Mi Papi También Saca Leche, novela · Capítulo 1 de 12
Capítulo 1: La mancha
Yadira, estudiante de 21 años con una condición que la avergüenza, moja su blusa delante del padre de su mejor amiga y él no se aparta.
Hace tres semanas empecé a mojar las camisas.
No de sudor, de leche.
Sin embarazo, sin bebé, sin nada que lo explicara.
Un día me desperté con las tetas hinchadas y la tela del pijama pegada a la piel, tibia y dulce.
Pensé que me estaba muriendo.
Desde entonces vivía con toallitas dentro del sostén y vergüenza hasta la raíz del pelo.
Tenía veintiún años.
Acababa de empezar psicología en la universidad, después de dos años de call center en San Pedro de Macorís para pagar la primera matrícula.
Era alta, de piernas largas, con una cara bonita y un busto que me había traído problemas desde los trece.
Los muchachos de mi curso me hablaban, me invitaban, me escribían.
Yo no salía con ninguno.
Porque ¿cómo le explicas a un tipo que, cuando te besa, te puedes poner a gotear?
Esa tarde de sábado, mi mejor amiga Nahomi cumplía veintiún años.
Íbamos a hacerle una fiesta en el apartamento de Gazcue.
Yo alquilaba ahí un cuarto por la mitad de lo que valía, porque el apartamento era de su papá.
Ramón Almonte tenía cuarenta y un años.
Era viudo y dueño de un taller de aires acondicionados.
Era alto, ancho de espaldas, con un bigote espeso y las manos de un hombre que lleva la vida levantando compresores.
Yo lo respetaba y le temía un poco, como se le teme a lo que es demasiado grande.
Esa tarde, mientras Nahomi corría a buscar la torta, él entró a mi cuarto con una caja de herramientas.
"Mija, tu aire no sirve", dijo. "Se está goteando por dentro. Déjame arreglártelo antes de que llegue la gente."
"Gracias, don Ramón."
"Tutéame, que me haces viejo."
Sonreí.
"Gracias, Ramón."
Se subió a una silla y empezó a desatornillar la tapa del aparato, encima de mi cama.
Yo me quedé de pie, junto a la cómoda, con una blusa blanca de algodón y los brazos cruzados.
Hacía un calor del demonio.
Él se secaba el sudor de la frente con el antebrazo.
La camiseta se le pegaba a la espalda, marcándole los músculos.
Me sorprendí mirándolo.
Y mi cuerpo respondió antes que yo.
Sentí el tirón caliente en el pecho, ese cosquilleo que ya conocía, y supe lo que venía.
"No", susurré. "Ahora no."
Demasiado tarde.
Dos manchas redondas, oscuras, florecieron en mi blusa blanca, justo en los pezones.
Me tapé con las manos.
Ramón se volvió.
Me vio.
Se quedó quieto en la silla, con el destornillador en la mano.
Quise morirme.
"Perdón", dije, con la cara ardiéndome. "Perdón, yo... esto no es lo que parece. Es una cosa que tengo, una enfermedad, yo..."
Bajó de la silla.
Despacio, sin soltar el destornillador, y lo dejó sobre la cómoda.
Me tomó las dos muñecas con suavidad y me bajó las manos.
Las manchas seguían ahí, húmedas, creciendo.
Esperé la mueca de asco.
No vino.
Me miró el pecho con una atención oscura, seria, que no era de doctor.
"¿Desde cuándo?", preguntó, con la voz más ronca de lo normal.
"Tres semanas."
"¿Fuiste al médico?"
"No me atrevo."
"¿Le has dicho a alguien?"
"No."
"¿Ni a Nahomi?"
"A nadie."
Asintió despacio.
Alzó la mano, la mano ancha y callosa, y me pasó el pulgar por la mancha del pecho izquierdo, por encima de la tela mojada.
Fue un roce mínimo.
Me recorrió el cuerpo entero como una descarga.
Se me escapó un jadeo.
Él también lo oyó, y se le endureció la mandíbula.
Con el pulgar siguió el borde de la mancha, despacio, hasta el pezón.
La tela estaba fría y mi piel ardía.
Sentí que me temblaban las rodillas.
"Ramón", dije, y apenas me salió la voz. "Eres el papá de mi amiga."
"Lo sé."
"No deberías..."
"Lo sé."
Pero no se apartó.
Volvió a acariciarme, con la yema, en círculos, hasta que mis tetas se pusieron más duras y la leche empapó la blusa.
Un hilo tibio me corrió por debajo de la tela, hasta la cintura.
Él se lo siguió con los ojos.
Le brillaban.
"Esto no es una enfermedad, mami", dijo, bajito. "O si lo es, a mí no me parece fea."
Me quedé sin aire.
Con la otra mano me rodeó la cintura y me acercó a su pecho.
Sentí su respiración sobre mi frente, su olor a sudor, a metal, a jabón de hombre.
"Dime que me vaya", susurró.
No se lo dije.
En el pasillo, la puerta de la calle se abrió de golpe, y la voz de Nahomi atravesó todo el apartamento:
"¡Papi! ¡Yadira! ¡Ya llegó la torta!"