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Mi Alfa Lloró Lágrimas de Plata, novela · Capítulo 2 de 16

Capítulo 2: El frasco

Abdiel huele plata en el tónico que Amaranta toma desde hace siete años y se lleva el frasco.

Casimira Dueñas llegó a mi cabaña a las siete de la mañana, como todos los lunes, miércoles y viernes.

Era la bruja de la manada desde antes de que yo naciera.

Alta, flaca, de pelo gris trenzado sobre el hombro, con un chal negro y siete anillos de plata en los dedos.

Traía en la mano un frasquito de vidrio oscuro con una etiqueta escrita a mano.

"Buenos días, mi niña", dijo, y me besó la frente con labios secos. "¿Cómo amaneciste?"

"Igual."

"Igual es bueno. Igual es que no empeoraste."

Se sentó junto a la cama.

Mi madre, desde la cocina, preguntó si quería una agüita de panela.

"Gracias, Eugenia. Con una basta."

Casimira destapó el frasco y me tendió una cucharada del líquido espeso, color té.

Tenía un olor extraño, a hierba y a moneda vieja.

"Tómalo de un trago. Ya sabes que sabe mal."

Lo tomé.

Me dejó un regusto metálico en la lengua, que me bajó por la garganta como un hilo frío.

Cerré los ojos.

Hacía siete años que lo tomaba tres veces por semana.

Casimira me puso la mano en la frente.

"Va a ser un mes duro, Amaranta. Con la ceremonia del Alfa heredero, todo se mueve. Los lobos sienten el cambio. Tu cuerpo lo va a sentir."

"Lo sé."

"No te agites. No salgas de noche. No te acerques al heredero."

Abrí los ojos.

"No pensaba hacerlo."

"Mejor." Sonrió con tristeza. "Hay cosas que es mejor no remover."

Dejó el frasco sobre la mesita de noche y se fue.

Mi madre entró con el tinto y la panela.

"Qué buena mujer", suspiró. "Siempre pendiente."

Yo miré el frasco.

Algo me inquietaba, sin forma, desde la noche anterior.

Un picor en la nuca.

Entonces la puerta se abrió sin que nadie tocara.

Mi madre dejó caer la taza.

Abdiel entró como si fuera su casa.

Llevaba el abrigo de cuero abierto, la camisa arrugada y el pelo suelto, despeinado, como si hubiera pasado la noche corriendo por la montaña.

Se detuvo en el centro del cuarto.

Me miró.

"Señora Eugenia", dijo sin quitarme los ojos de encima. "¿Nos deja un momento?"

Mi madre me miró.

Asentí.

Salió, pálida.

Cuando la puerta se cerró, Abdiel dio dos pasos hacia la cama.

Olía a bosque y a lluvia, a cuero y a algo más, que reconocí con un golpe en el pecho.

Su olor de siempre.

El mismo.

Siete años, y era el mismo.

"¿Qué quieres?", pregunté.

"¿Qué es eso?"

Señaló el frasco.

"Una medicina."

"¿Qué clase de medicina?"

"Una que me da Casimira."

"Huele a plata."

Me quedé quieta.

"Eso es imposible."

"Soy un lobo Alfa, Amaranta. Huelo la plata aunque esté a veinte metros." Se inclinó hacia la mesita. "Esto está lleno."

"Es un tónico de hierbas, tiene minerales..."

"Esto está lleno de plata."

Tomó el frasco.

Lo olió.

Se le oscureció la cara de golpe.

Lo había visto así una sola vez, a los quince años, cuando un cazador mató al lobo de su abuelo.

"Dame eso", dije, y traté de incorporarme. "No tienes derecho."

"Dime desde cuándo lo tomas."

"No es asunto tuyo."

"Responde."

"Siete años."

El silencio cayó en el cuarto como una lápida.

Abdiel no se movió.

Tenía los nudillos blancos sobre el vidrio.

"Siete años", repitió muy bajo.

Su mirada bajó, por fin, a mis antebrazos, a las marcas plateadas que se me asomaban bajo las mangas.

Las vio.

Las vio todas.

Vi cómo se daba cuenta, pieza por pieza, de lo que tenía delante desde la tarde anterior.

Su orgullo no le había dejado verlo.

"Amaranta."

"Devuélvemelo."

"No."

"Es mi tratamiento."

"Es veneno."

"Sí hay plata", dije. "Es parte de la cura. Casimira lo explicó. Mi enfermedad es..."

"Tu enfermedad es plata." Dio un paso. "Y te están dando más plata. Todos los días."

Quise gritarle que se fuera.

Quise decirle que no tenía derecho a pisar mi casa después de siete años.

Pero lo que salió de mi boca fue un temblor, un jadeo, y de repente las lágrimas.

Odié llorar delante de él.

Abdiel guardó el frasco en el bolsillo interior del abrigo.

Se acercó a la cama.

Por un segundo, pensé que me iba a tocar.

Levantó la mano.

La dejó caer.

"Voy a descubrir qué es", dijo. "Y no se lo digas a nadie. A nadie, ¿me oyes? Ni a tu madre, ni a Casimira."

"¿Por qué?"

"Porque no sé en quién confiar en esta sierra."

Se dio la vuelta.

Abrió la puerta.

Se encontró de frente con Leticia Tovar, parada en el escalón.

Llevaba un sombrero de paja, una canasta de flores y una sonrisa preciosa.

"Cariño", dijo ella, sin dejar de sonreír. "Te estaba buscando por todas partes."

Me miró por encima de su hombro.

"Amaranta, qué suerte encontrarte despierta. Tenemos que hablar de mi vestido."

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