La Principessa sin Memoria, novela · Capítulo 11 de 16
Capítulo 11: El Tavolo
La sala del Tavolo era una nave de piedra negra, sin ventanas, con una mesa de roble de veinte metros y seis sillones de respaldo alto.
Cada sillón pertenecía a una familia del Viejo Mundo.
Cada uno llevaba tallado su escudo.
El lobo y la torre, para los Altieri.
El halcón, para los Valenti, prestado a Rocco esa mañana.
La serpiente enroscada alrededor de una llave, para los Pellegrini.
Las otras tres, de familias que no nombro, sentadas en silencio con sus consejeros.
Llegué del brazo de Dario, con un vestido negro de lana fina, cuello alto, mangas largas, y en la mano derecha un anillo de plata con un lobo grabado.
Era el de mi madre.
Dario me lo había puesto esa mañana, con las manos temblándole.
Cesare caminaba dos pasos detrás de nosotros, vestido de azul marino, con las manos a la espalda.
Al entrar, los murmullos se apagaron.
Cuarenta hombres y diez mujeres volvieron la cabeza.
Me sentí observada, medida, pesada.
Respiré hondo.
"Cabeza alta", susurró Dario.
"Siempre."
Ocupé el sillón de los Altieri, a su derecha.
Al otro lado de la mesa, al fondo, el viejo Pellegrini presidía su silla con un bastón de plata entre las rodillas.
Tenía el pelo blanco, un bigote perfecto y un traje a rayas con chaleco.
Una cara amable, de abuelo.
Me sonrió.
Fue una sonrisa limpia, paternal, sin una sombra.
Sentí que me ardía el estómago.
"Señores", dijo el árbitro del Tavolo, un anciano de barba larga que golpeó la mesa con un mazo de madera. "Declaro abierta la sesión. Primer punto: el reclamo de la familia Pellegrini sobre el territorio de Corvona."
El viejo se puso de pie con un gesto cortés.
"Gracias, señor árbitro. Honorables señores."
Habló diez minutos, con una voz suave, culta, sin una sola palabra fuera de lugar.
Que su hija Lavinia Pellegrini había sido aceptada por el Don Valenti como compañera durante noventa días.
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