La pobre aldeana atormentada por la adicción al sexo, novela · Capítulo 2 de 12
Capítulo 2: La mesa de la cocina
Leandro la examina con su marido presente, y ella entiende que su método empieza por no tocarla.
El doctor Leandro pidió que despejaran la mesa de la cocina.
Mi suegra recogió los platos sin decir una palabra, y se fue con su rosario a su cuarto.
Anselmo se quedó de pie junto a la estufa, con el sombrero retorcido entre las manos.
"Siéntese, señora", dijo el doctor. "Yo me siento enfrente."
Me senté.
Él abrió el maletín y sacó un cuaderno, un lápiz y un aparato de escuchar el pecho.
Lo puso sobre la mesa, entre los dos, como si fuera un juez.
"Voy a preguntarle cosas muy directas", dijo. "Si alguna no quiere contestarla, me lo dice."
"Pregunte, doctor."
"¿Cuántas veces al día siente esa necesidad?"
Se me secó la boca.
Me di cuenta de que nadie, en once años, me lo había preguntado con esa calma.
"Cuando me da, me da seguido", dije. "Unas cinco o seis veces. A veces más, si hay luna."
Él anotó.
"¿Se le quita al terminar?"
"Se me quita un rato."
"¿Cuánto?"
"Lo que tarda uno en lavarse las manos."
Anselmo soltó un aire por la nariz y miró el piso.
El doctor levantó los ojos de su cuaderno, y me pareció que se le había movido algo en la cara.
"¿Y le duele? ¿Le da vergüenza, asco, miedo?"
"Vergüenza, sí. Pero no me da miedo."
"¿Qué le da?"
Pensé la respuesta con cuidado.
"Hambre", dije. "Como si se me hubiera perdido la comida y la anduviera buscando en la casa."
El lápiz se detuvo.
El doctor se quitó los anteojos, los limpió con la orilla de la bata y se los volvió a poner.
"Eso no se parece a lo que me dijeron en el pueblo", murmuró.
"¿Qué le dijeron?"
"Que usted estaba poseída."
Me reí por primera vez en semanas.
No fue una risa buena, pero fue una risa.
"Pues no, doctor. Nomás tengo muchas ganas, y un marido muy trabajador."
Anselmo se puso rojo hasta las orejas.
"Voy a examinarla ahora", dijo Leandro. "Necesito ver cómo reacciona su cuerpo. Su esposo se queda en la cocina."
"Que se quede cerca", pedí.
Me salió solo.
Anselmo me miró, sorprendido.
"Yo también quiero saber", le dije. "Quiero que él vea."
El doctor asintió despacio.
"Entonces acuéstese en la mesa, de espaldas."
Me acosté sobre la madera, con los pies colgando del borde.
La mesa estaba tibia por la cena, y las vigas negras del techo se me vinieron encima.
Él se acercó con el aparato de escuchar colgado al cuello.
Me puso el metal frío debajo de la clavícula, y yo contuve la respiración.
"Respire."
Respiré.
"Otra vez."
Bajó el metal entre mis pechos, por encima de la blusa, y me los sentí duros, empujando la tela.
"Tiene el corazón muy rápido", dijo.
"Es que usted me está mirando."
No sonrió, pero la comisura de la boca se le movió.
"Quítese la blusa."
Me desabotoné despacio, con los dedos torpes, y me abrí la tela.
No traía nada abajo.
Los pezones se me pusieron de punta con el aire de la cocina.
El doctor tragó saliva, y el lápiz se le cayó al suelo.
Lo recogió sin apartar los ojos de mí.
"Voy a tocarle el abdomen", dijo, con la voz un poco más grave. "Es parte del examen."
"Sí, doctor."
Me puso la mano abierta sobre el vientre.
Era una mano tibia, firme, de dedos largos.
La deslizó hacia abajo, hasta el borde de mi falda, y se detuvo.
Yo levanté las caderas sin querer.
"No", dijo él, tranquilo. "Quieta."
Me quedé quieta.
Algo en su voz me aflojó las rodillas.
Era una orden, dicha sin gritar, y mi cuerpo la recibió como una caricia.
"Le voy a hacer una prueba", continuó. "No la voy a tocar con los dedos. Solo con la voz."
"¿Cómo así?"
"Cierre los ojos."
Los cerré.
"Va a respirar por la nariz. Va a contar hasta diez. Y no va a tocarse, ni va a moverse, hasta que yo se lo diga."
Empecé a contar.
Uno.
Dos.
Su mano seguía sobre mi vientre, sin moverse.
"Imagine que le levanto la falda", dijo, a media voz. "Que le abro las rodillas. Que la miro."
Tres.
Cuatro.
"Que usted está mojada, y que no la toco, y que la hago esperar."
Seis.
Siete.
Sentí que me escurría entre los muslos, sin que él me hubiera puesto un dedo.
Se me escapó un quejido.
"Ocho", susurré. "Doctor, por favor."
"Nueve. Despacio."
"Doctor."
"Diez."
Entonces me bajó la falda hasta las rodillas con una sola mano, y me pasó los dedos por en medio, apenas, rozando.
Me vine como un trueno.
Grité, arqueada sobre la madera, con las uñas clavadas en el borde de la mesa.
Oí que Anselmo respiraba agitado, a mi lado, y que su mano buscaba la mía.
Se la apreté.
El doctor retiró los dedos mojados, y los miró bajo la luz del quinqué.
Se limpió despacio con un trapo de la cocina.
Yo jadeaba con los ojos abiertos, mirando las vigas.
Pasaron unos segundos antes de que alguien hablara.
"Se me quitó", dije, sorprendida. "Doctor, se me quitó. No siento el fuego."
"Va a volver", contestó él. "Pero ahora ya sé una cosa."
"¿Qué cosa?"
Se lavó las manos en la palangana, de espaldas a nosotros, y se las secó con cuidado.
"Que usted no está enferma, señora."
Anselmo dio un paso hacia él.
"Entonces, ¿qué es?"
"Es una necesidad que nunca ha tenido dónde ir." El doctor se volvió, y tenía las mejillas encendidas detrás de los anteojos. "Pero tiene remedio. Y el método no les va a gustar."
Anselmo todavía me tenía agarrada de la mano.
Lo miré, y vi en sus ojos que ya había decidido.
"Hágalo", dijo mi esposo.