el pie contra el suelo, el único gesto nervioso que le había visto.

"¿Qué hacemos?", pregunté.

"Esperamos que alguien cometa un error."

"¿Y si no lo comete?"

"Siempre lo cometen. Los poderosos creen que a las tres de la mañana nadie mira."

A las tres y cuarenta, se abrió la puerta.

Entró una mujer de unos cuarenta años, con el pelo recogido en una trenza y una chaqueta azul sobre una pijama de algodón.

Traía un teléfono pegado a la oreja y una carpeta bajo el brazo.

"Gael Guerrero", dijo, sin saludar. "Tienes la mala costumbre de llegar a mi isla a la hora de las brujas."

"Es la única hora en que me dejan entrar."

"Cinco años de paz que acabas de arruinar."

Era la cónsul de Colombia.

Se volvió hacia los dos hombres de traje.

"Buenas noches."

"Esta señora es ciudadana colombiana en tránsito, con una invitación escrita de un hotel y un tiquete de regreso para el sábado."

"No existe ninguna causa para retenerla."

"Si ustedes tienen una orden de un tribunal, muéstrenmela."

"Si es una orden de una empresa privada, yo anoto sus nombres ahora mismo y los mando a la cancillería."

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