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La Sombra Del Pastel, novela · Capítulo 2 de 12

Capítulo 2: La sala dos

En la penumbra de la sala privada del cine, Andreína deja de ser la hijastra y se convierte en una mujer.

"Entonces no te vas a portar bien", dijo Gustavo.

Su voz bajó una octava.

Sus dedos se cerraron sobre el encaje de mi calzón.

Tiró, un solo tirón seco, y la tela se rompió con un sonido de papel.

Solté un gemido ahogado.

El aire frío de la sala me tocó entre las piernas.

"Te voy a enseñar a ser toda una mujer", susurró.

"Enséñame."

Me abrió las rodillas con una mano grande.

En la pantalla, la mujer arqueaba la espalda contra las sábanas blancas, y su gemido salió de los parlantes como un ronroneo.

La mano de Gustavo me subió por el muslo hasta el centro.

Me tocó.

Fue apenas un roce, con la yema de dos dedos, de arriba abajo.

Me arqueé como un arco.

"Coño", susurré.

"Estás empapada."

"Ya lo sé."

"Desde cuándo."

"Desde que me pusiste la película."

Sonrió, en la penumbra, con los dientes blancos.

"Qué mala."

Me acarició despacio, en círculos, con la presión justa.

Cada vez que yo me movía hacia él, se retiraba un poco.

Me estaba volviendo loca.

"Gustavo."

"Dime."

"Más."

"Todavía no."

"Por favor."

"Dime cuánto lo quieres."

"Lo quiero desde hace un año y medio."

Sus dedos se detuvieron.

Giré la cabeza y lo miré a los ojos.

"Desde la noche en que te vi pasar un rollo en la cabina, con la camisa pegada a la espalda. Me quedé mirando por la ventanilla media hora. Tú no te diste cuenta."

"Sí me di cuenta."

"¿Qué?"

"Lo supe desde esa noche."

Me quedé sin aire.

"Y no hiciste nada."

"Era tu padrastro."

"Y ahora."

"Ahora te arranqué el calzón."

Me reí, con los ojos húmedos.

Gustavo me tomó de la nuca y me besó.

Fue un beso profundo, grave, de los que no se dan con prisa.

Sabía a café y a menta.

Me mordió el labio inferior, suave, y me metió dos dedos de golpe.

Grité contra su boca.

Él me tapó con la palma de la mano, riéndose.

"Shh. Hay un vigilante afuera."

"¡No me importa!"

"A mí sí."

Los curvó hacia arriba, dentro de mí, justo en un punto que yo no sabía que tenía.

Mis caderas se levantaron del asiento.

La pantalla seguía iluminándonos con su luz de playa.

Veía a la pareja moverse, y a mí en el reflejo de sus movimientos, y no sabía cuál era cuál.

"Mírame", ordenó.

Lo miré.

"Vente en mi mano."

"No sé cómo."

"Sí sabes."

"Gustavo..."

"Hazlo."

Con el pulgar me encontró el clítoris, y lo frotó en círculos tan lentos que casi me hicieron llorar.

Me vine con un gemido largo, hundiendo las uñas en el brazo de la butaca, con la cabeza echada atrás.

Fue una ola enorme.

Sentí cada pulso en los muslos, en el vientre, hasta en los dedos de los pies.

Cuando pasó, quedé jadeando, con el pelo pegado a la frente.

Gustavo sacó los dedos despacio.

Se los llevó a la boca.

Los chupó, con los ojos fijos en los míos.

Casi me vengo otra vez.

"Eres dulce", dijo.

"Gustavo, por Dios."

"Ahora te toca aprender lo demás."

Se arrodilló delante de mi butaca, sobre la alfombra roja.

Me levantó el vestido hasta la cintura.

Me abrió las piernas con las manos.

Y bajó la cara.

Yo le agarré la cabeza con las dos manos.

Su lengua me recorrió despacio, de abajo hacia arriba, plana, caliente, mojada.

Gemí tan fuerte que el eco rebotó en la sala.

Su barba corta me raspaba la piel sensible de los muslos.

Me chupó el clítoris con los labios, como un beso.

Después usó la lengua, con una paciencia y una precisión que no tenían nada de torpe.

Me lamió hasta que no pude más.

"Para, para", rogué.

"No."

"Voy a..."

"Hazlo."

Me vine otra vez, con un grito que se perdió en la oscuridad, apretándole el pelo con los dedos.

Él no se detuvo hasta que me temblaron las piernas.

Cuando levantó la cabeza, tenía la barba mojada y los ojos brillantes.

"Dos", dijo.

"¿Qué?"

"Llevas dos."

"No cuentes."

"Cuento todo."

Se puso de pie.

Me tomó de las manos y me levantó de la butaca.

Mis rodillas casi no me sostenían.

Me rodeó la cintura con un brazo y me pegó contra su pecho.

Sentí su erección, dura, enorme, contra mi vientre.

"Desnúdame", dijo.

Le desabroché la camisa con dedos torpes.

Botón por botón.

Tenía el pecho ancho, cubierto de vello oscuro, con una cicatriz pálida en las costillas.

Se la besé.

Le abrí el cinturón.

Le bajé el pantalón.

Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con la punta brillante.

Me quedé mirándola con la boca abierta.

"Es enorme."

"Gracias."

"No era un cumplido."

Soltó una carcajada baja.

"Es el mejor que me han hecho."

La tomé con las dos manos.

Era caliente, pesada, suave por fuera y dura por dentro.

La acaricié despacio, de la base a la punta, y él cerró los ojos y gruñó.

"Andreína."

"Dime."

"Si sigues así, no voy a aguantar."

"Pues no aguantes."

Me arrodillé en la alfombra.

Nunca lo había hecho con ganas.

Con mi ex lo hacía por obligación, mirando el techo.

Pero esa noche quería.

Quería sentir su peso en la lengua, su pulso, el sabor.

Lo besé en la punta.

Lo lamí de abajo hacia arriba.

Me lo metí en la boca despacio, hasta donde pude.

Gustavo apoyó una mano en el respaldo de la butaca y echó la cabeza atrás.

"Dios santo."

"Rico", murmuré, con la boca llena.

"Qué boca."

Seguí.

Me guió con una mano en mi pelo, sin empujar, solo acompañando.

Subí y bajé, probándolo, escuchándolo respirar.

Cuando lo sentí temblar, me detuve.

"Ven", dijo, con la voz hecha trizas. "Ven aquí."

Me levantó.

Se sentó en la butaca central, con las piernas abiertas, desnudo, bajo la luz del proyector.

"Siéntate."

"¿Aquí?"

"Aquí."

Me subí a horcajadas sobre sus caderas.

Mi vestido verde, arrugado en la cintura.

Su verga, dura, entre mis muslos.

Le rodeé el cuello con los brazos.

"Mírame", pidió.

Lo miré.

Me tomó de las caderas, me levantó, y me guió despacio.

Sentí la punta contra mi entrada.

Resbaló, caliente, mojada.

"Despacio", dije.

"Despacio."

Fue entrando centímetro a centímetro, ensanchándome, llenándome.

Grité.

No de dolor.

De sorpresa.

De algo que no sabía cómo nombrar.

"Respira", susurró.

"Estoy respirando."

"Más."

Llegó hasta el fondo, y se quedó quieto.

Los dos temblábamos.

Su frente apoyada en la mía.

"Dios", dijo. "Qué estrecha. Qué caliente."

"Muévete."

"Muévete tú."

Empecé a mecerme.

Primero lento, con las manos en sus hombros.

Después más rápido, porque mi cuerpo lo pedía.

Subía y bajaba, y cada vez sentía más.

Sus manos me sostenían las nalgas, apretándolas, abriéndolas.

La butaca crujía.

En la pantalla, los dos amantes del setenta gemían al unísono con nosotros.

"Qué rico", jadeé. "Qué rico, Gustavo."

"Dímelo otra vez."

"Qué rico."

"Dime mi nombre."

"Gustavo."

"Otra vez."

"¡Gustavo!"

Me agarró de la cintura y me levantó, sin salir de mí, y me puso de pie sobre la alfombra.

Me volteó de cara a la pantalla.

Me inclinó sobre el respaldo de la butaca delante de nosotros.

Me levantó el vestido.

Y me tomó por detrás, de un solo golpe.

Grité.

La luz de la película nos bañaba a los dos.

Nuestras sombras enormes se estiraban sobre la pared, dos cuerpos, mezclados, moviéndose.

La sombra del pastel, en el borde de la pantalla, parecía mirarnos.

Gustavo me agarraba de las caderas con las dos manos y me daba con una fuerza controlada, profunda.

Cada embestida me hacía temblar de la cabeza a los pies.

"Eres mía", gruñó.

"Soy tuya."

"Dímelo."

"Soy tuya, coño. Soy tuya."

Se inclinó sobre mi espalda y me mordió el hombro.

Metió una mano entre mis piernas y me frotó el clítoris, a ritmo, con la misma fuerza.

Sentí cómo se me cerraba todo por dentro.

"Me vengo", avisé.

"Vente."

"No aguanto."

"Vente conmigo."

Me vine con un grito que me rompió la garganta, apretándolo, sacudiéndome contra el respaldo.

Él me siguió, hundido hasta el fondo, con un gruñido largo, bajo, que le vibró en el pecho.

Se vació dentro de mí en olas calientes, abundantes, mientras me abrazaba por la cintura.

Nos quedamos así, apoyados, jadeando.

Él salió de mí despacio, y me giró entre sus brazos.

Me besó la frente, los párpados, la comisura de la boca.

Yo le acaricié la barba con la punta de los dedos.

"No sabía que se sentía así", susurré.

"Esto fue apenas el comienzo."

"¿Apenas?"

"Tienes veintidós años y una noche entera."

La película terminó.

La pantalla se puso blanca.

El proyector siguió girando, vacío.

Gustavo me besó el hombro, la nuca, la mejilla.

"Feliz cumpleaños", susurró.

Me reí, con las lágrimas bajándome por la cara.

Fue entonces cuando vibró mi celular en el bolsillo del vestido, arrugado en el suelo.

Lo recogí con los dedos temblorosos.

En la pantalla, un mensaje de voz.

Remitente: "Mamá".

Lo abrí.

La voz de mi madre, elegante, helada, salió por el altavoz:

"Mija, soy yo. Estoy en Caracas."

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