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La Sombra Que Dejó De Proteger Al Don, novela · Capítulo 3 de 12

Capítulo 3: El Viejo

Hilario la encuentra y le cuenta lo que pasó cuando la sombra faltó.

Salí de la cabaña con la pistola metida en la cintura, descalza, y bajé a la playa.

La lancha había varado en la arena, a treinta metros.

De ella bajó un hombre bajo y panzón, con sombrero de palma y las mangas de la camisa dobladas.

Caminó despacio hacia mí con las manos abiertas.

"No dispares, mija", dijo. "Que ya me estoy poniendo viejo para los sustos."

"Hilario."

"Marina."

No lo había visto en diez días, pero me pareció que habían pasado años.

Hilario Cabrera había servido a los Ledesma desde que el padre de Bernardo era joven.

Me reclutó a los veintiún años, cuando yo era una estudiante de química sin dinero y sin familia.

Me enseñó a disparar, a callar y a esperar.

Fue el único que supo siempre lo del matrimonio, porque fue el único testigo.

"Te dije que la sombra está muerta", contesté.

"Sí. Me lo mandó decir el muchacho." Se sentó sobre una barca volcada, resoplando. "Qué bien que te sigue obedeciendo."

"¿A qué vienes?"

"A que me escuches. Después, haz lo que quieras."

Me senté frente a él, en la arena, con el arma sobre las rodillas.

El mar rugía detrás de nosotros.

"En el parque entraron veinte hombres", empezó. "Los Salazar sabían la ruta, la hora, la puerta. Alguien les dio todo."

"Sabrina."

"Sí."

"Se lo avisé."

"Lo sé."

Hilario miró la arena.

"Yo vi la carpeta. La encontré abierta sobre su cama, en el hospital."

"Pasó dos noches leyéndola, a pesar de los tubos."

No dije nada.

"Tres escoltas murieron cubriéndolo. Al cuarto lo vi yo caer encima de él."

"Bernardo recibió tres balas, una en el pulmón. Se salvó de milagro y porque los cirujanos eran buenos."

"Sabrina."

"Se esfumó con el niño en cuanto sonó el primer disparo. La camioneta de helados la esperaba."

Cerré los ojos un segundo.

"Y don Aurelio está comiéndose Jalisco a mordiscos", añadió el Viejo.

"En ocho días ha tomado dos casinos y la ruta del puerto. Los capos pequeños le besan el anillo."

"Sin ti, no hay quién lea las cuentas ni las caras."

"Eso no es mi problema."

"Lo sé."

"No voy a volver, Hilario."

"No he venido a pedirte que vuelvas."

Alcé la vista.

Tenía los ojos húmedos, pequeños y cansados.

"He venido a decirte lo que no te dijo él", continuó.

"Cuando el médico le preguntó cómo se llamaba su esposa para ponerla en la lista de familiares, no pudo decirlo."

"¿Por qué no?"

"Porque nunca la había nombrado en voz alta. En cinco años. Ni delante de un médico, ni de un juez, ni delante de su madre."

Me clavé las uñas en las palmas.

"Bernardo despertó el tercer día. Lo primero que pidió fue verte."

"Yo tuve que decirle que te habías ido, y que habías cancelado hasta tu nombre. Le conté lo del pastel."

"¿Lo del pastel?"

"El pastel con el anillo adentro. Lo encontró el servicio, y lo guardé yo."

El viento movió el borde de su sombrero.

"Arrancó el suero con los dientes", dijo Hilario.

"Se levantó con la herida abierta. Quemó el taller del falsificador para que le dijera dónde estabas. El falsificador no dijo nada."

"Qué leal."

"Qué terco. Igual que tú."

"¿Dónde está?"

"Salió del hospital hace cinco días contra el consejo de los médicos."

Se secó la cara con la manga.

"Dejó a sus escoltas, a su gente, a todos. Anda solo. No come. No duerme. Anda buscándote por todo el país."

"Pues que siga."

"Marina."

"Que siga buscando. A ver si aprende lo que es esperar."

Hilario suspiró.

Se levantó con trabajo, se sacudió la arena de los pantalones, y me miró desde arriba.

"No sabes lo que es perder a alguien, mija", dijo con suavidad. "Pero él sí está a punto de aprenderlo."

"Se lo merece."

"Puede ser."

Se dio la vuelta y caminó hacia la lancha.

A medio camino se detuvo.

"Una cosa más", dijo sin voltear. "Me llamó hace una hora desde Puerto Escondido."

"¿Qué?"

"Está a cuarenta minutos de aquí. Vino solo, sin armas, con un brazo en cabestrillo."

"Pregunta en cada puerto por una mujer con un niño de cinco años."

Me quedé helada.

"Mañana por la tarde llegará a tu puerta", añadió Hilario.

"Yo le dije dónde, Marina. Perdóname."

"No sé qué vas a hacer. Pero por lo menos, ya lo sabes."

Se subió a la lancha.

El motor tosió, y se alejó entre las olas, dejándome sola con el ruido del mar.

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