¡¿La esposa legal de mi esposo es mi hermana?!, novela · Capítulo 2 de 20
Capítulo 2: La sopa del domingo
Citlali pone el acta junto a la sopa delante de toda la familia Zepeda, se quita el anillo y dice que está embarazada.
Fui a la comida del domingo, pero no fui a comer.
Llegué a la hacienda de los Zepeda a las dos de la tarde, con un vestido verde botella y mi trenza recién hecha.
Llevaba el sobre tamaño oficio en la bolsa, y las manos tan quietas que me dio miedo.
La casa grande estaba llena.
Las tías de Moisés con sus perlas, los primos con las camisas abiertas, el padrino de la boda, un cura viejo al que le servían tequila reposado.
Veinte personas alrededor de una mesa larga, de mantel blanco, bajo los arcos del patio.
Y al fondo, en la cabecera, Doña Anselma, de traje crema y labios color vino.
Me vio llegar.
Levantó la copa, lenta.
"Citlali, hija. Qué bueno que viniste."
"Buenas tardes, Doña Anselma."
"Siéntate, siéntate. Le pedí a la cocinera tu sopa de elote."
Moisés estaba a su lado.
Tenía los ojos cansados y una sonrisa de disculpa.
Se levantó a besarme la mejilla.
"Amor, me alegra que vengas."
"Gracias."
"Hablamos después de comer, ¿sí?"
"Sí."
Me senté.
La cocinera, una señora de delantal gris, me puso delante un plato hondo de crema de elote.
Humeaba.
Alrededor, la conversación siguió como si nada: que la jima de este año venía buena, que los precios en dólares, que la hija de una tía se iba a casar en diciembre.
Alguien contó un chiste.
Todos se rieron.
Saqué el sobre de la bolsa.
Lo abrí.
Saqué dos papeles, con sus sellos y firmas, y los puse en el mantel, a la izquierda de mi plato.
Uno encima del otro.
El acta falsa, con el sello chueco.
Y el acta verdadera, certificada.
Nadie se dio cuenta al principio.
Hasta que la tía que estaba a mi derecha bajó la vista, sin querer, a la hoja.
"Ay, qué es eso", dijo.
"Un papel", dije.
"¿De qué?"
"De mi matrimonio."
Se hizo un silencio que se fue extendiendo por la mesa como una gota de aceite en una sopa.
Moisés dejó la cuchara.
"Citlali, aquí no."
"¿Dónde, entonces?"
"Después."
"Ya es después, Moisés. Es hace cuatro años."
Doña Anselma habló con voz muy suave.
"Hija, estás alterada. Es el embarazo."
"El embarazo no me falsificó el acta."
Un primo soltó un "órale".
El cura dejó el vaso.
"Les voy a leer algo", dije, y tomé la hoja verdadera. "Acta de matrimonio, número de folio, Registro Civil de Guadalajara. Contrayentes: Moisés Zepeda Ibarra y Xóchitl Camarena Preciado. Fecha: hace cuatro años y dos meses. Estado actual: vigente."
Dejé el papel.
"Vigente. No hay divorcio. Mi hermana sigue siendo la esposa de Moisés."
Hubo un jadeo.
Las tías se miraron entre sí.
Una se llevó la mano al pecho.
"Eso es mentira", dijo alguien.
"Es un acta certificada."
"Anselma", dijo el cura, muy bajo.
Ella no se movió.
Tenía la mano quieta sobre el mantel y los ojos fijos en mí, sin pestañear.
"Hija, esos son detalles administrativos", dijo. "Los vamos a arreglar."
"¿Cuáles? ¿Que me casaron con un papel falso? ¿Que me hicieron firmar un acta que no existe? ¿Que mi esposo está legalmente casado con otra?"
"Citlali..."
"¿Que cuatro años me dijeron que yo era su mujer?"
Miré a Moisés.
Tenía la cara roja, la boca apretada, los dedos aferrados al borde de la mesa.
"Dime que no sabías", dije.
"Amor..."
"Dilo delante de todos."
No lo dijo.
Parpadeó, y miró a su madre.
Eso fue todo.
Me quité el anillo.
Era de oro blanco, con un diamante pequeño, la prenda que me habían dado en el altar.
Lo tuve un segundo en la palma.
Después lo dejé caer en mi plato de sopa.
Hizo un ruido de campana, y salpicó crema de elote en el mantel.
"Estoy embarazada", dije. "De diez semanas. De un hombre que me mintió cuatro años."
Los murmullos se volvieron voces.
"¡Ay, Dios!"
"¿Embarazada?"
"¡Moisés!"
Me levanté.
Doña Anselma se levantó también, despacio, apoyada en el borde de la mesa.
Era una mujer pequeña, pero cuando se erguía ocupaba el patio entero.
"Citlali", dijo, y su voz ya no tenía seda. "Siéntate."
"No."
"Siéntate, porque esta conversación no se acaba."
"Se acabó."
"Tú no entiendes cómo funciona esto."
"Entonces explíquemelo."
Me sostuvo la mirada.
"Ante la ley, tú no eres su esposa. Tú no existes. Ese hijo que llevas no tiene padre reconocido, ni apellido, ni madre con derechos. Pero si lo registramos nosotros, será un Zepeda de la cabeza a los pies."
El patio contuvo el aliento.
"Lo vas a tener en la casa de su padre", siguió, "con su abuela, con su apellido y con lo que se merece. Y tú, si eres lista, estarás ahí para criarlo."
"¿O?"
Sonrió.
Fue la primera vez que le vi la sonrisa entera.
"O el niño será un Zepeda sin ti."