Me Torturó por Su Hermana, novela · Capítulo 2 de 12
Capítulo 2: El mejor marido
Marlon la trata mejor que nunca mientras revisa su celular, y un fiscal le dice que el caso se cierra.
Después del funeral, mi marido se volvió el mejor hombre del mundo.
Me trajo el desayuno a la cama todas las mañanas durante dos semanas.
Jugo de naranja, tostadas con mantequilla, una flor distinta en un vasito: rosas, margaritas, girasoles, una orquídea blanca que costaba más que mi sueldo de un mes.
"Descansa", decía.
"Estoy bien."
"Descansa de todos modos."
Me besaba la frente y salía.
Me compró un collar de plata, un perfume que yo nunca había nombrado y un libro de recetas ecuatorianas con una dedicatoria escrita a mano: "Para mi Tati, que me enseñó a querer."
Los vecinos del edificio nos veían entrar en el ascensor y suspiraban.
"Qué pareja tan unida", decía la señora del 14.
Yo sonreía.
Lo que no decía era que Marlon revisaba mi celular cada noche mientras yo me duchaba.
Lo supe porque lo dejaba en la mesa con la pantalla hacia abajo, y al volver lo encontraba con la pantalla hacia arriba.
También supe que las llaves de mi auto no estaban donde las dejaba.
Que mi tarjeta de crédito tenía un límite nuevo.
Que había hablado con Cintia, mi mejor amiga, para "ver cómo estaba yo".
"Qué raro", me dijo ella por teléfono. "Te llama el marido, no tú."
"Es que está preocupado."
"Tati, ¿estás bien?"
"Sí."
"Tienes voz de estar leyendo un papel."
Me reí.
"No es nada."
Colgué con un nudo en el estómago.
Esa noche, al salir de la ducha, lo encontré sentado en la orilla de la cama.
Llevaba solo un pantalón de pijama y tenía la mirada baja.
"Tati."
"Dime."
"Te extrañé."
"Estoy aquí."
"No. No estás." Levantó la cara. "Desde que murió Cristina, no estás."
Me senté a su lado.
Le tomé la mano.
Estaba temblando.
"Lo siento."
"No te disculpes." Me acarició la mejilla. "Solo quiero que me dejes entrar."
Su mirada era la de un niño perdido.
Y yo, que sabía lo que sabía, sentí algo parecido a la pena.
Lo besé.
Fue un beso lento, salado de lágrimas que no eran mías.
Marlon me recostó sobre la cama con una ternura que hacía semanas no le conocía.
Me quitó la bata, despacio, como si desenvolviera un regalo.
Besó mi cuello, mis hombros, el hueco entre mis pechos.
Me abrió las piernas y su boca descendió por mi vientre hasta encontrarme.
Gemí.
Su lengua se movió despacio, concienzuda, con la paciencia de quien aprende de memoria.
Me agarré a las sábanas.
Me corrí temblando, con los ojos cerrados, y él me sostuvo de las caderas hasta que terminé.
Subió, me besó, y entró en mí con un suspiro largo.
Nos movimos juntos, mirándonos.
"Tati", murmuró. "Te quiero tanto."
"Yo también."
Mentí.
O quizá no.
No supe qué sentía, con él dentro de mí y la voz de su hermana en mi cabeza.
Se corrió con un gemido ahogado, la cara hundida en mi cuello.
Se quedó dormido sobre mi pecho.
Yo miré el techo, con los ojos secos.
Al otro día, un lunes, pedí cita en la Fiscalía.
Me atendió un hombre alto, de lentes de marco fino y traje gris, en una oficina del cuarto piso con persianas medio cerradas.
"Édgar Naranjo, fiscal de la Unidad de Violencia de Género."
"Tatiana Párraga."
Me estrechó la mano.
Era una mano grande, seca, firme.
"Gracias por venir, señora Párraga. Siéntese."
Me senté.
Sobre su escritorio había una carpeta con el nombre de Cristina escrito a mano.
"Quería avisarle", dijo, "que el caso de su cuñada está por cerrarse."
Me quedé quieta.
"¿Cerrarse?"
"Las autoridades determinaron suicidio. La familia no ha presentado denuncias contra nadie. El fiscal general quiere archivarlo antes de fin de mes."
"¿Y usted?"
Se quitó los lentes y los limpió con la corbata.
"Yo no estoy de acuerdo."
"¿Por qué?"
"Porque su cuñada denunció a su esposo tres meses antes por violencia. Y retiró la denuncia dos días antes de morir."
El corazón me dio un golpe.
"Eso no lo sabía."
"¿No?"
"No."
Me observó unos segundos, sin parpadear.
"Señora Párraga, ¿su cuñada le comentó algo?"
"No."
"¿Recibió alguna llamada de ella ese día?"
"Ya se lo dije a la policía. No contesté."
"¿Y no dejó mensaje?"
Mantuve la voz firme.
"No."
Se puso los lentes de nuevo.
Asintió despacio.
"Tengo una pregunta más. No es del caso."
"Dígame."
"¿Cuánto tiempo tiene alguien para presentar una prueba, si el expediente se archiva?"
Se me heló la espalda.
Era mi pregunta.
La que había venido a hacer.
Y la hacía él.
"No sé", dije.
"Un año", respondió. "Si hay una causa penal abierta, hasta tres."
"Entiendo."
Sacó una tarjeta del cajón y me la tendió.
"Si alguna vez necesita hablar, mi número personal está al reverso."
Tomé la tarjeta.
La guardé en el bolsillo del pantalón, junto al teléfono.
Salí del edificio con las piernas flojas, y entré a una farmacia de la esquina.
Compré una caja pequeña.
Tenía tres semanas de retraso y un mareo que no se iba.
En el baño del restaurante de enfrente, la prueba mostró dos rayas rojas, nítidas, sin lugar a dudas.