De Compañera Estéril a Reina Pregnante, novela · Capítulo 9 de 24
Capítulo 9: El té
La sanadora llegó a las siete de la mañana, con una carpeta de cuero bajo el brazo y los ojos encendidos de rabia.
Se sentó a la mesa de la cocina, frente a mí, y la abrió.
"Acónito", dijo. "Y plata en polvo."
"¿Qué?"
"Es lo que encontró mi colega en tu pelo. Se acumula en el folículo, como una huella." Pasó una página. "Cinco años de acónito. Tres de plata. En dosis pequeñas, constantes, imposibles de notar."
"¿Para qué sirven?"
"Para impedir que una loba conciba."
Me quedé mirando la hoja.
Números.
Gráficos.
Una línea roja que subía.
"Cada noche, una taza", repetí.
"Sí."
"Durante ocho años."
"Sí, hija."
Dejé de respirar.
Veía la escena con claridad cruel.
La Casa de las Lunas, mi cuarto, la lámpara de aceite.
Candela entrando con la bandeja y la sonrisa tímida.
"Para que descanse, señora Ailén."
La taza humeante.
El olor a menta y a hierba luisa.
El gusto amargo debajo.
Yo bebía con la boca fruncida, sin imaginar.
Ocho años.
Dos mil novecientas noches.
Me levanté.
Tiré la silla.
Caminé hasta el fregadero, tomé la primera taza que encontré y la estrellé contra la pared.
Se hizo añicos.
Tomé otra.
Y otra.
Cuando mis manos buscaron la cuarta, unos brazos fuertes me sujetaron por detrás.
"Ailén."
"Suéltame."
"Para."
"¡Me robaron ocho años!"
"Lo sé."
"¡Me hicieron creer que estaba rota!"
"Lo sé."
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