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La Sombra Que Dejó De Proteger Al Don, novela · Capítulo 1 de 12

Capítulo 1: El pastel

El día del cumpleaños de Nicolás, Marina espera a su marido con un pastel que se derrite, mientras él pasa la tarde en un parque de diversiones con su primer amor.

Maté a un hombre a las seis de la mañana, y a las siete ya estaba batiendo la mezcla de los hotcakes.

Era sábado, y mi hijo cumplía cinco años.

Había un francotirador de los Salazar en el campanario de la parroquia que mira a la casa de Zapopan, y yo lo vi primero.

Subí por la escalera de servicio con la pistola silenciada, y le disparé una vez en la nuca antes de que se girara.

Bajé, me lavé las manos en la pila de agua bendita, y volví a casa por el jardín de las vecinas.

Cinco años haciendo eso mismo.

Mi esposo nunca supo de los siete atentados que desarmé en silencio antes de que llegaran a rozarlo.

Se llamaba Bernardo Ledesma, y todo Jalisco le decía Don.

Yo era su consigliere, su pistola y su sombra, y desde hacía cinco años, su esposa secreta.

Nicolás bajó la escalera en pijama, con el pelo parado y un dibujo de un barco en la mano.

"Mamá, ¿hoy viene?"

"Hoy viene."

"¿Y va a poder estar mucho rato?"

"Va a estar todo el rato que quiera."

Le puse un hotcake en el plato con forma de ancla.

Nicolás sonrió, y me clavó los ojos oscuros de su padre.

Mi hijo nunca había dicho la palabra papá.

Bernardo lo había decidido así el día que nació, con una mano en mi frente sudada.

"Las familias enemigas nos vigilan siempre", me había dicho.

"Si saben que tienes un hijo mío, lo van a usar contra mí."

"Tu hijo y tú son lo único que tengo, Marina. Mi única debilidad."

Y yo le creí.

Esa palabra, debilidad, me sonaba bonita entonces.

La noche anterior le había dejado una carpeta sobre el escritorio.

Dentro había fotos de Sabrina Iturbe, su primer amor, hablando con el abogado de los Salazar en un café.

También había una copia del brazalete del niño que ella traía de Estados Unidos.

Llevaba grabado el escudo de don Aurelio Salazar.

"Es una trampa, Bernardo", le dije. "El niño es nieto de Aurelio. Ella es la carnada."

Él había cerrado la carpeta sin abrirla del todo.

"Estás celosa."

"Estoy viendo una amenaza."

"Estás celosa, Marina." Sonrió, con una condescendencia que nunca le había visto. "La sombra no siente. No tienes por qué empezar ahora."

Me quedé mirando cómo se ponía el saco.

Nunca discutí con él.

Esa mañana, mientras Nicolás se comía los hotcakes, sonó mi teléfono.

Un mensaje de Bernardo.

"Reservé el parque Fantasía para Sabrina y el niño. Les debo un día. No me esperen para comer. Llego para el pastel."

Leí el mensaje dos veces.

Después puse el teléfono boca abajo sobre la mesa.

"Mamá, ¿qué dice?"

"Que llega para el pastel."

Esa tarde preparé el pastel con mis manos.

Chocolate, con un barco de fondant azul, seis velas de las que se encienden con un cerillo, y una bandera que decía "Nico".

Las cinco, las seis, las siete.

Nicolás se vistió con su camisa de marinero y se sentó en una silla del comedor con las manos en las rodillas.

A las ocho, me preguntó si podía apagar el aire acondicionado, porque tenía frío.

A las nueve, el pastel empezó a derretirse, porque la cocina estaba caliente, y el barco azul se desplomó por un lado.

Nicolás lo miró sin decir nada.

"Voy a esperar un poquito más", dijo.

Se quedó dormido en la silla a las diez, abrazado a su dibujo.

Lo cargué hasta su cuarto.

Le quité los zapatos, y le acaricié la frente.

Volví a la cocina y me senté frente al pastel.

El teléfono no había sonado.

Ni una llamada, ni un mensaje, ni un "perdón, me retrasé".

Pensé en cinco años de cumpleaños y de navidades.

Pensé en fiebres a las tres de la mañana y en funerales de escoltas, y en las balas que yo recibía en silencio.

No sentí rabia.

Sentí algo mucho más tranquilo, como una puerta cerrándose.

Marqué un número que tenía memorizado desde hacía años y que nunca había usado.

"Soy yo", dije.

"Señora."

"Necesito que me cancele la identidad. La mía y la de Nicolás. Que borre toda la información, hoy."

Silencio al otro lado.

"¿Está segura?"

"Sí."

"Esto no se puede deshacer."

"Lo sé."

Colgué.

Me quité el anillo de boda, el que nunca había podido usar a la luz del día.

Lo hundí en el centro del pastel derretido.

Después tomé a mi hijo en brazos, con su dibujo, y salí por la puerta trasera.

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