Un Anhelo Sin Final, novela · Capítulo 7 de 24
Capítulo 7: El abuelo
La casa de Arsenio Larco quedaba en La Molina, detrás de un portón de hierro y de un jardín que nadie pisaba.
El chofer nos abrió la puerta del auto en el patio de piedra.
Manuel salió primero y se quedó mirando la fachada, con las manos en los bolsillos.
"No ha cambiado nada", murmuró. "Sigue oliendo a miedo."
Una empleada nos llevó a un salón de techos altos, con alfombras persas y un reloj de pared que marcaba cada segundo como un martillo.
Arsenio esperaba sentado en un sillón de cuero, con su bastón entre las piernas.
Fidelia, su nuera, estaba a su lado y servía el té en tazas de porcelana.
No me miró.
"Siéntate, hija", dijo el viejo. "Veo que trajiste compañía."
"Don Arsenio", saludó Manuel, seco.
"Manuel Maúrtua. Llegaste tarde para la boda de tu hermana. Cinco años tarde."
"Llegué para su funeral, si hace falta."
"Qué dramático."
Me senté en el borde de una silla.
No toqué la taza.
"Vamos a ser claros", dijo Arsenio, sin levantar la voz. "Mi nieto cometió un error."
"Yo lo habría evitado, pero el amor lo vuelve torpe. Lo hecho, hecho está."
"¿Error?"
"Sí. Quiso proteger a la mujer que ama de un trámite incómodo."
"Falsificó un acta."
"Su madre lo hizo, para que durmiera tranquilo."
Fidelia dejó la tetera sobre la bandeja.
Se oyó un tintineo suave.
"Te voy a hacer una oferta, Amelia", continuó el viejo. "Una oferta justa."
Sacó un sobre del bolsillo de su chaqueta y lo puso sobre la mesa.
"Una casa en Chorrillos, a tu nombre. Una pensión de veinte mil soles al mes."
"Tu academia recibirá una donación de mi fundación todos los años. Hugo te visitará cuando quiera. Tú seguirás como hasta ahora."
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