Turbulencia En Medias De Seda, novela · Capítulo 1 de 12
Capítulo 1: Películas para esta noche
Una noche su tía política entra en lencería a pedirle películas fuertes porque su tío ni la toca; él ofrece ayudarla, y ella contesta una llamada del marido sin soltarlo.
Eran casi las doce de la noche y yo me la estaba jalando.
Lo sé, no es la mejor forma de empezar una historia.
Pero llevaba tres semanas viviendo en casa de mi tío Gumaro, en el cuarto de visitas, con una pared de tablaroca como único aislante.
Y del otro lado de esa pared dormía mi tía Isaura.
Era la esposa del hermano de mi papá, tía solo de apellido, sin una gota de sangre en común conmigo.
Tenía treinta y ocho años, un uniforme azul marino de sobrecargo que le quedaba como pintado y unas piernas largas enfundadas todo el día en medias de seda.
Yo tenía veintidós.
Y la misma pregunta de siempre: qué demonios estaba pasando con mi cabeza.
Esa noche estaba solo en casa con ella.
Mi tío estaba de rotación en Monterrey y no volvía hasta dentro de diez días.
Tenía la laptop apagada, la luz del buró prendida y la mano ocupada.
Cerré los ojos.
Pensé en el pasillo de hacía dos días, cuando ella salió del baño con una toalla envuelta en el pelo y otra amarrada abajo de los brazos.
Se había detenido a medio paso, me había mirado de arriba abajo y se había reído.
"Perdón, Lucho. No sabía que estabas."
Sí sabía.
Yo estaba seguro de que sí sabía.
Apreté más fuerte.
Entonces la puerta se abrió.
No tocó.
Nunca tocaba.
Mi tía Isaura se quedó parada en el umbral, con una mano sobre el marco.
Solo traía puesta lencería.
Un conjunto de encaje negro, muy fino, con un liguero y unas medias de seda que le llegaban hasta los muslos.
Tenía las tetas llenas, redondas, apenas contenidas por el encaje, con los pezones marcados.
Del susto, jalé la cobija y me tapé con las dos manos.
"Tía." Se me quebró la voz. "¿Por qué entras así sin tocar?"
Ella no contestó enseguida.
Me miró.
Tenía la cara roja, los ojos brillantes y una sonrisa nerviosa que yo no le conocía.
"Lucho, no te enojes."
"No estoy enojado."
"Es que te necesito."
Se me cayó el estómago al piso.
"Lucho, perdón. Es que me arde todo de las ganas y el inútil de tu tío ni me toca."
Dijo "inútil" como quien escupe una espina.
Se acercó dos pasos.
Yo me hundí en la almohada.
"Ya llevo meses así", siguió. "Me desvelo viendo el techo. Me da vergüenza, pero ya no aguanto."
"Tía..."
"Ándale." Se sentó en la orilla de mi cama y el colchón se hundió. "Búscame unas pelis cochinas en tu laptop. De esas fuertes. Que me pueda encargar yo misma."
Me quedé mudo.
Sentía la sangre golpeándome en las orejas.
Ella olía a crema de coco y a perfume de aeropuerto, y tenía el muslo a diez centímetros de mi mano tapada.
Debí decir que no.
Debí decirle que se fuera a su cuarto.
Pero ella me estaba mirando a los ojos.
Y bajó la mirada, despacio, hasta la cobija.
A la tienda de campaña que yo no lograba esconder.
Se mordió el labio.
"Ay, Lucho", susurró. "Estabas ocupado."
"No es lo que..."
"Claro que es lo que." Se rio bajito. "Y sigue bien duro."
No pude negarlo.
Respiré hondo y me dije que no tenía nada que perder.
Saqué la mano de debajo de la cobija, a la vista.
"¿Y si mejor te ayudo yo con eso?"
Lo solté de un tirón, antes de pensarlo.
El silencio duró un siglo.
Ella ladeó la cabeza.
Tenía el lunar bajo el labio y los ojos verdes más oscuros que nunca.
"¿Me estás tirando la onda?"
"Sí."
"Soy la esposa de tu tío."
"Sí."
"Tengo dieciséis años más que tú."
"Dieciséis exactos", dije. "Los saqué hace tres semanas."
Soltó una carcajada que le hizo temblar los pechos.
Luego se quedó callada.
Se inclinó hacia mí y apoyó una mano en el colchón, a la altura de mi cadera.
Su aliento me rozó la boca.
"Si te digo que sí", murmuró, "no me vas a tratar como a una señora."
"Eso nunca."
"Y no vas a hablar."
"Soy una tumba."
"Y vas a hacer todo lo que yo te diga."
Se me secó la garganta.
"Todo."
Sonrió.
Metió la mano bajo la cobija.
Sus dedos largos y fríos encontraron mi verga y la envolvieron por completo.
Solté un gemido ahogado.
Ella apretó despacio, de la base a la punta, mirándome la cara.
"Mira nada más", dijo. "Así de duro, y todo para mí."
"Tía..."
"Isaura. Cuando me tienes en la mano, Isaura."
Empezó a mover la muñeca.
Primero lento, con una presión que me hacía ver estrellas.
Luego más rápido, girando el pulgar sobre la cabeza cada vez que subía, extendiendo con el dedo la gota que ya me escurría.
Eché la cabeza atrás y me aferré a las sábanas.
"Eso", susurró ella. "Qué bonito sonido."
Con la otra mano me tomó la mía y la puso sobre su pierna.
La seda estaba tibia.
Subí por el muslo hasta el borde de encaje.
Ella abrió las rodillas apenas.
Mis dedos encontraron la tela de los calzones, completamente empapada.
"Dios", se me escapó.
"Sí." Se mordió el labio. "Lo ves. Llevo semanas así."
Me froté contra ella por encima del encaje y vi cómo se le iba la sonrisa.
Su respiración se aceleró.
Yo también sentía que iba a venirme en cualquier momento.
Y entonces sonó su teléfono.
Estaba sobre el buró, junto a mi lámpara.
La pantalla se encendió con una foto de mi tío en uniforme y la palabra "Gumaro".
Los dos nos congelamos.
Ella miró el teléfono.
Me miró a mí.
Y algo muy distinto cruzó por sus ojos.
No susto.
Decisión.
Sin soltarme, estiró el brazo libre, tomó el celular y deslizó el dedo.
"Hola, mi amor."
Su voz sonó dulce, cansada, perfecta.
Yo la miré con los ojos desorbitados.
Con la otra mano, ella apretó mi verga y me guiñó un ojo.
"¿Que si ya me dormí?", dijo al teléfono. "Todavía no, mi vida. Estaba viendo una película."
Y siguió moviendo la mano.