La Villana Eligió al Íncubo, novela · Capítulo 7 de 16
Capítulo 7: Las púas
"Vas a morir", repitió Dionisio.
Estábamos en la calle empedrada de La Candelaria, bajo un farol, y el viento movía las hojas de los eucaliptos.
"Todos lo dicen", respondí.
"Lo dicen porque es verdad."
"No lo sabes."
"Lo sé." Me soltó los hombros, y se pasó las manos por el pelo. "Lo he visto."
"¿Qué viste?"
No contestó.
Abrió la puerta del coche, con un gesto seco, y me hizo subir.
Hicimos el camino a La Calera en silencio.
Los comentarios flotaban en el parabrisas, nerviosos, y yo los ignoré.
Al llegar, él no me dejó ir a mi cuarto.
Me tomó de la mano y me llevó por el pasillo de servicio, bajó las escaleras de piedra hasta la bodega, y abrió la puerta de acero.
El sótano estaba igual.
La cama, las cadenas, la luz ámbar.
Cerró detrás de nosotros.
"Quiero que veas lo que eres capaz de pedir", dijo.
Se quitó el saco y la camisa, y los dejó caer al suelo.
Se paró en el centro del cuarto, de espaldas a mí, con las manos abiertas a los lados.
"Respira hondo."
"Estoy respirando."
"Entonces no te muevas."
Su espalda empezó a cambiar.
Primero fue un temblor, como un escalofrío que recorre la piel.
Después, los músculos se endurecieron, y la columna se arqueó.
Una fila de espinas negras, lisas, brillantes como cristal, fue brotando a lo largo de su espina dorsal.
Eran largas como mi antebrazo en el cuello, y se iban acortando hacia la cintura.
Otras más pequeñas le surgieron de los hombros, de los codos, de los antebrazos.
Su piel se oscureció hasta un gris casi azulado.
Y cuando se dio la vuelta, sus ojos eran dos pozos negros, y los colmillos le asomaban sobre el labio inferior.
Me miró, aterrado de mi reacción.
No me moví.
Debí haber gritado.
Debí haber huido.
Pero lo único que sentí fue un calor profundo que me recorría el vientre.
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