Cincuenta Mil Razones para Vengarme, novela · Capítulo 5 de 12
Capítulo 5: La cena de Alfredo
Alfredo me escribió esa noche a las once.
Tenía mi número desde ayer, cuando le pasé una tarjeta en el callejón.
"El servicio terminó. Si todavía quieres ver el libro de proveedores, estoy en Roma Norte. Calle Orizaba 128, tercer piso."
Miré el mensaje un largo minuto.
Estaba en mi oficina de Reforma, con los zapatos fuera, una pila de papeles de Servicios Aurora y una taza de café frío.
Escribí una respuesta.
Escribí otra.
Al final mandé la tercera.
"Voy."
El departamento de Alfredo ocupaba el tercer piso de un edificio viejo.
Tenía balcones de hierro forjado, escaleras de mármol gastado y un olor a ajo desde el vestíbulo.
Abrió él mismo, descalzo, con una camiseta gris, unos pantalones de algodón, y un trapo de cocina sobre el hombro.
"Llegaste", dijo.
"Dijiste que había algo que ver."
"Hay. Pero primero hay que comer."
"No tengo hambre."
"Eso es mentira. No cenaste."
"¿Cómo sabes?"
"Porque ayer, en el callejón, ni siquiera aceptaste un vaso de agua."
Me dejó pasar.
La sala era pequeña y limpia, con un librero lleno de libros de cocina.
Había una mesa de madera para cuatro y una ventana abierta sobre los árboles de la calle.
Sobre la mesa, dos platos servidos, velas y una botella de agua mineral.
"¿Esto es el libro de proveedores?"
"Es una excusa."
Sonreí.
"Qué honesto."
"Soy muy malo para mentir."
Nos sentamos.
Me sirvió un plato de pasta con ajo, aceite de oliva y chile guajillo, espolvoreada con queso añejo.
Era sencilla.
Era la mejor pasta que había comido en mi vida.
"Esto te hace más famoso que las tres estrellas", dije con la boca llena.
"Es lo que hago cuando no cocino para nadie."
"¿Por qué?"
"Porque nadie me evalúa."
Me reí, y él me miró reír.
Hablamos durante dos horas.
De su pueblo en Zacatecas.
De la primera quemadura, a los dieciséis años, y de la cicatriz del antebrazo, que fue un sartén en una cocina de Barcelona.
De que a mí me habían expulsado de tres colegios por contestar mal a las maestras.
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