El Tesorito De La Juventud, novela · Capítulo 2 de 12
Capítulo 2: Los adultos
Tatiana entra celosa y toma el mando; los besos se vuelven bocas y los tres van al dormitorio.
No era Ingrid.
Era Tatiana, la compañera de departamento de Fiorella, y se oía furiosa.
Subí las escaleras de la cochera detrás de Fiorella, que se bajaba el vestido con las manos temblando, y abrí la puerta.
Tatiana estaba en el umbral, con una gabardina negra abierta sobre un vestido ajustado color vino.
Treinta años, ojos verdes, el pelo castaño oscuro cayéndole en ondas sobre un hombro.
Era abogada.
Había armado la defensa de mi vecino en un juicio el año pasado y le había ganado en tres días.
También la recordaba, claro, del día que le armé los estantes de la sala.
Estaba apoyada en el marco de la puerta, mirándome los brazos mientras yo atornillaba.
"Buenas noches, Lorenzo."
"Tatiana."
"Fiorella, te dije que me esperaras."
"Y yo te dije que no iba a esperar."
"Entra", dije yo. "Se va a enterar el barrio."
Tatiana entró.
Miró a Fiorella, el pelo desordenado, la boca hinchada.
Me miró a mí, la mancha de aserrín en la camisa, el labio húmedo.
Sus ojos bajaron al suelo de la cochera, al fondo, a la banda de acero tirada junto al banco.
Se quedó callada un segundo.
"Qué rápido", dijo, con una sonrisa fría.
"No pasó nada", dijo Fiorella.
"Tienes lápiz labial hasta la barbilla."
Fiorella se limpió con el dorso de la mano.
"Tatiana..."
"No me expliques. Yo también pensaba traerte aquí para que te ayudara con esa cosa."
"Pero saliste corriendo antes de que terminara de vestirme."
"No te estoy quitando nada."
"Sí me estás quitando algo."
Dio un paso hacia mí.
"Hace seis meses que quiero cenar con este señor y él nunca se da por enterado."
Se me secó la garganta.
"Tatiana. Fiorella es la mejor amiga de mi hija."
"Y yo soy una mujer adulta de treinta años que sabe lo que quiere. Dime que no lo notaste, Lorenzo."
"Lo noté."
"¿Y por qué no hiciste nada?"
"Porque soy el padre de..."
"Hazte a un lado, niña", dijo Tatiana, sin mirar a Fiorella. "Deja que los adultos tengan una buena charla."
"Yo también soy adulta", contestó Fiorella, con la barbilla en alto. "Tengo veintidós."
"Entonces no te importará compartir."
Hubo un silencio.
Fiorella abrió los ojos, sorprendida.
Yo también.
"¿Compartir?", repetí.
Tatiana se quitó la gabardina y la dejó caer en el sofá.
Debajo, el vestido se le pegaba a cada curva: los pechos llenos, la cintura marcada, las caderas anchas.
"Los tres estamos aquí", dijo. "Los tres queremos lo mismo."
"Y yo no voy a pasar la noche en un departamento vacío imaginando lo que haces con ella."
Fiorella la miró.
Me miró a mí.
Se mordió el labio.
"¿Tú quieres?", me preguntó, con una vocecita.
Yo debía decir que no.
Debía mandarlas a casa, abrazarlas, llamar a mi hija.
Tenía una oportunidad de ser un buen hombre.
"Sí", dije.
Las dos soltaron el aire.
"Entonces siéntate", ordenó Tatiana, apuntando al sofá. "Y no te muevas."
Me senté.
Las dos se pararon delante de mí.
Tatiana tomó a Fiorella de la mano y la acercó.
"Mira, niña. Esto se hace así."
Y la besó.
Despacio, con la boca abierta, una mano en su nuca y la otra en su cintura.
Fiorella se quedó rígida un segundo.
Después se derritió.
Yo miraba, con la boca seca, la verga ya dura dentro del pantalón.
Tatiana bajó la mano y le levantó el vestido de algodón hasta la cintura, mostrando sus nalgas pálidas.
Le acarició la raya roja que le había dejado el cinturón.
"Pobrecita", murmuró contra su boca. "Mira cómo te dejaron."
"Duele un poquito."
"Yo te lo curo."
Tatiana se arrodilló, le separó las piernas con las manos y le besó la marca con la lengua, de abajo a arriba, lentamente.
Fiorella soltó un quejido y se agarró de sus hombros.
"Tío", gimió. "Tío, mírame."
Yo la miraba.
Tatiana alzó los ojos verdes hacia mí.
"Ven aquí, Lorenzo."
Me levanté.
Tatiana me tomó del cinturón, lo desabrochó con una sola mano, me bajó el cierre.
Cuando me sacó la verga, dura, gruesa, caliente, la envolvió con los dedos y la acarició de la base a la punta.
"Hermosa", susurró. "Qué desperdicio de seis meses."
Fiorella bajó la cabeza y miró, con los ojos muy abiertos.
"Nunca he visto una así."
"Ahora sí", dijo Tatiana. "Ven. De rodillas, a mi lado."
Fiorella obedeció.
Se arrodilló junto a ella, con las rodillas en la alfombra, el vestido arrugado hasta las caderas.
Tatiana la guio con una mano en la nuca.
"Primero con la lengua. Despacio. Mira cómo lo hago."
Lamió mi verga desde la base hasta la cabeza, con la lengua plana, hasta dejarla brillante.
Un temblor me subió por la columna.
"Ahora tú."
Fiorella me lamió con timidez, la punta de la lengua contra la cabeza.
Después con más ganas.
Su lengua era tibia, suave, torpe y deliciosa.
"Buena niña", le dijo Tatiana al oído. "Así. Mételo más."
Fiorella abrió los labios y se me metió en la boca, apretando.
Un gemido ronco me salió del pecho.
Le puse la mano en el pelo.
"Fiorella", gruñí. "Así. Qué rica."
Ella gimió contra mí, y la vibración me recorrió entero.
Tatiana me besó la boca, la mandíbula, el cuello, mientras sus manos me desabotonaban la camisa y acariciaban mi pecho.
Cuando Fiorella se separó para respirar, Tatiana ocupó su lugar.
Las dos se turnaron, boca a boca, lengua a lengua, hasta que tuve que agarrarme del respaldo del sofá para no caerme.
"No aguanto", dije. "Si siguen así..."
"Entonces vamos a la cama", dijo Tatiana, poniéndose de pie.
Fiorella se levantó, con los labios hinchados y los ojos brillantes.
Me tomó de la mano.
Subimos juntos las escaleras hacia mi dormitorio, las dos tirando de mí, con la ropa a medio quitar.
En la puerta, Tatiana se detuvo, se dio la vuelta y empujó a Fiorella suavemente hacia el borde de la cama.
"Ahora sí", dijo. "Que se acabe la espera."