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La Villana Eligió al Íncubo, novela · Capítulo 6 de 16

Capítulo 6: Los Doce

El Concilio de los Doce se reunía en un caserón colonial de La Candelaria, detrás de una puerta sin letrero y un patio de piedra con una fuente seca.

Dionisio me llevó en su auto, sin hablar.

Tenía las manos firmes sobre el volante y las mejillas todavía con color.

Al bajar, me ofreció el brazo.

Lo tomé.

El salón era circular, con techo de vigas negras y doce sillones de respaldo alto dispuestos alrededor de una mesa vacía.

En cada sillón había un hombre o una mujer de edad indefinida, vestidos de oscuro.

Algunos parecían de cuarenta años.

Otros de ochenta.

Todos me miraron como si miraran una pieza de museo.

Presidiendo la reunión, con las manos sobre un bastón de ébano, estaba Evaristo Salvatierra.

Delgado, canoso, con una sonrisa de cortesía que nunca le llegaba a los ojos.

Reconocí su voz antes de que hablara.

Era la misma voz vieja que, tres años atrás, había dicho en una biblioteca: "Una esposa dura diez años".

"Sobrino", dijo. "Señora Valdivieso. Gracias por venir."

"Tío."

Dionisio se quedó de pie a mi lado.

Los comentarios aparecieron sobre la cabeza de Evaristo, pequeñitos, como mosquitos.

"El malo de la película."

"Este es el que le puso la hierba de ánima en el libro, ¿no?"

"Shhh, spoilers."

Tragué saliva.

No entendí la mitad.

"Nos hemos reunido", empezó Evaristo, "para tratar un asunto de salud. La del esposo Salvatierra."

Hizo una seña.

Lía Montoya dio un paso al frente, con la bata blanca y una carpeta bajo el brazo.

"Señores del Concilio", dijo. "He examinado al señor Salvatierra. Su déficit es severo y crónico. El vínculo con su esposa actual no ha producido el sustento necesario en tres años."

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