UpNextDrama · Dramas por entregas gratis: un capítulo más.

Me ignoró 304 veces: me divorcié, novela · Capítulo 2 de 12

Capítulo 2: Un velorio sin esposo

Emilio llega al velorio a las once de la noche con Jimena detrás. Pía le entrega los papeles del divorcio.

Velamos a mi papá en su casita de Caleta Horcón, la que daba al taller.

El hombre del suéter azul se llamaba Benjamín Ossandón.

Era el capitán del bote salvavidas del pueblo, y mi papá le había enseñado a desarmar un motor cuando él tenía quince años.

Lo supe porque la mitad de los pescadores de la caleta se lo repitieron entre abrazos.

Benjamín no habló mucho.

Trajo el ataúd con otros tres hombres, encendió la estufa y puso a calentar agua para el café.

A las ocho de la noche me puso una taza entre las manos, porque yo no había probado nada desde el desayuno.

"Tómeselo", dijo. "Su papá me mataría si la dejo sin comer."

"Tú", le corregí. "Tutéame. Tú lo trajiste de vuelta al pueblo."

"Entonces tómatelo."

Me arrancó una media sonrisa, la primera del día.

A las nueve llegaron mis vecinas de la infancia con empanadas.

A las diez, los pescadores sacaron una guitarra y cantaron la canción que mi papá silbaba mientras trabajaba.

Yo miraba la puerta cada vez que entraba el frío.

No lo hacía por esperanza.

Lo hacía por costumbre.

Mi marido apareció a las once de la noche.

Entró con la chaqueta azul de la foto, el pelo peinado hacia atrás y la cara de quien llega a una fiesta equivocada.

Detrás venía Jimena, con un vestido negro cortísimo y los ojos perfectamente maquillados.

El cantor dejó de cantar.

Nadie dijo una palabra.

"Pía", suspiró Emilio. "Qué situación tan triste. Venía lo más rápido que pude."

"Son las once", dije.

"Había tráfico en la ruta."

"Hay veinte kilómetros desde Viña."

"No empieces."

Se acercó al ataúd, lo miró unos segundos con las manos en los bolsillos y soltó el aire.

"Don Anselmo era un buen hombre."

Jimena llegó junto a él y le tocó el brazo.

"Qué dolor", susurró ella, con la voz entrecortada. "Pobre Pía."

Sentí que la sangre me subía a la cara.

La habitación era pequeña, y todos los ojos estaban clavados en nosotros tres.

Me limpié las manos en el delantal de mi papá, que me había puesto para sentirlo cerca.

Saqué de la bolsa de mi abrigo una carpeta plástica.

Había redactado el acuerdo esa misma tarde en el computador del taller, y Benjamín lo había impreso en la oficina de la cooperativa.

Se la tendí.

"Fírmalo."

Emilio miró la carpeta, luego a Jimena, luego a mí.

"¿Qué es esto?"

"El divorcio. Tú mismo lo dijiste hoy en la tarde."

Se rió, corto y seco.

"Pía, estás muy sensible. Yo dije eso mil veces y nunca lo cumpliste."

"Esta vez sí."

Abrió la carpeta, leyó la primera línea y levantó las cejas.

"¿Te das cuenta de dónde estamos?"

"Perfecto. Mi papá murió hoy a las dos y diez."

"Yo no lo sabía."

"Te lo escribí al medio día. Y a la una. Y a las dos."

"Estaba con el teléfono en silencio."

"Subiste una foto con ella a la una y cincuenta y dos."

Jimena abrió la boca.

Lo único que salió fue un jadeo ofendido.

"Fue una caminata de amigos", dijo Emilio, más bajo. "Ella estaba mal por lo de su papá."

"Su papá está vivo, Emilio. Se murió el mío."

Los pescadores se movieron en sus sillas.

Una de mis vecinas dejó la taza de café sobre la mesa con un golpe seco.

Emilio miró alrededor y vio que nadie le sonreía.

Su rostro cambió, y yo reconocí esa expresión.

La tenía cuando quería ganar una discusión sin cargar con la culpa.

Tomó la carpeta con las dos manos y rompió las hojas por la mitad.

Después otra vez.

Los pedazos cayeron sobre el piso de madera, junto a los zapatos de Jimena.

"No me vas a hacer esto delante de la gente", dijo en voz baja. "Mañana vienes al departamento, recoges tus cosas y hablamos como adultos."

"No hay nada que hablar."

"Esto lo vamos a arreglar a mi manera."

Metí la mano en el abrigo.

Saqué otra carpeta, idéntica a la primera, y la dejé sobre el cajón de herramientas junto a un lápiz.

"Tengo diez copias", dije. "Benjamín las imprimió todas."

Emilio miró al capitán, que estaba de pie junto a la estufa con los brazos cruzados, sin decir nada.

Su mirada era tranquila, y por eso mismo pesaba.

Mi marido apretó los dientes.

"Mañana", repitió. "Y no me hagas ir a buscarte."

Se dio vuelta y salió, con Jimena pisándole los talones.

La puerta se cerró sin portazo, y el pueblo entero escuchó el motor de su auto alejarse.

Yo recogí del suelo los pedazos de papel, uno por uno.

Y por primera vez desde que me casé, no lloré.

← Capítulo 1 · Todos los capítulos · Capítulo 3 →