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Curso de Perreo Intensivo, novela · Capítulo 2 de 12

Capítulo 2: Contra el espejo

Con el estudio vacío, Ramsés la sube a la barra y la come frente al espejo; al despedirse ella se entera de que Cinthia se inscribió.

Me bajé hasta el fondo, y todo el cuerpo se me cerró alrededor de un solo punto.

Me vine encima de él, con la tanga puesta, mirando en el espejo la cara de mi ex.

Grité sin pensar en nadie.

Ramsés me sostuvo de las caderas hasta que dejé de temblar, y la clase estalló en aplausos y silbidos.

"Eso, Yaz", gritó Nayely. "¡Eso es un diez!"

Me quedé jadeando a gatas, con el sudor corriéndome por la espalda y los muslos mojados.

En la puerta, Rigo dio un paso adentro.

"¿Para esto te metiste a clases?", dijo, demasiado fuerte. "¿Con la lana que dejaste de pagar de la renta?"

Las once alumnas se voltearon a verlo.

Me puse de pie con las piernas flojas, me acomodé los shorts y caminé hasta la puerta descalza.

Cuando llegué frente a él, ya no me temblaba la voz.

"La renta la pagué yo, Rigo. Dos años enteros."

"No te pongas en ese plan."

"Estoy en clase. Si quieres hablar, pides cita con la recepción."

Cinthia se rio por la nariz y levantó el celular.

"Qué naquita te ves, Yazmín."

"Y tú qué orejona", contestó Nayely, que se había parado a mi lado con los brazos cruzados. "Sal o te sacamos."

Ramsés se levantó del piso sin prisa, con los pants ya subidos.

No dijo nada.

Solo se quedó junto a mí, tan quieto que los dos se fueron antes de que él abriera la boca.

La puerta se cerró.

Entonces me dio una risa nerviosa, y a la risa le siguió un temblor.

Nayely me abrazó fuerte.

"Estuviste espectacular, Yaz. Ese pendejo no va a dormir."

Terminamos la clase con estiramientos, y yo no escuché una palabra.

Las alumnas se fueron una por una, riéndose, recogiendo sus tapetes, mandándome besos.

Nayely se despidió la última.

"Mándame mensaje cuando llegues a tu casa. Y si el profe te ofrece algo, dile que sí."

Se fue guiñándome un ojo.

El salón quedó vacío, con las luces bajas y el olor a sudor todavía flotando.

Yo estaba en la barra, buscando mi botella de agua, cuando la música se apagó.

"Quédate un rato", dijo Ramsés desde la puerta.

Se había quitado la camiseta y la traía colgada del hombro.

Tenía el pecho marcado y la piel morena, con un tatuaje de un tambor enredado en rosas sobre las costillas.

"¿Para qué?"

"Para que no te vayas con eso en la cabeza."

"¿Con qué?"

"Con esa cara que pusiste en el espejo."

Cerró la puerta con llave.

Me recargué de espaldas contra la barra, con las manos aferradas al metal.

"No me da vergüenza", dije. "Lo de la clase."

"No debería."

"Es que no estoy acostumbrada a que me miren."

"Te miraron once mujeres y yo", dijo, acercándose. "Y todos vimos lo mismo."

"¿Qué?"

"Una mujer que sabe moverse."

Se detuvo frente a mí, tan cerca que le sentí el calor del pecho.

"Pero el espejo todavía no te creyó."

Me tomó de la mano y me llevó frente al espejo grande, el que ocupaba la pared entera.

Me puso de pie frente a mi propio reflejo, con él detrás.

Mi top estaba pegado al sudor, y los pezones se me marcaban duros bajo la tela.

"Mírate", dijo. "No a mí. A ti."

Me subió el top despacio, hasta que las tetas quedaron al aire frente a los dos.

Las manos le llegaron a mis pechos, grandes, tibias, y los apretó con el pulgar sobre cada pezón.

Me mordí el labio.

"Dime qué ves."

"No sé."

"Dímelo, Yazmín."

"Veo... a una mujer a la que le gusta."

"A ella le gusta", repitió, bajando una mano por mi vientre.

Deslizó los dedos bajo la cintura de mis shorts y los encontró empapados.

"Mucho", dijo, y me quitó los shorts y la tanga juntos.

Quedé desnuda frente al espejo, con las piernas apretadas y el corazón en los oídos.

Ramsés me levantó por las nalgas, me sentó de un golpe sobre la barra de ballet y me abrió las rodillas.

El metal estaba frío contra mi piel caliente, y solté un chillido.

Él se hincó delante de mí, con la rodilla derecha en el piso y la izquierda estirada, como en clase.

Me miró desde abajo.

"Voy a comerte aquí", dijo. "Y vas a mirar todo."

Su boca bajó a mi panocha.

La primera lamida fue larga, de abajo hacia arriba, y me arrancó un gemido que rebotó en todo el salón.

"Ay, Dios."

"Más bajito", dijo contra mi piel. "Eres alumna, no cantante."

Pero me chupó el clítoris con la boca entera, y bajito no me salió.

Lo hizo con una paciencia que me desarmaba.

Me abrió los labios con los pulgares, me lamió entera y se detuvo en el punto exacto, donde todo me latía.

Metió la lengua hasta adentro y la sacó, una y otra vez, mientras con la mano me apretaba el muslo.

Yo me agarré de su cabeza rapada.

"No pares", supliqué. "Por favor, no pares."

"Mira el espejo."

Miré.

Mi cuerpo desnudo, abierto sobre la barra, y su cabeza entre mis piernas, moviéndose con ganas.

Las tetas me subían y bajaban, la boca entreabierta, los ojos brillantes.

Era la mujer más sucia y más libre que había visto en mi vida, y era yo.

"Qué rica estás", dijo él, y volvió a chuparme el clítoris con fuerza.

Entonces me vine otra vez, más hondo, más largo, con los muslos cerrándose contra su cara.

Ramsés no se movió hasta que el último espasmo me soltó.

Se puso de pie con los labios brillantes y me besó, y me supe a mí misma en su boca.

"Eso no fue para el curso", dijo.

"¿Y para qué fue?"

"Para ti. Lo demás es trabajo."

Me bajé de la barra con las piernas hechas gelatina, y me vestí frente a él sin pudor.

En la recepción, doña Lupita esperaba con un cuaderno en la mano y una ceja arqueada.

Me entregó mi mochila sin decir una palabra sobre los gemidos que habían subido por la escalera.

"Mija, la que se acaba de ir me dejó esto."

Era la hoja de inscripción del curso, llena con letra grande y uñas largas.

Cinthia Rentería.

Empezaba el jueves a las siete, en mi mismo grupo.

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