Amor profundo que llega tarde, novela · Capítulo 2 de 24
Capítulo 2: Primer día
En la clínica Tobías le exige disculparse con Ignacia; esa noche la luna se lleva el recuerdo de su primer encuentro.
Me quedaron los dedos de los pies amoratados, tres costillas fisuradas y una hipotermia de manual.
El médico, un hombre cansado de bata verde, me examinó con lupa.
"Es un milagro, señorita Vergara. Siete días a esa temperatura, y está lúcida."
"Tuve suerte."
"No se llama suerte."
Mi madre lloró en la silla, con un pañuelo de tela, sin dejar de apretarme la mano.
Llegó a las seis de la mañana, desde Rancagua, en el primer bus.
"Isabel, hija, pensé que te perdía."
"Estoy aquí, mamá."
"Ese Tobías no se despegó de la clínica. Dijo que no se iba hasta verte."
"No necesitaba."
"No hables así."
Cerré los ojos.
Un poco antes del mediodía, la puerta se abrió sin golpear.
Tobías entró con una camisa blanca limpia y la mirada dura.
Se detuvo a los pies de mi cama y cruzó los brazos.
"Estás despierta."
"Sí."
"Bien. Vamos a hablar."
Mi madre se puso de pie.
"Tobías, la niña acaba de salir de..."
"Señora, con todo respeto. Tengo que hablar con ella a solas."
Mi madre me miró.
Yo asentí.
Salió, con el pañuelo apretado en la mano.
Tobías esperó a que se cerrara la puerta.
"Ignacia está en la 312, en este mismo piso."
"Qué bueno."
"Quiero que vayas a pedirle perdón."
Lo miré sin parpadear.
"¿Por qué?"
"Por lo que hiciste. Ella me contó cómo la empujaste cuando se rompió la nieve."
"Por poco le rompes los brazos, y es violonchelista, Isa."
"Si no hubiera sido por mí, ahora estaría muerta."
"¿Eso te contó?"
"Eso me contó."
"¿Y tú lo viste?"
Se tensó.
"No hace falta. La conozco desde hace diez años. Ella no miente."
"Entiendo."
"Entonces ¿vas a ir?"
Pensé en la voz de la nieve.
Seis noches.
Y pensé que me daba lo mismo.
"Sí", dije. "Voy."
Se quedó mirándome.
Esperaba una pelea.
Lo vi en el músculo que se le movía en la mandíbula.
"¿Así de fácil?"
"Así."
Me bajé de la cama con ayuda de la enfermera, me puse una bata y arrastré la bolsa de suero por el pasillo.
Tobías me siguió en silencio.
La habitación 312 tenía flores por todas partes: lirios, rosas y un ramo enorme de tulipanes blancos.
Ignacia estaba sentada en la cama, con el brazo derecho en cabestrillo, el pelo pulcro y un camisón de seda color marfil.
Tenía los ojos rojos.
Se veía, como siempre, adorable.
"Isa", dijo, con una voz de cristal. "Mi amor, qué alegría verte."
Se secó una lágrima.
Detrás de mí, Tobías dejó el aire caer.
Miré a mi prima.
En sus ojos, bajo las pestañas húmedas, había un destello pequeño y frío.
Lo vi.
Duró un segundo, y ella supo que yo lo había visto.
"Ignacia", dije. "Perdóname."
Se quedó muda.
"Por haberte empujado cuando se rompió la nieve."
Su boca se abrió.
No esperaba esto.
"Es... No hay nada que perdonar, Isa", balbuceó. "Fue un accidente."
"Entonces me alegra que no te haya pasado nada en los brazos."
"Gracias."
Su voz tembló, y no era de dolor.
Era de miedo.
Tobías respiró, aliviado.
"Ya está. Ya pasó."
Se acercó a la cama de Ignacia y le tomó la mano sana.
Ella apoyó la cabeza en su hombro y me dedicó, por encima de su camisa, una mirada de triunfo.
Salí del cuarto sin mirar atrás.
Mi madre me esperaba en el pasillo.
"¿Por qué le pediste perdón?", susurró. "Tú nunca..."
"Para que se acabe pronto, mamá."
Me llevó de vuelta a mi cama.
Al caer la tarde, la ventana de la habitación se llenó de un cielo violeta.
Me acomodé en la almohada y vi salir la luna.
Todavía le faltaban cinco noches para estar llena.
Un gajo plateado, pegado a las montañas.
Cerré los ojos.
Intenté recordar el primer día que vi a Tobías.
Una biblioteca.
Una mesa larga, con luz verde de lámpara.
Un chico rubio, con una bufanda gris, que se acercaba a pedirme un lápiz.
Empecé a recordarlo con detalle.
Y me di cuenta, de pronto, de que no tenía su cara.
Veía la bufanda, la lámpara, la mesa.
En el centro de la escena había una mancha clara, como una foto con el flash encima.
Probé con otro recuerdo.
La primera cita.
La pizzería de la calle Merced.
Había un mantel de cuadros rojos y una vela.
Al otro lado de la mesa, nadie.
Sentí una punzada breve, como un pinchazo.
Y después, nada.
Lo que había sentido por esa escena ya no estaba.
La luna terminó de subir sobre el techo de la clínica.
Una voz muy suave, en el borde de mi sueño, murmuró:
"Uno."