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En esta vida no tengo corazón para amar, novela · Capítulo 2 de 12

Capítulo 2: Lo que todos querían

Cuauhtémoc no sabe qué decir, y su padre le dice a Lilia que ojalá hubiera muerto ella en el arroyo. Lilia entrega su traslado ya firmado.

Nadie dijo nada durante diez segundos.

Fueron los diez segundos más largos de mi segunda vida.

Doña Irma fue la primera en reaccionar.

"Lilia, hija", dijo, con la voz temblorosa. "No digas cosas que no sientes."

"Las siento, señora."

"Es el nerviosismo de la víspera. A todas las novias les pasa."

"No es nerviosismo."

"Pero el vestido, la iglesia, los invitados..."

"Los invitados se pueden ir a su casa."

Don Teófilo golpeó la mesa con el puño.

Se oyó el tintineo de las copas.

"Esto es una falta de respeto", dijo, con la voz gruesa de quien está acostumbrado a que lo obedezcan.

"A mi familia, a mi hijo, a mi nombre."

"Yo no falto el respeto a nadie", dije. "Estoy diciendo la verdad."

"¿Cuál verdad?"

"Que su hijo no quiere casarse conmigo."

Me volví hacia Cuauhtémoc.

Estaba sentado muy recto, con las manos sobre las rodillas.

"¿No es cierto, capitán?"

Él abrió la boca.

Dudó.

"Lilia", dijo, y era la primera vez que lo oía decir mi nombre sin desprecio. "No sé de qué hablas."

"Hablo de lo que usted piensa desde hace diez años."

"Yo no..."

"Del arroyo. De Azucena."

El nombre cayó como una piedra en un charco.

Doña Irma se tapó la boca.

El rostro de Cuauhtémoc se endureció, y vi cómo le palpitaba un músculo de la mandíbula.

"No pronuncies ese nombre."

"Murió por mí. Usted lo sabe, yo lo sé. Y todos en esta mesa lo han sabido siempre."

"Lilia, basta", dijo el general.

"Yo tenía quince años, mi general. Ella tenía dieciocho. El agua nos arrastró a las dos, y ella me empujó hacia la orilla."

"Nunca pedí que lo hiciera."

"Pero lo hizo, y yo vivo, y ella no."

"Y esa es una deuda que el capitán Pineda me cobra con cada mirada."

El silencio fue tan hondo que oí la cera de las velas gotear sobre los candeleros.

"Por eso renuncio", dije. "A esta boda, a esa deuda, a esta mesa."

Me quité el anillo de compromiso, un solitario antiguo de la familia Pineda que me habían puesto en el dedo hacía dos meses.

Lo dejé sobre el mantel blanco, frente a Cuauhtémoc.

"Está libre, capitán. Eso es lo que quería."

Me levanté.

Don Teófilo se puso de pie de golpe, con la cara púrpura.

"¡Insolente! Mi hijo te hizo un honor aceptándote."

"Su hijo cumplió una orden."

"¡Eres la causa de que Azucena esté muerta!"

Los oficiales se quedaron helados.

Doña Irma lo agarró del brazo.

"Teófilo."

"Es la verdad, Irma. Si ella no se hubiera caído a ese arroyo, mi hijo tendría a su lado a la mujer que amaba."

Las palabras cayeron entre nosotros como vidrio roto.

En mi otra vida, esas mismas palabras me habían hecho llorar durante años.

Ahora las escuché con calma.

"Tiene razón, don Teófilo", dije. "Pero no es una razón para casarse conmigo. Es una razón para que dejemos de hacernos daño."

"Ojalá hubieras muerto tú en ese arroyo", escupió él.

Nadie respiró.

Cuauhtémoc se levantó de golpe.

"Papá."

"Es lo que piensas, hijo, aunque no lo digas."

"Papá, cállate."

Fue la primera vez que lo oí alzar la voz a su padre.

Yo no me alteré.

Saqué de la bolsa de mi uniforme un sobre blanco, sellado, y lo puse sobre la mesa, junto al anillo.

"Mi general. Mi solicitud de traslado."

El general lo tomó con dedos pesados.

"¿Traslado?"

"A la clínica militar de Creel, en la Sierra Tarahumara. Con la firma del jefe de enfermería."

"La necesitan desde hace un mes, y me ofrecí."

"Pero... mañana..."

"Me voy esta noche."

El general me miró un largo rato.

Tenía los ojos húmedos.

"Hija. Yo..."

"No me debe nada, mi general. Mi padre hizo lo que tenía que hacer."

"Fue mi error", dijo el general, con la voz baja. "Debí dejar que ustedes decidieran."

"Gracias por decirlo."

Hice el saludo militar.

Luego di media vuelta y salí del comedor.

Oí pasos rápidos detrás de mí.

En el pasillo, bajo una lámpara de hierro, una mano me tomó del codo.

Cuauhtémoc.

Estaba muy pálido.

"Lilia."

"Capitán."

"No sabía que tenías el traslado firmado."

"Lo firmé hace una semana."

"¿Antes de esta noche?"

"Antes de esta vida", pensé, pero dije otra cosa.

"Tenía la corazonada de que esto iba a pasar."

Me miró fijamente.

Tenía el ceño fruncido, como si intentara descifrar un mapa.

"Esperaba que me odiaras", dijo despacio. "Que lloraras. Que insistieras."

"Ya no."

"Eso es lo que no entiendo."

"No hace falta que entienda. Usted pidió algo, y se lo concedí."

Retiré mi brazo de su mano.

Él se quedó ahí, de pie, bajo la luz amarilla del pasillo, mientras yo caminaba hacia la salida con la espalda recta.

Y por primera vez desde que lo conocía, no volví la cabeza.

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