Mi Papi También Saca Leche, novela · Capítulo 3 de 12
Capítulo 3: Una pastilla
El médico le dice que no es grave y, en la camioneta frente al mar, Ramón le recuerda que no hay nada que esconder; alguien los fotografía.
El lunes, Ramón me llevó al médico.
No me preguntó.
Me esperó en la puerta del apartamento a las siete de la mañana, con las llaves de su camioneta en la mano, y dijo:
"Vamos."
Fuimos en su Toyota vieja, de cabina doble, que olía a gasolina y a pino artificial.
Nadie dijo nada durante los quince minutos de camino.
Yo iba mirando por la ventana los colmados, las motos, las banderas de la campaña pegadas a los postes.
Él manejaba con una mano.
La otra descansaba entre los dos, sobre el asiento.
Dudé un segundo.
Después le puse la mía encima.
Entrelazó los dedos con los míos sin mirarme.
La endocrinóloga era una mujer de unos cincuenta años, de voz tranquila, con unas gafas azules colgadas al pecho.
Me hizo preguntas.
Me pidió análisis de sangre y una resonancia.
Me examinó con una paciencia que me desarmó, sin una sola mueca.
"Esto se llama galactorrea", dijo al final, mostrándome el informe.
"No es raro."
"Lo causa una hormona, la prolactina, que a veces se eleva por un tumorcito en la hipófisis."
Me quedé helada.
"¿Tumor?"
"Un adenoma. Benigno. Diez milímetros. Se llama prolactinoma."
"¿Y me voy a morir?"
La doctora sonrió.
"Mija, con esto no se muere nadie."
"Se trata con una pastilla dos veces por semana."
"En cuatro o seis meses la leche baja, y en un año, por lo general, desaparece."
"¿Del todo?"
"Casi siempre. A veces queda un poco, sobre todo con estímulo."
Me ardieron las orejas.
La doctora me miró un segundo por encima de las gafas.
"El cuerpo no se avergüenza de lo que hace, Yadira. La vergüenza la ponemos nosotros."
Salí del consultorio con una receta, un papel de resonancia y los ojos llenos de agua.
Ramón me esperaba en el pasillo.
Me levantó la cara con un dedo y leyó mi expresión.
"¿Qué dijo?"
"Que no es nada. Una pastilla."
Cerró los ojos.
Se pasó una mano por la cara y soltó el aire como un hombre que ha aguantado una semana la respiración.
"Gracias a Dios", dijo.
No imaginaba cuánto lo quise en ese segundo.
Nos fuimos al Malecón, no sé por qué, a mirar el mar.
Ramón estacionó la camioneta bajo una palmera, frente a las olas, con las ventanas bajas y el viento de Santo Domingo entrando por todos lados.
Había poca gente a esa hora.
Un vendedor de coco, dos pescadores, una pareja de ancianos tomados del brazo.
Me quedé mirando el agua.
"Tengo ganas de llorar", dije.
"Llora."
"Y de reírme."
"Ríete."
Me eché a reír, y después a llorar, y después las dos cosas a la vez.
Él me abrazó contra su pecho, con una mano sobre mi nuca.
Cuando me calmé, levanté la cara.
Nos miramos.
Nos besamos.
Fue distinto del beso de la cocina.
Este no tenía urgencia.
Era lento, largo, con el sabor del café que él había tomado, y con el mar de fondo.
Le agarré la camisa con los puños.
Mi mano se deslizó por su pecho, por el abdomen, hasta el cinturón.
"Aquí no", susurró.
"¿Por qué no?"
"Porque estamos en la calle."
"Hay una palmera."
"Mija..."
"Tapa los vidrios, papi."
Se rio.
Subió los vidrios, poco a poco, uno por uno, hasta que quedamos dentro de una cápsula caliente, con el mar rugiendo afuera.
Me recostó contra la puerta del copiloto y me abrió la blusa.
Los botones saltaron.
Mis tetas estaban hinchadas, tibias, con el pezón ya perlado.
Las miró como se miran dos cosas sagradas.
Me chupó una, despacio, y con la mano libre bajó por mi vientre, por debajo de la falda.
Encontró mi calzón y lo corrió a un lado con dos dedos.
Estaba mojadísima.
"Ay, mi madre", susurró, con la boca llena.
Me metió los dedos hasta el fondo.
Gemí contra el vidrio.
Él chupaba mi pecho y movía la mano dentro de mí, con el pulgar en el clítoris, a un ritmo que me deshacía.
"Dime que no es una enfermedad", jadeé.
"No es una enfermedad", repitió, sacando la boca. "Es un regalo."
"Es lo más hermoso que me ha pasado desde que se me murió mi esposa."
Eso me partió.
Me vine con un grito, apretándole la mano, con las lágrimas bajándome por las mejillas.
Ramón me abrazó fuerte, y me besó el pelo, y me limpió la cara con el pulgar.
Un rato después, cuando fui a subirme el escote, vi algo en el parabrisas.
Un celular.
Apuntaba hacia nosotros desde la acera, detrás de una palmera.
Y una mano de joven, sosteniéndolo.
Antes de que pudiera gritar, la luz del flash se encendió, y el muchacho salió corriendo.