UpNextDrama · Dramas por entregas gratis: un capítulo más.

La Sombra Que Dejó De Proteger Al Don, novela · Capítulo 2 de 12

Capítulo 2: Sin sombra

En un pueblo de pescadores de Oaxaca, Marina neutraliza a un desconocido y ve en las noticias que hubo un atentado en el parque.

Puerto Ángel es un pueblo de pescadores donde nadie pregunta de dónde vienes, siempre que pagues en efectivo.

Llegamos en un autobús de segunda clase, a las seis de la mañana, con una maleta y una mochila de barcos.

Nicolás durmió casi todo el camino contra mi costado.

Antes de que despertara, ya me había aprendido de memoria la nueva identidad que el falsificador me había enviado al teléfono.

Me llamaba Mar Reyes, tenía treinta años, y era viuda de un pescador de Tampico.

Mi hijo se llamaba Santiago, aunque yo no iba a dejar de llamarlo Nico dentro de casa.

Una señora mayor, con delantal de flores y un letrero de "Cuartos de renta", me ofreció una cabaña de dos cuartos frente a la bahía.

"Son mil quinientos al mes. Con agua. ¿Su esposo?"

"Murió."

"Ay, qué pena, mi niña. Pase, pase."

No pregunté si había agua caliente.

Había una cama doble, una hamaca, un fogón de gas, y una ventana sin cortinas por la que entraba el sonido de las olas.

Nicolás se asomó a la ventana y abrió los ojos.

"Mamá, ¡un barco!"

Lo era.

Un pesquero rojo y blanco salía de la bahía, con las redes plegadas sobre la cubierta.

"¿Nos vamos a quedar aquí?"

"Por un tiempo."

"¿Papá nos va a encontrar?"

Me quedé quieta.

Nicolás nunca había dicho esa palabra en voz alta.

La había dicho mirando la ventana, sin darse cuenta, como un secreto que se le había escapado.

"No sé, mi amor."

"Yo quiero que nos encuentre."

"Lo sé."

Lo abracé, y hundí la cara en su pelo para que no me viera la cara.

Las dos primeras noches no dormí.

Me senté en el borde de la cama con la pistola en el regazo, y escuché.

Un perro. Un motor. Un borracho cantando en la calle.

Ninguna voz conocida.

A la tercera noche, empecé a dormir de a ratos.

Al octavo día, ya sabía el nombre de tres pescadores y el precio del huachinango.

También sabía a qué hora cerraba la tienda de abarrotes.

El noveno día, a las siete de la tarde, lo vi.

Estaba sentado en una banca del malecón, a cincuenta metros de la cabaña, con una gorra de beisbol y un periódico abierto sin leer.

Un hombre solo, delgado, con una chamarra ligera para el calor.

Lo conocí por la forma en que miraba sin mirar.

Tomé a Nicolás de la mano y caminé en dirección contraria, hasta entrar en la tienda.

Compré una caja de leche y una sandía.

Salí por la puerta trasera, rodeé la manzana, y aparecí a su espalda.

Le puse el cañón de la pistola contra la columna, por debajo de la chamarra.

"No te muevas", dije. "Las manos en el periódico."

Se quedó rígido.

"Señora", susurró. "Yo no..."

"Tú eres de Hilario. Lo sé por cómo te sientas."

Soltó el aire.

"Sí."

"¿Quién más viene?"

"Nadie. Solo él me mandó. Para ver si era usted."

"¿Y si era yo?"

"Que le dijera que..." Tragó saliva. "Que el Don está vivo."

Me quedé inmóvil.

"Repite."

"Hubo un atentado en el parque, señora. Hace ocho días. Dicen que sobrevivió de milagro."

Un frío extraño me subió por la nuca.

"¿Dónde?"

"En el parque Fantasía. Todo estaba abierto, sin escoltas en la entrada, sin revisión. Entraron veinte hombres en una camioneta de helados."

Lo solté despacio.

Bajé la pistola, y la escondí en la bolsa de la sandía.

"Dile a Hilario que no está hablando con la persona que busca."

"Señora..."

"Dile que la sombra está muerta."

Me di la vuelta y caminé hacia la cabaña con mi hijo de la mano, sin mirar atrás.

Pero esa noche, cuando Nicolás se durmió, encendí la tele del cuarto por primera vez en una semana y busqué un canal de noticias.

Una reportera de Guadalajara hablaba frente a una reja cubierta de peluches y flores.

"El empresario Bernardo Ledesma, de treinta y seis años, sigue grave pero estable."

"Tres de sus escoltas murieron en el lugar. La mujer que lo acompañaba y su hijo se encuentran desaparecidos."

Apagué el televisor.

Me quedé mirando mis manos en la oscuridad.

No temblaban.

Pero la ventana estaba abierta, y desde el mar llegaba el ruido de una lancha que se acercaba despacio a la orilla.

← Capítulo 1 · Todos los capítulos · Capítulo 3 →