Renacimiento: Elegir a un Esposo Universitario, novela · Capítulo 4 de 12
Capítulo 4: La primera noche
La noche de mi boda dormimos en el cuarto del fondo, entre treinta libros y una vela.
Mi madre había puesto sábanas limpias sobre las tablas, y encima una manta de lana nueva, tejida por ella con hilo rojo.
Había dejado una olla de agua tibia en un rincón, un trapo, una jarra de chicha dulce y una flor de retama en un vaso.
Cuando cerró la puerta, y nos quedamos solos, hubo un silencio largo.
Ángel estaba de pie junto a la cama, con las manos entrelazadas delante, la chaqueta del maestro todavía puesta y los lentes un poco torcidos.
Yo, sentada en el borde, con las manos en el regazo.
Los dos mirábamos el suelo.
"Esto es incómodo", dijo él, por fin.
Me reí.
"Mucho."
"No sé qué hacer."
"Yo tampoco."
"Pensé que tú..."
"Yo estuve casada antes", solté.
Se quedó quieto.
"¿Qué?"
"No. Quiero decir..." Me froté la cara. "Que sé cómo es. Y no me gustó."
Ángel se sentó en una silla, frente a mí.
"¿Alguien te hizo daño?"
Tragué saliva.
"Sí."
"¿Quién?"
"No importa."
"A mí sí."
"No fue en esta vida."
Me miró sin entender.
Pero no preguntó más.
Se quedó en silencio, un largo rato.
Después se quitó los lentes, los dejó sobre la mesa, y se arrodilló delante de mí.
Me tomó las manos.
Las tenía tibias, secas, un poco temblorosas.
"Escúchame", dijo. "Esta noche no hay ninguna obligación. Si quieres que duerma en el suelo, duermo. Si quieres que me vaya, me voy. Si quieres que hablemos hasta el amanecer, hablamos."
"Ángel."
"Y si quieres que no hablemos, tampoco."
Sonrió con los ojos.
"Tú mandas."
Algo se me soltó en el pecho.
Algo que llevaba años apretado.
"Quiero que me beses", dije.
"¿Seguro?"
"Seguro."
"Nunca he besado a nadie."
"¿Nunca?"
"Una vez, a una prima, en un velorio. Pero no cuenta."
Reí tanto que se me cayeron las lágrimas.
Él se rio también.
Y cuando se me pasó la risa, me incliné y lo besé yo.
Fue un beso torpe, tibio, con sabor a chicha dulce.
Sus labios eran suaves y estaban un poco secos.
Se quedó inmóvil un segundo, como un animalito.
Después me devolvió el beso con una dedicación que me estremeció.
Aprendía rápido.
Me acarició la mejilla, el cuello, la nuca.
Me deshizo la trenza con dedos delicados, y mi pelo cayó sobre mis hombros como una cortina negra.
"Qué hermosa", susurró.
"No digas eso."
"Es la verdad."
"Dilo despacio."
"Qué hermosa", repitió, y me besó la frente, los párpados, la boca.
Le desabroché la chaqueta.
Se la quité.
La camisa blanca estaba arrugada y mal planchada.
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