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Quédate Con Tu Luna Podrida, novela · Capítulo 11 de 20

Capítulo 11: La sala de armas

Treinta guerreros de Cresta de Plata corrían en fila por el sendero del río, con los pies descalzos y el aliento blanco.

Yo corría delante.

Era mi tercera mañana de jefa guerrera, y ya había cambiado cuatro cosas.

Los relevos de la torre norte.

El orden de marcha de las patrullas.

La guardia de los niños en el bosque.

Y la costumbre, absurda, de que los jóvenes no pudieran probar sus garras hasta el segundo año.

"Ahora el vado", grité. "Rápido. El que se caiga, se levanta solo."

Prudencio venía al final, cojeando, gritando insultos cariñosos a los más lentos.

Cuando el sol llegó al mediodía, los mandé a comer.

Estaban agotados.

También estaban sonriendo.

Me quedé sola en la sala de armas al atardecer, limpiando cuchillos sobre la mesa larga.

La cabaña olía a aceite y a metal.

Oí la puerta abrirse.

No me volví.

"Cierra", dije.

Cerró.

Los pasos de Zacarías cruzaron las tablas del suelo, lentos.

Se paró detrás de mí.

"Tus soldados dicen que eres un monstruo."

"Dicen la verdad."

"Dicen que no hay quien te siga el ritmo."

"Dicen la verdad."

Se acercó más, y sentí su calor en la espalda.

Su mano me apartó la trenza de la nuca.

Bajó la boca, y me besó la marca.

Un beso apenas, caliente.

Me estremecí, y no de dolor.

"Ya no arde", dije.

"Lo sé."

"¿Cómo lo sabes?"

"Porque tu piel se pone de otra manera cuando lo hago."

Dejé el cuchillo.

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