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Aprobó El Examen Sentada En Mis Piernas, novela · Capítulo 2 de 24

Capítulo 2: Marcha atrás

Segunda clase: ella dice su edad y que sabía lo que hacía, y las manos de él dejan de obedecerle.

"Bájate", le dije.

Tardó tres segundos en obedecer, y fueron los tres segundos más largos de mi vida.

Se pasó de nuevo por encima de la palanca, con una pierna después de la otra, y volvió a su asiento.

Se alisó la falda, que ya no tenía arreglo.

Yo me quedé mirando el parabrisas con las manos pegadas a los muslos.

"La cámara", dije, por fin.

"¿Qué tiene?"

"Está grabando."

"Ah, eso." Se encogió de hombros. "La directora dice que nadie la revisa a menos que haya un accidente."

"No está bien."

"Pues no nos hemos estrellado."

La miré.

Tenía las mejillas encendidas, pero no por vergüenza.

Se le notaba en la sonrisa: se estaba divirtiendo muchísimo.

"Daniela. ¿Cuántos años tienes?"

"Veintiuno. Está en mi ficha, instructor."

"Primer año."

"Primero de ilustración. Trabajé dos años en el puesto de tamales de mi mamá, en Apodaca, para juntar el semestre. Entré tarde a propósito."

"¿A propósito?"

"Quería escoger mi horario." Ladeó la cabeza. "Pedí los martes y los jueves a las siete porque a esa hora daba clase el instructor Salinas."

Sentí que algo me caía en el estómago.

"No me conoces."

"Lo vi en la entrada del semestre pasado, arreglando la rueda de otra alumna."

Tamborileó con los dedos en el tablero.

"Se arremangó la camisa, no sonrió, y le dijo a la chica que no llorara porque llorar no servía para apretar tuercas."

"Eso es ser maleducado."

"Eso es lo más sexy que he visto en mi vida."

Me reí.

No quería, pero me salió, corta, cansada, la primera risa verdadera en mucho tiempo.

"Esto no puede pasar aquí", dije. "Soy tu instructor. Hay reglas, y hay un reglamento."

"El reglamento no prohíbe que dos adultos..."

"El reglamento prohíbe que un instructor acepte favores."

"Yo no le estoy pidiendo una nota", dijo ella, sin sonreír. "Le estoy pidiendo que me toque."

Me quedé callado.

El estacionamiento estaba vacío, con la luz anaranjada de las siete y media.

A lo lejos, detrás de los edificios, el cerro de la Silla se recortaba sobre el cielo.

"Hoy no", dije.

"Entonces el jueves."

"Daniela."

"Instructor." Se acercó. "Usted me trae mal desde que le vi las manos. Y las tiene aquí, a veinte centímetros."

La palabra "no" se me quedó atorada.

Terminamos la clase.

Hizo cinco recorridos completos, con las manos a las diez y a las dos, sin apagarse ni una vez.

Aprendió a arrancar en primera.

Aprendió a frenar sin sacudir.

Yo no dije una palabra más que las instrucciones.

El jueves llegó con la misma falda.

Lo noté en el momento en que la vi entre los conos, con las piernas largas y morenas, caminando como si el asfalto fuera suyo.

Hicimos la clase.

Estacionamiento en reversa, en paralelo, giros cerrados.

Era buena.

Era mucho mejor de lo que yo había supuesto, atenta, rápida, sin una pizca de torpeza real.

La torpeza del martes había sido una actuación.

A las ocho y cuarto apagó el motor, puso el freno de mano y me miró.

"Ya terminamos", dijo.

"Sí."

"¿Y ahora?"

No contesté.

Ella desabrochó su cinturón.

Después tomó mi mano derecha, que reposaba en mi rodilla, y la puso entre sus muslos, bajo la falda.

Estaba ardiendo.

La tela de su ropa interior, fina como papel, estaba mojada.

"Maldita sea", susurré, sin voz.

"Dígame que pare."

No lo hice.

Deslicé los dedos por encima de la tela, despacio, de abajo hacia arriba, y ella abrió las piernas sin una palabra.

Le acaricié el clítoris con el pulgar, a través del algodón mojado, en círculos apretados.

Soltó un gemido ronco, apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos.

"Ahí", dijo. "Así."

"No hagas ruido."

"Es que usted..."

"Shh."

Le hice a un lado la tela y metí dos dedos en ella, hasta el fondo.

Estaba resbaladiza, apretada y caliente, y me envolvió con un espasmo que me puso duro como un fierro.

Ella buscó mi pantalón a ciegas.

Le dejé desabrocharme el cinturón.

Cuando me sacó la verga y la envolvió con la mano, solté el aire de golpe.

"Instructor", jadeó. "Es enorme."

"Mírame."

Abrió los ojos.

Los tenía negros, brillantes, desesperados.

"Muévete conmigo", le dije.

Metí y saqué los dedos al ritmo de su mano.

Ella me masturbaba con una torpeza ansiosa, apretando demasiado fuerte, y a mí me encantó.

El coche se llenó de olor a sexo y a vainilla.

El vidrio empezó a empañarse.

"Voy a venirme", susurró ella.

"Todavía no."

"No puedo..."

"Aguanta."

Subí el pulgar a su clítoris y lo presioné sin aflojar, mientras los dedos se curvaban dentro de ella.

"Instructor... por favor..."

"Ahora."

Se vino con un grito ahogado contra mi cuello, temblando entera, apretándome los dedos hasta el nudillo.

Su mano en mi verga se cerró de golpe y la sacudió una, dos, tres veces.

Me vine con un gruñido sordo, derramándome sobre su puño y sobre mis propios pantalones.

Nos quedamos así, jadeando.

Fue entonces cuando oí los nudillos golpeando el vidrio de mi ventanilla.

Un golpe seco, dos, tres.

Giré la cabeza, con la mano todavía entre sus piernas.

A través del vidrio empañado, contra la luz de un farol, vi la sonrisa ancha de Rodolfo Fierro.

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