Siete años de amor ciego, novela · Capítulo 4 de 12
Capítulo 4: De rodillas
Ocho meses después, Federico se arrodilló frente a la panadería.
Era un sábado de marzo, a las once de la mañana, con el local lleno.
La fila para las conchas salía hasta la banqueta.
Yo estaba detrás del mostrador, con el delantal enharinado y el pelo recogido bajo un pañuelo.
Mi meñique ya había sanado, con la articulación torcida.
Me gustaba mirarlo cuando amasaba.
Era una cicatriz que decía que había vivido.
Mi mamá fue la primera en verlo.
"Maite."
"¿Qué?"
"Mira afuera."
Levanté la vista hacia el escaparate.
Federico estaba de pie en la acera, con un traje gris que le quedaba flojo y el pelo sin peinar.
Cargaba un ramo de girasoles.
Cuando nuestros ojos se encontraron, hincó las rodillas en el pavimento.
El murmullo en la fila se apagó.
Una señora con bolsa de tela se llevó la mano al pecho.
Un niño dejó caer una concha.
Federico abrió los brazos.
"Maite", gritó, y se le quebró la voz. "Perdóname. Por favor, perdóname."
Mi mamá me tomó del brazo.
"No salgas."
"Voy a salir."
"Hija..."
"Es mi calle, mamá. Es mi panadería. Yo decido."
Me quité el delantal.
Salí con las manos limpias.
Federico levantó la cara y se echó a llorar.
Lágrimas de verdad, gordas, que le caían por las mejillas y le mojaban el cuello de la camisa.
"Han pasado ocho meses", dijo.
"No he dormido ni un día."
"Vendí el departamento."
"Renuncié al consejo de la empresa."
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