UpNextDrama · Dramas por entregas gratis: un capítulo más.

Juicio de Internet, novela · Capítulo 2 de 12

Capítulo 2: El juicio

Los comentarios lo destrozan, el estudio lo suspende. Al subir en el chat silenciado Anselmo encuentra algo de hace diez meses.

Al mediodía el video tenía trescientas mil visualizaciones y mi nombre completo.

Alguien lo había puesto en los comentarios: Anselmo Gaitán, arquitecto, Laureles.

Después apareció mi foto.

Después, el nombre del estudio donde trabajaba medio tiempo.

Y después el número de mi mamá, que alguien encontró en un perfil viejo.

Estaba en mi apartamento, sentado en el sofá, con la maleta todavía cerrada en la puerta.

El celular no paraba de sonar.

Mi jefe fue el primero.

"Anselmo, necesito que hablemos. Hay un tema de reputación."

"Yo no he hecho nada."

"Lo sé, hijo. Pero tengo cuatro clientes que me llamaron esta mañana. Voy a tener que suspenderte con goce de sueldo hasta que esto se calme."

"¿Hasta cuándo?"

"No sé."

Colgó con voz de funeral.

Después llamó mi mamá, desde Rionegro, llorando.

"Mijo, ¿qué es esto que me mandaron? Dicen que le pegaste a una muchacha."

"Mamá, no le pegué a nadie. Escúcheme."

"Dicen que le revisabas el celular."

"Mamá."

"Yo le dije a la vecina que eso no podía ser. Que mi hijo no. Pero me da vergüenza, Anselmo. La gente me mira en la tienda."

Me quedé callado.

Escuché su respiración entrecortada.

"Mamá, deme hasta el domingo. Le voy a mostrar todo, con papeles."

"¿Qué papeles?"

"Los que tengo. Y los que voy a conseguir."

Colgué sin saber si era verdad.

Un minuto después me llegó un mensaje de Yasmín.

Era el primero del día.

"Si hablas, te destruyo. No me obligues, Anselmo."

Lo miré un buen rato.

Cuatro años, y esa era la forma en que me escribía por primera vez desde la mañana.

No contesté.

Hice una captura de pantalla y la guardé con las demás.

Segundos después sonó el teléfono otra vez.

Era mi tutor de tesis.

"Anselmo, espero que no haga nada impulsivo."

"Profesor, ¿usted sabía lo del compromiso?"

Hubo una pausa corta.

"Me enteré esta mañana, como todos."

"Entiendo."

"Le recomiendo que se quede en casa. Yo le consigo la prórroga del diploma."

"¿Prórroga de qué, profesor? Ya me gradué."

Colgó sin despedirse.

Noté lo que había dicho, y lo anoté en un papel.

Me enteré esta mañana, como todos.

Abrí el video de Yasmín.

Leí los comentarios sin poder parar.

"Pobrecita, qué valiente."

"Ese tipo es un enfermo."

"Hay que cancelarlo."

"Que lo despidan."

"Su foto ya está en el grupo de la facultad."

Algunos incluso eran de gente que conocía.

Compañeros que habían compartido mi café en las noches de entrega.

Una amiga de Yasmín que me había abrazado en mi cumpleaños.

Todos con corazones y manitos de apoyo.

Ninguno me había escrito a mí.

Me levanté.

Fui a la cocina, abrí la nevera, la cerré sin sacar nada.

Volví al sofá.

Entonces me di cuenta de algo.

Algo en lo que no había pensado en el aeropuerto.

Alguien había preguntado si nadie había sacado a Anselmo del chat.

Me habían dejado dentro por descuido.

Pero eso significaba que durante todo ese tiempo el grupo había existido, con mi nombre en la lista.

Un grupo en el que yo estaba, que yo había silenciado en el segundo semestre de este año para estudiar para los exámenes, y que nunca volví a abrir.

Lo abrí.

Lo recorrí hacia arriba.

Un mes de mensajes.

Dos meses.

Memes, fotos, apuntes, despedidas.

Me concentré en lo que tenía a la vista sin pensar.

Seis meses.

Ocho.

Los dedos se me pusieron fríos.

En el décimo mes, justo antes de que silenciara el chat, apareció un mensaje de Yasmín.

Era un mensaje largo, dirigido a todo el grupo, enviado un domingo a las 23.14.

Empezaba así:

"Chicos, necesito su ayuda con algo delicado. Léanlo hasta el final y no lo comenten con Anselmo."

Se me cerró la garganta.

Acerqué la pantalla.

Una línea abajo, el texto siguiente.

"Efraín y yo estamos juntos hace tres años. No les había dicho porque Anselmo es muy controlador y no habría soportado la verdad."

Cerré los ojos.

Los volví a abrir.

Yo la miraba cada noche.

Yo le había dado las llaves de mi casa.

Ella me había mirado a los ojos, ese domingo, mientras escribía eso en secreto.

Seguí leyendo.

Y había más.

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