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Fui El Reemplazo De Mi Hermana, novela · Capítulo 2 de 16

Capítulo 2: Astoria

Nina estrena un apartamento sobre una lavandería y rompe un cheque de dos millones delante de todo el barrio.

Salí de la mansión de los Corvino con un vestido manchado de vino, un bolso y trescientos dólares en efectivo.

Nada más.

Ni un abrigo.

Ni mis zapatos buenos, que dejé en el vestidor.

Ni mi anillo de bodas, que había dejado sobre la mesa de noche esa tarde, antes de bajar a cenar.

Lo había planeado.

Los guardias me dejaron pasar sin una palabra.

Pensé que me llamarían, que me detendrían, que me traerían de vuelta a rastras.

Nadie lo hizo.

Caminé una hora por la carretera, con los tacones en la mano, hasta una gasolinera donde pedí un taxi.

Quien llegó fue un señor mayor con un rosario colgado del retrovisor.

Me miró el vestido.

"¿Todo bien, señora?"

"Mejor que nunca."

Y era cierto.

Me sentía vacía como una casa recién barrida.

Llamé a Gemma desde el taxi, a las doce y diez de la noche.

Contestó al segundo timbre, con la voz de quien ha sido despertada y no le importa.

"¿Nina?"

"Gemma. Se acabó."

"¿Qué se acabó?"

"Los cinco años."

Se hizo un silencio.

"¿Estás bien?"

"Estoy libre."

"Dame la dirección. Voy a buscarte."

"No hace falta. Voy a tu edificio."

"Hay un apartamento arriba de la lavandería. Se desocupó el lunes. Lo tomas mañana, yo hablo con el dueño."

"Gemma."

"Dime."

"Gracias."

"Deja de agradecer y ven. Tengo una botella de vino."

"Vino no", dije, y las dos nos reímos hasta que se me saltaron las lágrimas.

Dormí en el sofá de Gemma, bajo una manta con estampado de leopardo.

Al día siguiente, el dueño de la lavandería me entregó una llave oxidada.

Era un señor de pocas palabras y me señaló una escalera estrecha que subía desde el patio.

El apartamento era un cuarto con una cama y una cocina de dos hornillas.

Tenía una ventana que daba a los tejados de Astoria y un baño con un grifo que goteaba.

Olía a suavizante.

Era mío.

Me senté en el suelo, con la espalda contra la pared, y miré el sol de la mañana entrar por la ventana.

Tenía veintinueve años, ni casa propia, ni hijos propios, ni un solo mueble que hubiera elegido yo.

Y nunca me había sentido tan rica.

Gemma subió con dos cafés y una bolsa de bagels.

Me puso uno en las manos.

"En el hospital hay una vacante de enfermera de planta. Me la guardaron porque les dije que tienes diez años de experiencia."

"Tengo cinco de experiencia y cinco de madrastra."

"La madrastra cuenta doble."

Me reí.

Y entonces oí el motor.

Gemma se asomó por la ventana y soltó un silbido.

"Nina. Ven a ver esto."

Abajo, frente a la lavandería, estaba estacionado un sedán negro blindado, con dos camionetas oscuras detrás.

Un hombre de traje se bajó del sedán y abrió la puerta trasera.

Salió Massimo.

Llevaba el mismo traje de ayer, arrugado, y los ojos hundidos.

No había dormido.

Cruzó la acera, entre las mujeres que sacaban la ropa de las secadoras, con una carpeta de cuero bajo el brazo.

Subió las escaleras del patio, despacio, y se detuvo en el último escalón.

Gemma se me paró al lado, con los brazos cruzados.

"¿Quieres que lo eche?"

"Yo me encargo."

Bajé.

Nos quedamos frente a frente en el patio, al sol.

Había mirones.

Las vecinas de la lavandería fingían doblar sábanas, el dueño asomaba por la puerta, tres chicos de la cuadra se apoyaban en una bicicleta.

"Nina", dijo.

"Massimo."

"Vine a pedirte que vuelvas."

"No."

"No me has oído."

"Te oí perfecto."

Abrió la carpeta y sacó un papel.

Era un cheque.

Lo tendió hacia mí con la mano firme, la mirada de siempre, la de un hombre que no ha perdido nunca una negociación.

"Dos millones de dólares. A tu nombre. No es una compensación. Es una oferta para que firmes otro contrato."

"¿Otro?"

"Cinco años más. La mansión a tu nombre. El colegio de Dario. Todo lo que pidas."

Lo miré.

Miré el cheque.

Recordé el vino frío y la voz de mi sobrino diciendo "ojalá te hubieras muerto tú".

Recordé la voz de mi esposo diciendo "es un niño", sin levantarse de la silla.

"¿Me lo ofreces", dije, "o me lo exiges?"

"Te lo ofrezco."

"Entonces tengo derecho a contestarte."

Tomé el cheque con las dos manos.

Lo rompí por la mitad.

Lo rompí otra vez.

Lo rompí en ocho pedazos que dejé caer, uno a uno, sobre el empedrado del patio, delante de todo el barrio.

Una de las vecinas aplaudió, y se calló al instante.

El cuerpo de Massimo no se movió.

Pero en su mandíbula se tensó un músculo.

"Soy el Don de la familia Corvino", dijo, bajo. "Nadie me ha roto un cheque en mi vida."

"Pues ya te acostumbrarás."

"Nina."

"Cinco años me llamaste 'señora', Massimo."

"Ayer dijiste mi nombre por primera vez."

"Para pedirme que me callara."

"Ahora que sé cómo suena en tu boca, ya no lo quiero."

Se quedó callado, mirándome.

Los ojos grises le brillaron un segundo.

No supe si era rabia o algo más.

Cerró la carpeta.

"Tienes hasta el domingo", dijo.

"¿Para qué?"

"Para pensarlo."

"Ya lo pensé."

"Hasta el domingo, Nina."

Se dio la vuelta, bajó los escalones y subió al sedán negro.

Las camionetas arrancaron detrás.

Gemma soltó el aire.

"Qué hombre tan insoportable."

"Sí."

"Y qué mirada."

"Gemma."

"Digo nada."

Recogí los pedazos del cheque del suelo uno por uno.

No iba a dejar basura en el patio del señor que me había dado la llave.

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