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Mi Nueva Medicina Grande Y Dura, novela · Capítulo 2 de 12

Capítulo 2: Paredes de madera

En la cabaña de Gael, ella pide ayuda y él la toca contra una pared tan delgada que cada gemido cuenta.

Cerré con llave, y la cabaña se llenó con el sonido de mi respiración.

Era un cuarto pequeño de madera clara, con una cama angosta, una mesa junto a la ventana y una lámpara de luz ámbar.

Olía a pino, a jabón y a libro viejo.

La pared del fondo era la que daba a mi propia cabaña, donde Brenda se estaba cambiando para la cena.

Se oía el agua de su regadera, y su voz cantando mal una canción de banda.

Gael dejó el libro sobre la mesa y se quitó los lentes con una lentitud que me puso a sudar.

Los plegó y los dejó junto al libro.

Sin ellos, su cara era más dura y sus ojos más negros.

"La toalla", repitió.

Mis dedos temblaban tanto que no podía soltar el nudo.

Él cruzó el cuarto en dos pasos y lo deshizo por mí.

La tela cayó al piso con un golpe suave.

Me quedé desnuda frente a él, con los brazos pegados al cuerpo, y por primera vez en mi vida no tuve ganas de taparme.

Me miró entera, sin prisa.

Los pechos, la cintura, las caderas, los muslos apretados.

Se me endurecieron los pezones bajo su mirada, como si me los hubiera tocado.

"Qué bonita", dijo bajito. "Llevo un año queriendo decirte eso."

"¿Un año?"

"Después. Ahora date la vuelta."

Obedecí.

Me tomó de los hombros y me llevó hasta la pared del fondo, hasta que mis palmas quedaron planas contra la madera tibia.

"Aquí. Las manos arriba. Y no te muevas."

Su aliento me rozó la nuca.

Sentí el calor de su cuerpo contra mi espalda, la tela de su camisa, el cinturón frío.

Todavía vestido.

Yo, desnuda contra la pared.

Esa diferencia me mojó más que cualquier caricia.

Su mano grande bajó por mi costado, lenta, hasta la cadera.

Después me tomó por el vientre y me atrajo hacia él, hasta que su erección dura se me clavó entre las nalgas.

Solté un gemido.

"Shhh."

"Es que..."

"Más bajo."

Del otro lado de la pared, Brenda dejó de cantar.

Se me detuvo el corazón.

Gael sonrió contra mi oreja.

"Sí. Te oye."

"Gael..."

"Entonces tienes que ser buena."

Su otra mano resbaló entre mis muslos y me abrió con dos dedos.

Me encontró empapada.

"Dios", susurró. "Estás chorreando."

"Te dije que ardía."

"Sí. Me lo dijiste."

Me mostró los dedos brillantes a la luz de la lámpara.

"Todo esto es para mí", dijo.

"Es para quien me ayude."

"Qué mentirosa."

Se los llevó a la boca y los chupó despacio, mirándome por encima del hombro.

Sentí que se me aflojaban hasta los huesos.

"Sabes dulce", dijo. "Voy a querer más."

Hundió un dedo en mí, despacio, hasta el fondo.

Se me doblaron las rodillas y me agarré a la madera.

Un segundo dedo entró detrás del primero, y empezó a moverlos en un ritmo corto, profundo, que me arrancaba chasquidos mojados.

Con el pulgar encontró mi clítoris y lo rodeó sin apretar.

"Ay, no me toques ahí", logré decir, con la voz hecha trizas. "Se va a escuchar todo."

"Ese es el punto."

"Gael, por favor..."

"¿Por favor qué?"

"No pares."

"No he dicho que vaya a parar."

Me metió los dedos más hondo y empezó a frotarme con el pulgar, de verdad, en círculos apretados.

Mi gemido salió demasiado alto.

Su mano libre me cubrió la boca, firme, casi suave.

"Muerde", ordenó.

Le mordí la palma.

Sabía a sal y a jabón.

Él soltó una exhalación ronca contra mi cuello, y me penetró con los dedos más rápido.

Por el hueco de su mano salían mis gemidos, sofocados, desesperados.

Mi cuerpo estaba tenso como una cuerda a punto de romperse.

"Todavía no", dijo. "Espera."

"No puedo."

"Sí puedes."

Retiró los dedos de golpe.

Casi grito de frustración.

Me dio la vuelta, me apoyó la espalda contra la pared y me levantó la pierna derecha para ponérsela sobre el hombro, mientras se arrodillaba.

La madera crujió detrás de mí.

Lo vi ahí abajo, con el pelo revuelto y la camisa abierta, mirándome desde el lugar donde estaba mi sexo.

"Tengo que probarte", dijo.

Me pasó la lengua de abajo hacia arriba, lenta, y el mundo se me puso blanco.

Me tapé la boca con las dos manos.

Él gruñó contra mi piel, y volvió a hacerlo.

Me chupaba el clítoris con los labios, con la punta de la lengua, con todo.

Después hundía la lengua dentro de mí, y volvía arriba, y yo me mordía los nudillos para no gritar.

Se me aflojaron las piernas, y él me sostuvo con una mano abierta bajo las nalgas.

Lo oía respirar fuerte, lo oía tragar.

Yo estaba perdiendo la cabeza.

Dos dedos entraron otra vez mientras su boca no se detenía, y curvó las yemas hacia arriba, justo en el punto que me hizo ver estrellas.

"Gael", sollocé contra mi puño. "Me voy a venir."

Sacó la boca un segundo.

"Hazlo. Pero en silencio."

Volvió a chuparme con tanta hambre que me dio una sacudida de la cabeza a los pies.

El orgasmo me reventó por dentro.

Mi cuerpo se arqueó contra la pared, y se me escapó un gemido ahogado que no pude contener.

Me temblaban las piernas, el vientre, los dedos, y lo único que sostenía mi cabeza era su mano abierta en mi muslo.

Gael no me soltó hasta que dejé de estremecerme.

Cuando por fin se me aflojaron los dedos sobre la pared, tenía los muslos mojados y la frente perlada de sudor.

Se limpió la boca con el dorso de la mano y me miró desde abajo con una satisfacción casi cruel.

"Una", dijo.

"¿Una qué?"

"Una de las que vas a necesitar."

Me ayudó a bajar la pierna y se puso de pie despacio.

Seguía vestido, con el bulto del pantalón tenso y el cinturón puesto.

Todavía no me había tocado con nada que no fueran sus dedos.

Y yo ya estaba temblando de nuevo.

"Sigo ardiendo", confesé.

"Lo sé."

Me levantó la barbilla con un dedo.

Había algo en su cara que yo nunca había visto en la oficina, y no era calma.

Era control, apretado como un puño.

"Esto apenas empieza, Dalia", murmuró.

"Déjame a mí", dije.

Se quedó quieto.

"Dalia."

"Déjame. Por favor. Me toca."

Sus ojos oscuros me recorrieron la cara, y asintió una sola vez.

Me arrodillé sobre la alfombra áspera, con las rodillas todavía flojas.

Le desabroché el cinturón con dedos torpes y le bajé el cierre.

Su verga saltó libre, gruesa y larga, con las venas marcadas y la cabeza oscura de tan hinchada.

Se me secó la boca.

Era más grande de lo que había imaginado en toda la tarde.

"Despacio", murmuró.

La tomé con las dos manos, apenas rodeándola, y le di un beso en la punta.

Gael echó la cabeza atrás y apoyó una mano en la pared.

Le pasé la lengua por la cabeza, probando la gota salada que se le escurría, y lo sentí endurecerse todavía más.

Me la metí en la boca despacio, hasta donde me cupo.

Él soltó un sonido largo, grave, que casi no se escuchó.

"Así", dijo con la voz rota. "Así, Dalia."

Me enredó los dedos en el pelo, sin empujar.

Solo sostenía.

Yo chupé con ganas, subiendo y bajando, con la lengua pegada a la parte de abajo y las manos en la base.

Me encantaba el peso de él en mi boca.

Me encantaba oírlo contener el aire.

Me encantaba pensar que el hombre más callado de la empresa estaba a mi merced, de pie contra la pared, con la camisa abierta y los músculos del abdomen tensos.

Lo tragué más hondo, y mis ojos se llenaron de lágrimas.

"Mírame", ordenó.

Lo miré desde abajo, con la boca llena de él.

Y entendí que no era él quien dominaba.

Éramos los dos.

Seguí, más rápido, con un chasquido húmedo que me dio vergüenza y me prendió.

Su cadera empezó a moverse sola, un balanceo corto, y yo lo dejé.

"Para", gruñó de pronto. "Para o termino."

No paré.

Él me levantó del pelo con una firmeza que me dejó sin aliento.

Tenía la cara encendida y los ojos brillantes.

"Quiero terminar adentro tuyo", dijo. "No en tu boca. Y no ahora."

"Sí", susurré.

Era la única palabra que me salía.

Me puso de pie y me besó.

Fue un beso hondo y hambriento, con el sabor de los dos mezclado, y su erección caliente apretada contra mi vientre.

Me agarró las nalgas con las dos manos, me alzó contra la pared y mis piernas le rodearon la cintura.

Sentí la punta de su verga resbalar entre mis labios mojados.

"Gael", gemí en su boca.

"Dilo."

"Métemela."

"Más fuerte."

"Métemela, por favor."

La cabeza me entró apenas, y el mundo entero se detuvo.

Entonces alguien golpeó la pared del otro lado, tres veces, seco.

Después se oyó la voz de Brenda, apagada por la madera.

"¿Dalia? ¿Eres tú, Dalia?"

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