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La Desconocida que Me Encendió en el Show, novela · Capítulo 2 de 12

Capítulo 2: La cabina de sonido

Una semana después ella entra en su cabina a la una de la madrugada, lo reconoce por las manos y se entrega sobre la consola; desde el fondo del auditorio alguien aplaude.

Reconocí su voz antes de verle la cara.

Era la una de la madrugada, el auditorio estaba vacío y yo mezclaba solo en la cabina, al fondo del segundo nivel.

Los de Lunares habían ensayado hasta tarde con su nueva cantante, y ya se habían ido todos.

O eso creía.

El micrófono de talkback crepitó.

"Ingeniero", dijo la voz ronca. "¿Todavía me oyes?"

Se me heló la sangre y después se me calentó.

Era ella.

La chica de la falda de colegiala.

La polilla de plata me colgaba del cuello, atada a un cordón, desde hacía ocho noches.

Giré la silla.

Alguien abrió la puerta de la cabina, entró y la cerró con seguro.

Estaba oscuro.

Solo brillaban las lucecitas verdes del tablero y el reflejo rojo de los medidores.

Veía su contorno: el pelo corto con fleco, los hombros pequeños, unos shorts de mezclilla.

"No enciendas la luz", dijo.

"¿Por qué?"

"Porque todavía no te toca mirarme."

Se acercó.

Se paró delante de mí, entre mis rodillas, y yo levanté la cara.

Olía a vainilla y a sudor de escenario.

"Te reconocí por las manos", dijo. "Las vi en la mezcladora, hace unos días. Son las mismas."

"¿Las mismas?"

"Grandes. Largas. Con los nudillos marcados."

Me tomó la mano derecha y se la llevó a la boca.

Me besó la palma, despacio, y me chupó el dedo medio.

Tuve una erección inmediata.

"Me llamo Citlali", susurró contra mis dedos. "Y tú me debes una. Lo dijiste."

"Dije que me la debías tú a mí."

"Pues pagamos las dos."

"Tengo veintidós años, estudio música y la falda era puro disfraz", añadió. "No te vayas a creer lo de colegiala."

"Yo tengo veinticinco", dije. "Y me gustas más sin disfraz."

Me desabrochó el pantalón con una sola mano, segura, rápida.

Yo la tomé por la cintura y la senté en el borde de la consola.

Los faders se me clavaron en las manos al apoyarla, pero no me importó.

Ella separó las rodillas, se desabrochó los shorts y se los bajó con el calzón en un solo tirón.

Estaba desnuda de la cintura para abajo, sobre mi mesa de mezcla, bajo las lucecitas verdes.

Me arrodillé.

Le abrí los muslos con las manos.

Olía a ella, a algo dulce y salado.

Le besé el interior de la pierna, justo debajo de un tatuaje diminuto, una polilla, igual a la de la liga.

"¿Es la misma?", pregunté.

"Cállate y bésame."

La besé.

Le pasé la lengua entera, desde abajo hasta arriba, y ella se aferró a mi pelo.

"Ay, sí", gimió. "Eso, así."

Lamí su clítoris con la punta de la lengua, en círculos suaves.

Ella respiraba cortito, y cada vez que yo cambiaba el ritmo, su cuerpo me decía si estaba bien o mal.

Me enseñó sin hablar.

Lento aquí.

Más rápido allá.

Con los labios, no con los dientes.

Le metí dos dedos y los doblé hacia arriba mientras le chupaba el clítoris.

"Dios", dijo, temblando. "Dios, Leonel."

Me quedé quieto.

"¿Cómo sabes mi nombre?"

"Está en el gafete que traes colgado", dijo con una risa entrecortada. "Sigue."

Seguí.

La comí con ganas, con hambre, con los dedos entrando y saliendo.

Ella se agarró del borde de la consola y las nalgas le rozaron los faders.

De pronto, un chillido eléctrico atravesó la bocina de monitoreo.

Se rio y gritó a la vez.

"¡Ay, la mesa!"

"Déjalo", dije contra su muslo. "Que se oiga."

"Si se oye, nos descubren."

"No hay nadie."

"Entonces no pares."

Seguí.

Cada vez que gemía, un fader subía, y la sala vacía devolvía el gemido por las bocinas, agrandado, con eco.

Eso me volvió loco.

Ella también lo notó.

"Ay, Dios", murmuró. "Me están oyendo todos."

"Nadie."

"Me está oyendo el auditorio entero."

"Pues que oiga."

Me vine casi sin tocarme, solo de oírla.

Y ella se vino un segundo después, con el cuerpo arqueado sobre la consola y un grito que salió amplificado por doce bocinas.

Rebotó en las paredes y volvió a nosotros, deformado, hermoso.

Cuando terminó, jadeaba sobre la mesa, con el pelo pegado a la frente.

Me puse de pie.

Mi verga seguía dura como una piedra.

La saqué, y ella la miró en la penumbra, y se mordió el labio.

"Ven", dijo.

La tomé de la cintura, la tumbé de espaldas sobre el tablero, y le abrí las piernas contra mis caderas.

"Pídemelo", pedí, sin pensar.

"Métemela, Leonel."

"Con más ganas."

"Métemela ya, maldito, que estoy que me muero."

Sonreí y empujé.

Entré despacio, y ella echó la cabeza hacia atrás con la boca abierta.

Estaba tan apretada que tuve que respirar hondo.

Tan mojada que resbalé hasta el fondo.

Los dos soltamos un gemido a la vez.

"Qué rico", dijo ella, con la voz rota. "Qué rico, qué rico."

Me moví.

Primero lento, mirándola en las sombras, luego más rápido, sintiendo cómo su cuerpo me recibía.

La consola temblaba con cada embestida.

Los faders subían y bajaban solos.

Las bocinas escupían ruido blanco, gemidos, jadeos, el sonido de nuestras pieles chocando.

"Más fuerte", me pidió. "No me cuides."

"Si no te cuido."

"Pues dame."

Le di.

Le agarré las caderas y le di hasta que se le entrecortó la respiración.

Se tapó la boca con una mano, pero los gritos le salían igual.

Metí una mano entre los dos y le froté el clítoris con el pulgar.

Su cuerpo se apretó alrededor de mi verga como un puño.

"Me voy a venir otra vez", avisó. "Otra vez, Leonel."

"Hazlo."

"Contigo."

Eso me deshizo.

Me vine dentro de ella con un gruñido ronco, con la frente apoyada en su pecho.

Ella me siguió, temblando, clavándome las uñas en la espalda.

Nos quedamos así, enredados sobre la consola, con el corazón retumbando.

Las bocinas seguían soltando un zumbido bajo.

Ella me acarició la nuca, sonriendo.

Se quedó tendida sobre la consola, con las piernas colgando.

Giró la cabeza hacia la pantalla del programa de grabación.

La luz roja de REC parpadeaba.

"Leonel", dijo. "¿Eso grabó?"

Me sonrojé hasta la raíz del pelo.

"El canal quince estaba abierto."

"¿Todo?"

"Todo."

Se incorporó apoyada en los codos, con los ojos brillantes y una sonrisa peligrosa.

"Ponlo."

"¿Qué?"

"Reproduce lo que acaba de pasar. Quiero oírme."

Dudé.

Después apreté la barra espaciadora.

Por las bocinas del auditorio vacío salió su respiración, enorme y caliente.

Luego salió un gemido largo, ronco, que subió hasta el techo y bajó por las gradas.

Ella se mordió el labio.

Se escuchó gemir con los ojos cerrados, y yo la vi estremecerse entera, desnuda sobre el tablero, mientras su propia voz le recorría la sala.

"Me gusta", susurró. "Me gusta cómo suena."

"Suenas hermosa."

"Suena a alguien que no tiene miedo."

Apagué el micrófono, sin borrar nada.

La besé en la rodilla, en el muslo, en el hueso de la cadera.

Ella me acarició el pelo.

"No he terminado contigo", susurró.

Me empujó hacia atrás hasta que caí sentado en la silla giratoria.

Se bajó de la consola con las piernas temblorosas, y se quitó la blusa por la cabeza.

Quedó desnuda, con las tetas pequeñas y firmes bajo la luz verde, el vientre plano, y los muslos brillantes.

"Ahora sí quiero que mires", dijo, con una sonrisa torcida. "Pero solo el culo."

Me dio la espalda.

Se subió a mi regazo, de espaldas, con las rodillas a cada lado de mis caderas.

Se dejó caer despacio sobre mi verga, que ya se había levantado otra vez.

Los dos gemimos.

Frente a nosotros, el vidrio de la cabina mostraba el auditorio vacío, oscuro, con tres mil asientos mirándonos.

Ella apoyó las manos en el cristal.

"Ahí estaba yo hace ocho noches", dijo, jadeando. "Ahí abajo. Y tú detrás."

"Y ahora estamos aquí."

"Ahora estamos aquí."

Empezó a moverse sobre mí.

Subía y bajaba, con la espalda arqueada y el culo golpeando mis muslos, y yo la sostenía de la cintura para sentirla entera.

Se veía el reflejo de sus pechos moviéndose en el vidrio, y el de mi cara contra su hombro.

"Mira cómo se abre", dije. "Mira cómo me recibe."

Giró la cabeza para verme de reojo.

Tenía los ojos negros brillantes.

"Dime que te gusta", pidió.

"Me vuelve loco."

"Dime que soy tuya."

"Eres mía."

"Por esta noche."

"Por todas."

Se rio, y se estremeció, y aceleró.

Con una mano me tomó la muñeca y la guió hacia su clítoris.

"Aquí", ordenó. "Y no pares."

No paré.

Se vino con un grito contenido contra el vidrio, empañándolo, con el cuerpo sacudiéndose en mi regazo.

La sentí contraerse alrededor de mí y me vine con ella, hundiéndome hasta el fondo, mordiéndole el hombro.

Quedamos pegados, sudorosos, respirando contra el cristal.

"Qué lástima", dijo, bajito. "Ahora sí te tienes que enamorar."

"¿Por qué?"

"Porque yo ya."

Me reí.

Y entonces, desde el fondo del auditorio, oí algo que no era un eco.

Aplausos.

Lentos, uno, otro, uno.

Miré por el vidrio de la cabina.

Abajo, en la oscuridad de la pista, había una silueta de hombre con un traje claro, mirando hacia arriba.

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