Un Anhelo Sin Final, novela · Capítulo 8 de 24
Capítulo 8: La casa de Barranco
El mensajero llegó a la academia a las nueve de la mañana, con un sobre grueso y un recibo que debía firmar.
Dentro había una llave, una escritura notarial y una tarjeta con la letra de Hugo.
"Es tuya. Pase lo que pase. Solo quiero que tengas un lugar que nadie pueda quitarte."
La escritura estaba a mi nombre.
Una casa en la calle Domeyer, en Barranco, valorizada en dos millones doscientos mil dólares.
Me quedé mirando el papel hasta que me dolieron los ojos.
"¿Qué es eso?", preguntó Manuel.
Había pasado la noche en un hostal de la avenida Grau.
Desde las ocho me esperaba en el patio con dos cafés en vasos de cartón.
Le extendí la escritura.
Él la leyó entera, de arriba abajo, con el entrecejo fruncido.
"Un regalo de disculpas con dos millones de dólares", dijo. "Qué barato es el arrepentimiento."
"No lo voy a aceptar."
"Hace bien."
"Pero quiero verla antes de devolverla."
Me miró con una ceja levantada.
"¿Para qué?"
"Porque cinco años compré las cortinas de una casa que no era mía. Quiero saber qué había preparado para mí."
Manuel dudó.
Después se encogió de hombros.
"Te acompaño."
La casa de la calle Domeyer tenía dos pisos, un jardín con jacarandás y un portón de madera pintado de verde.
La llave giró suave, como si alguien la hubiera engrasado el día anterior.
Adentro olía a madera nueva y a pintura fresca.
Los techos eran altos, los pisos de parquet claro, las ventanas daban a un patio de piedra con una fuente.
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