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La Villana Eligió al Íncubo, novela · Capítulo 2 de 16

Capítulo 2: El sótano

Irene baja de noche y encuentra cadenas y juguetes con su nombre, y Dionisio la sorprende.

Firmé la prórroga esa misma tarde.

Los comentarios flotantes me aplaudieron desde el techo de la oficina, con corazones y llamas, y yo apreté los dientes para no sonreír.

Esa noche me mudé al ala este.

El dormitorio de Dionisio era enorme y oscuro, con una cama de columnas, cortinas pesadas y una ventana que daba a los cerros.

Olía a cuero, a cedro, y a algo más antiguo que no supe nombrar.

Me acosté en el lado izquierdo, con mi pijama de seda, de espaldas a él.

Dionisio se acostó a mi derecha, a un metro, con las manos cruzadas sobre el pecho.

Ni un roce.

Ni una palabra.

Después de medianoche, escuché cómo se levantaba.

Sin ruido.

Se vistió en la oscuridad, abrió la puerta y salió.

Esperé cinco minutos, contando.

Después me levanté también.

Salí descalza al pasillo, sin encender luces.

Lo seguí desde lejos, por la escalera de servicio, hasta la planta baja.

Pasó por la cocina, abrió una puertecita de madera junto a la despensa, y bajó.

Esperé a que se perdieran sus pasos.

Después bajé yo.

Una escalera de piedra, húmeda y fría, descendía en espiral hasta una bodega de vinos.

Al fondo de la bodega, tras un estante de botellas corrido a un lado, había una puerta de acero.

Estaba entreabierta.

Una luz ámbar se filtraba por la rendija.

Empujé.

El sótano era un cuarto grande, sin ventanas, de paredes de piedra pulida y suelo de mármol negro.

Una cama de hierro negro, atornillada al piso, con un colchón firme y sábanas de lino gris.

Y en la pared de enfrente, ordenadas con una precisión obsesiva, estaban las cadenas.

Eran de eslabones gruesos, de acero oscuro, colgadas de argollas empotradas en la piedra.

Esposas de cuero, forradas de terciopelo negro por dentro, dispuestas en pares.

Tobilleras, collares, una barra separadora.

Y en un mueble de madera junto a la cama, cajones con etiquetas escritas a mano.

Seda. Cuero. Plumas. Vela. Cera.

Y en una repisa, una hilera de objetos de líneas elegantes, de silicona negra, que no necesitaban rótulo.

Sentí que me ardía la cara.

Me acerqué a la pared.

En la hebilla de la esposa más pequeña, grabadas con letra delicada, había dos iniciales.

I.V.

Las esposas eran mías.

Hechas a la medida exacta de mis muñecas.

Sobre mi cabeza, se desplegó una línea de letras blancas.

"¡LO ENCONTRÓ! Corran, que va a ver la parte de las púas."

Y debajo, firmada por LectoraNocturna:

"Irene, mi amor, no te desmayes todavía."

Tragué saliva.

No me desmayé.

Tenía el corazón desbocado, pero no de miedo.

Toqué la esposa pequeña con la yema de los dedos.

El terciopelo era suave como la piel de un durazno.

Una mano grande se cerró sobre mi muñeca desde atrás.

No lo oí venir.

Dionisio me giró de golpe y me apoyó contra la pared de piedra, con mis dos manos sujetas por encima de la cabeza.

Tenía los ojos negros por completo, sin blanco, sin iris, como pozos.

Una forma que nunca le había visto.

"No debías estar aquí", dijo, con la voz grave y rota.

"Entonces cierra con llave."

"Irene."

"Tres años", susurré. "Tres años me dejaste sola en un ala de tu casa. Y tenías todo esto."

Su aliento me rozó la cara.

Olía a tormenta.

"Dime para qué son", pedí.

No contestó.

Pero apretó mis muñecas contra la piedra y bajó la cabeza, hasta que su boca quedó a un dedo de la mía.

Los comentarios del techo se aceleraron.

"¡Va a besarla!"

"¡Besa a la villana, cobarde!"

Me besó.

No fue un beso de caballero.

Fue un beso hambriento, profundo, de lengua y de dientes, que me arrancó un gemido desde el vientre.

Le contesté con todo el cuerpo.

Me arqueé contra él, y sentí su dureza apretada contra mi cadera, caliente a través de la tela.

Con la mano libre me recorrió el costado, la cintura, el muslo.

Me levantó la pierna y la enganchó en su cadera.

La seda de mi pijama era lo único entre nosotros.

Frotó su erección contra mi centro, despacio, y yo vi estrellas.

"Dionisio."

"Dilo otra vez."

"Dionisio."

Me mordió el labio de abajo, suave, y de pronto se apartó.

Me soltó las muñecas.

Retrocedió dos pasos, con las manos temblando, el pecho subiendo y bajando.

Los ojos le volvieron lentamente a la normalidad, aunque el negro tardó en irse del todo.

"No", dijo, ronco. "Así no. No aquí."

"¿Por qué?"

Se pasó la mano por la cara, como quien quiere sacudirse algo.

Miró las cadenas, y las esposas, y luego a mí.

Había una angustia en su mirada que yo, en tres años de cenas silenciosas, nunca había visto.

"Esas cosas", murmuró, "no son para lo que crees."

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