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La Villana Eligió al Íncubo, novela · Capítulo 8 de 16

Capítulo 8: Noche uno

La puerta de acero se selló con un golpe seco, y cuatro cerrojos giraron por fuera.

Oímos los pasos del delegado alejarse, y después el silencio.

Dionisio se quedó de pie en el centro del sótano, desnudo de la cintura para arriba, con las manos temblando.

"Las cadenas", dijo.

"¿Qué?"

"Las grandes. Las de la pared." Señaló con la barbilla un par de esposas anchas de acero negro, forradas de terciopelo gris, colgadas de un lado. "Póntelas en mis muñecas."

Me quedé quieta.

"Creía que eran para mí."

"No." Se le quebró la voz. "Ya te lo dije. No son para lo que crees."

Descolgué las esposas.

Pesaban.

Eran frías al tacto, pero a medida que las sostenía en las manos, se tornaron tibias.

Raras, pensé, y las apreté con los dedos.

Dionisio se sentó en la cama, de espaldas al cabecero, con los brazos extendidos.

Cerré la primera esposa en su muñeca derecha.

Un zumbido leve.

El metal se ajustó solo, con un chasquido, y brilló un instante con una luz rojiza.

Cerré la segunda en la izquierda.

Lo mismo.

"¿Qué hace el metal?", pregunté.

"Te reconoce", susurró. "Más tarde te lo explico."

Enganché las cadenas a las argollas del cabecero.

Quedó sentado, con los brazos abiertos, las muñecas atadas, el pecho al aire, mirándome.

Era la imagen más extraña de mi vida.

El hombre que hacía temblar la bolsa de Bogotá, atado a una cama de hierro, esperando.

"Ahora", dijo, "ven aquí."

Me subí a la cama, de rodillas, entre sus piernas.

Llevaba solo la bata de seda, que se me abría por los costados.

Dionisio miró mi cuerpo con una hambre brutal.

Empezó a temblar.

Lo vi cambiar otra vez.

Los hombros se le ensancharon, la piel se oscureció, los ojos se le tiñeron de negro.

Las púas brotaron una a una, a lo largo de la columna, y rasgaron las sábanas detrás de él.

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