La Colegiala y La Pulga Picona, novela · Capítulo 4 de 12
Capítulo 4: A horcajadas
Rolando se puso la bata a oscuras, con una velocidad que no le conocía.
Bajó los escalones de piedra de dos en dos.
Yo me quedé en la cama, sin respirar, con la sábana hasta la barbilla y la pierna todavía temblando.
Escuché la puerta abrirse.
"Maribel."
"Perdona la hora. Dejé el celular en la mesa."
"Aquí está."
"Gracias. ¿Y Ariadna?"
Hubo un silencio de dos segundos.
"Salió por el patio", dijo Rolando. "Se fue a casa."
"Qué raro. No la vi cruzar."
"Estarías mirando el celular."
"Seguro." Mi mamá se rio. "Estoy tan distraída. Bueno. Buenas noches, Rolando."
"Buenas noches."
La puerta se cerró.
Un coche arrancó.
Yo seguía sin moverme.
Los pasos de Rolando subieron las escaleras muy despacio, mucho más despacio que antes.
Apareció en la puerta del cuarto, con la bata abierta, el pecho al aire y esa sonrisa que me deshacía.
"Le mintió a mi mamá", dije.
"Sí."
"¿Cómo se siente?"
"Como si tuviera veinte años y estuviera en una película mala."
Reí.
Rolando se acercó a la cama, se quitó la bata y la dejó caer al piso.
Se sentó en el borde.
Me destapó.
"¿Me tengo que preocupar?"
"¿Por qué?"
"Porque tienes la cara de una niña que está pensando una travesura."
"Tengo veintidós años."
"Y una travesura."
Me incorporé de rodillas en la cama.
Lo empujé con las dos manos en el pecho, hasta que quedó tendido de espaldas sobre las sábanas.
"Quédese ahí, padrino."
Levantó las cejas.
"Ah, ¿sí?"
"Esta vez mando yo."
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