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Mi Papi También Saca Leche, novela · Capítulo 2 de 12

Capítulo 2: La cocina de madrugada

De madrugada, en la cocina, Ramón le pide que lo deje beber y la lleva al sexo sobre la mesa; una luz se enciende bajo la puerta de Nahomi.

A las tres de la madrugada la fiesta ya se había ido a dormir.

Yo no.

Salí de mi cuarto descalza, en camiseta larga y sin sostén, a buscar un vaso de agua.

La cocina estaba a oscuras, apenas iluminada por la luz amarilla de la calle.

Ramón estaba sentado a la mesa, con una cerveza sin abrir en la mano, mirando el vacío.

Me vio en la puerta.

Los dos nos quedamos quietos.

"No podía dormir", dijo.

"Yo tampoco."

Dejó la cerveza sobre la mesa.

Me quedé de pie, con el corazón en la boca.

Mi camiseta blanca ya tenía dos manchas redondas, más pequeñas, porque no había pasado una hora desde la última vez.

La luz de la calle me las marcaba.

Él las miró.

"Ven", dijo.

Caminé hasta él.

Me paré entre sus piernas, que él abrió en la silla para dejarme pasar.

Me tomó por las caderas y levantó la cara.

"Enséñame", pidió.

Se me secó la garganta.

Con los dedos temblando, me levanté la camiseta hasta el cuello y la dejé caer detrás de la cabeza.

Quedé desnuda de cintura para arriba, bajo la luz anaranjada de la calle, con las tetas pesadas, los pezones oscuros, brillantes de leche.

Ramón soltó el aire.

"Dios mío", murmuró. "Mira nada más."

Me abrazó por la cintura y me acercó.

Su aliento tibio me rozó la piel.

"Dime cómo lo quieres", dijo, ronco. "Tú mandas."

Nadie me había dicho eso en la vida.

Tragué saliva.

"Despacio", susurré. "Primero con la lengua. Solo por fuera."

Lo hizo.

Pasó la lengua ancha y caliente por el borde de mi pezón, en círculos lentos, y yo cerré los ojos.

"Así."

"¿Así?"

"Sí. Papi, así."

La palabra se me escapó sola.

Sentí cómo él se estremecía.

"Dime otra vez", pidió contra mi piel.

"Papi."

Gruñó.

Me tomó una teta con la mano grande, la apretó con ternura, y la boca se cerró sobre el pezón.

Chupó.

Suave al principio, después más hondo.

La leche me salió en un chorro tibio, y él lo tragó con un gemido profundo, de hombre que lleva años sin comer.

Me tembló todo el cuerpo.

Le hundí los dedos en el pelo gris, corto, y lo apreté contra mí.

"No pares", pedí. "Por favor, no pares."

No paró.

Bebió de una y pasó a la otra, con las manos enormes aferradas a mi cintura, con el bigote rozándome la piel.

Yo sentía el tirón en el pecho conectado de forma extraña con el fondo del vientre.

Cada succión me apretaba la chocha.

Estaba empapada.

La camiseta ya no era lo único mojado.

"Ramón", jadeé. "Me... me estoy..."

"Déjalo salir."

"Es mucho."

"Es poco, mami. Es lo más rico que he probado."

Me vine así, solo con su boca en mis tetas, con un grito corto que ahogué mordiéndome el labio, apretando los muslos.

Él levantó la cabeza.

Tenía los labios húmedos de mi leche, los ojos oscuros de deseo, y una sonrisa lenta bajo el bigote.

"Qué rica", dijo.

Me ardió la cara.

Me levantó en brazos como si no pesara nada y me sentó sobre la mesa de la cocina.

Me quitó la poca ropa que me quedaba, el calzoncito de algodón, y lo tiró al piso.

Me abrió las rodillas con las manos.

Me miró ahí, abierta, brillante, a la luz amarilla.

"Yadira", dijo. "Eres lo más lindo que he visto en mi vida."

"Cállate y bésame."

Se rio.

Se arrodilló.

Me pasó la lengua entera, desde abajo hasta arriba, y yo eché la cabeza hacia atrás contra la pared fría.

"Ay, Dios."

"Dime qué te gusta."

"Eso. Con la punta. Arriba."

Lo hizo.

Me chupó el clítoris con los labios, firme, rítmico, y metió dos dedos gruesos en mi chocha, curvándolos hacia arriba.

Mis caderas se movieron solas.

Le agarré la cabeza con las dos manos.

Le puse un pie sobre el hombro.

"Más fuerte", ordené. "Papi, más fuerte."

Me comió como si fuera el último plato del mundo.

Los sonidos húmedos llenaban la cocina.

Mis gemidos, que no pude contener, subían y bajaban.

Cada vez que gemía, de mis tetas escurría leche por el vientre, tibia, y él la lamía con la mano libre.

Me vine por segunda vez con un temblor largo, y le mojé el bigote.

Ramón se puso de pie.

Se desabrochó el pantalón con las manos temblorosas.

Se sacó la pinga.

La vi a la luz de la calle: larga, gruesa, oscura, venosa, con la cabeza brillante.

Se me abrió la boca.

"Ay, Dios mío", dije. "Eso no me cabe."

"Te va a caber", dijo él, acariciándose. "Despacito. Tú me dices."

Me tomó por las caderas y me acercó al borde de la mesa.

Me pasó la cabeza por la chocha, arriba y abajo, mojándose.

"Dímelo", pidió.

"Métemela, papi."

"¿Toda?"

"Toda. Quiero sentirte."

Entró despacio, centímetro a centímetro.

Yo me aferré a sus brazos y le clavé las uñas.

Me abría entera, me llenaba, me estiraba como nunca me había estirado nadie.

Gemí con los dientes apretados.

Cuando llegó al fondo, se quedó quieto, respirando contra mi cuello.

"Estoy llena", dije, riendo y llorando. "Estoy llenísima."

Empezó a moverse.

Largo, profundo, sin prisa.

Cada embestida me arrancaba un sonido distinto, y la mesa crujía bajo los dos.

Me besó la boca con sabor a mí, a leche, a sal.

"Eres mía", susurró.

"Soy tuya."

"Dime que esta chocha es mía."

"Es tuya, papi. Toda."

Aceleró.

Me agarró una teta y la apretó mientras me cogía, y un chorro de leche le salpicó el pecho.

Se rio, ronco, y lo lamió.

Yo estaba loca.

El placer subía por todo el cuerpo, desde la planta de los pies hasta la nuca.

"Me voy a venir otra vez", avisé.

"Vente."

"Contigo."

"Conmigo."

Me vine con un grito que tuve que ahogar contra su hombro, estremeciéndome, apretándolo por dentro con tanta fuerza que él soltó una maldición ronca.

Me siguió.

Se hundió hasta el fondo, con un gruñido bajo, y sentí su leche caliente llenándome en chorros largos.

Quedamos abrazados, sudados, pegados, con la respiración revuelta.

Él me acariciaba la espalda con una mano temblorosa.

No se salió.

Lo sentí endurecerse otra vez dentro de mí, despacio.

"Ramón", me reí. "Tienes cuarenta y un años."

"Y tengo tres años de ganas guardadas."

Me bajó de la mesa y me dio la vuelta.

Me puso las palmas sobre el mesón, junto al fregadero, y me abrió los pies con la rodilla.

"Agárrate", ordenó.

Me agarré.

Entró desde atrás, hondo, de un solo golpe, y se me escapó un grito.

Se inclinó sobre mi espalda y me tapó la boca con una mano.

"Más bajito, mami. Que Nahomi duerme."

"Entonces no me metas así", susurré, entre risas y gemidos.

"¿Así no?"

Salió despacio y volvió a entrar.

"Así sí", jadeé. "Así sí, papi."

Me tomó por las caderas y empezó a darme con fuerza, con el ruido húmedo de la piel chocando.

Mis tetas colgaban pesadas, balanceándose.

La leche me caía a chorros sobre el fregadero, tibia, blanca, y se escurría hacia el desagüe.

Él alargó una mano y me exprimió un pezón mientras me embestía, y la leche le corrió por los dedos.

"Mira cómo sale", dijo, con la voz rota. "Mira lo que me haces."

"Eso eres tú."

"Eso eres tú."

Me vine otra vez apoyada en el mesón, mordiendo un trapo de cocina para no gritar.

Él me siguió con un rugido ahogado en mi nuca, y se vació adentro, apretándome contra su pecho.

Nos quedamos así un buen rato, con el agua del grifo goteando.

Me giré entre sus brazos.

Lo besé, y le probé en la boca mi propio sabor, dulce y salado.

"Quiero verte", dije. "Ahora que estás aquí, quiero verte."

Se sacó la camiseta, que todavía llevaba puesta, y la tiró sobre una silla.

Me quedé mirándolo bajo la luz de la calle.

El pecho ancho, con vello gris, la barriga firme, una cicatriz larga en las costillas.

Le pasé las manos por encima, despacio, como se lee un mapa.

Él me dejó, con los ojos cerrados y la respiración honda.

"Tienes miedo", dije.

"Tengo cuarenta y un años y estoy desnudo en mi cocina con la mejor amiga de mi hija", respondió, sonriendo. "Claro que tengo miedo."

"¿De qué?"

"De que mañana me despierte y haya sido un sueño."

Le besé el pecho, la cicatriz, el hombro.

"No fue un sueño."

"Dímelo otra vez."

"No fue un sueño, papi."

Se estremeció con la palabra.

"Dilo más bajito", pidió.

Lo dije contra su cuello, en un susurro caliente, y sentí cómo se le erizaba la piel.

"No me arrepiento", dijo, contra mi pelo.

"Yo tampoco."

"Pero es un lío."

"Ya sé."

"Tengo que contarle a Nahomi."

Me puse tensa.

"Todavía no."

"Yadira..."

"Todavía no, por favor."

Asintió.

Me ayudó a bajar de la mesa, me puso la camiseta, y me besó la frente.

Cuando me volví hacia el pasillo, vi una raya de luz bajo la puerta del cuarto de Nahomi.

Estaba prendida.

Y la sombra de unos pies se movió, rápido, y se alejó.

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