Reencuentro Destinado, novela · Capítulo 4 de 16
Capítulo 4: La ceremonia
La plaza de la Casa Grande estaba llena de gente, de flores y de tambores.
Habían colgado guirnaldas de frailejón entre los postes, y alineado mesas largas con ollas de ajiaco, panelas y chicha.
Toda la manada de Abeto Plateado había venido, con sus mejores ruanas.
Y en el centro, bajo un arco de ramas verdes, esperaba el altar de piedra donde se celebraban los apareamientos desde hacía doscientos años.
Entré por el costado, por la puerta del jardín.
Con el vestido de lino arrugado, el pelo a medio trenzar y los pies descalzos.
Nadie me vio, al principio.
Después alguien dejó de tocar el tambor.
Y otro.
Y otro.
Y la plaza entera se fue callando, uno a uno, hasta que solo se oyó el viento.
Mi padre estaba al pie del altar, con la ruana de los días de fiesta.
Eladio Posada, Beta de la manada.
Canoso, ancho, serio.
Cuando me vio, se puso gris.
"Salomé", dijo. "¿Dónde estabas?"
"En el bosque."
"Toda la noche."
"Toda la noche."
Junto a él, bajo el arco, esperaba Adán.
Se había puesto un traje blanco y una corona de ramas.
Parecía un niño disfrazado.
Tenía el pelo húmedo, peinado hacia atrás, los ojos azules llenos de buen humor, y un rastro de pintalabios rojo en el cuello.
A su lado, vestida de azul, sonriente, estaba Griselda.
Se había colocado como una dama de honor.
"Mi amor", dijo Adán, abriendo los brazos. "Llegas tarde."
"Lo sé."
"¿Dormiste bien?"
"Muy bien."
"Yo también. Lo pasé de maravilla."
Se rio, y Griselda también.
Nadie más.
Me paré a tres metros de él, en medio de la plaza.
Tenía la mirada de todos encima.
El alfa viejo, un hombre de pelo blanco y bastón de roble, se levantó de su silla de honor.
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