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Siete Años Perdidos, novela · Capítulo 2 de 16

Capítulo 2: Zipaquirá

En la notaría descubre que lleva siete años casada con Xavier y conoce a Gael, que le dice que la boda de Slandsdeca es bigamia.

La notaría de Zipaquirá seguía igual que hace siete años.

Mismo mostrador de madera oscura, mismo olor a papel viejo, mismo reloj de pared atrasado diez minutos.

Llegué a las cuatro y cuarto, con la blusa pegada a la espalda por el sudor frío.

Por el camino había llamado a mi mejor amiga.

Ella me dijo que no hablara con nadie hasta que llegara el abogado de su cuñada.

Yo no quise esperar.

"Buenas tardes", le dije a la notaria. "Vine a preguntar por un acto de noviembre de 2019."

Era una mujer menuda, de gafas colgadas de una cadena.

"Necesito su cédula y el motivo de la consulta."

"El motivo es que no sé qué firmé."

Ella me miró por encima de las gafas.

Aun así tecleó.

Los segundos se hicieron largos.

"Camargo, Ileana", leyó. "Noviembre nueve de 2019. Registro civil de matrimonio, número cuatrocientos doce."

Sentí que el suelo se movía.

"Eso es un error."

"Contrayentes: Ortigoza, Xavier, e Ileana Camargo." La notaria levantó la vista. "Testigos presentes. Firma de usted al pie."

"Era un papel de convivencia. Para una visa."

"Señorita, esto es un matrimonio civil. Completamente válido."

"¿Y si alguien lo quiere anular?"

"Necesita una sentencia o un divorcio. En este registro no hay ni una cosa ni la otra."

Me agarré del mostrador.

Siete años.

Siete años creyendo que él me había pedido la mano en un restaurante.

Y ya la había firmado en una tarde de lluvia, entre dos sellos, sin que yo supiera.

"Perdone", dijo una voz de hombre detrás de mí.

Me volví.

Un hombre alto, de unos treinta y seis años, estaba en la puerta con un portafolio de cuero gastado bajo el brazo.

Tenía el pelo oscuro y rizado, una barba corta, la corbata aflojada y los zapatos llenos de polvo.

"¿Ileana Camargo?"

"¿Quién pregunta?"

"Gael Guerrero. Abogado. Su amiga me llamó hace veinte minutos y me dijo que usted era terca."

"No soy terca."

"Me dijo también que dirías eso."

Casi sonreí.

Casi.

"Ven", dijo, y me señaló la banca de la entrada.

Nos sentamos.

Sacó una libreta y me pidió lo esencial, en frases cortas.

Yo se lo conté todo.

El anillo, la boda cancelada, la nota del periódico de Puerto Marén, la frase de Xavier por teléfono.

Gael escribía rápido, sin interrumpirme.

Cuando terminé, dejó el bolígrafo.

"Entonces tú eres la esposa legal de Xavier Ortigoza desde 2019."

"Eso dice la notaria."

"Y este viernes él se casa con otra en Slandsdeca."

"Eso dice el periódico."

"Eso se llama bigamia."

La palabra cayó entre los dos como un vaso al piso.

"En Colombia es delito", continuó.

"En Slandsdeca es peor."

"La ley de la isla anula cualquier matrimonio bígamo, cualquier contrato firmado por ese matrimonio, y le quita a los extranjeros su licencia comercial."

"Ya he litigado allá."

"¿Contrato como una fusión?"

"Como una fusión que dependa de que el casamiento sea válido."

Se me aceleró el pulso.

"Gael, ¿qué quieres decir?"

"Que el padre de la novia no apuesta cuatro millones de dólares a un yerno bígamo."

"Que Xavier está a punto de entrar a una catedral con una bomba en el bolsillo."

"Y ni él sabe que la bomba eres tú."

"Él sabe."

Lo dije sin pensarlo.

"Sabe", repetí. "Por eso dijo que estaba cubierto. Cree que yo nunca iba a enterarme."

Gael apoyó los codos en las rodillas.

Era la primera vez que alguien me miraba con atención desde que vi el diario.

"Entonces tienes dos opciones. Firmas un divorcio exprés en Bogotá, lo dejas casarse sin que se entere y te cobras después. O vas tú."

"¿A Slandsdeca?"

"A la catedral."

"¿Se puede entrar así nada más?"

"Un matrimonio se detiene cuando alguien con pruebas se opone ante el juez. Solo puedes tú. Nadie más tiene el derecho."

Me quedé mirando la notaria detrás del vidrio.

Pensé en las orquídeas de Medellín.

Pensé en que Xavier había dicho "tú me esperas" con la misma voz con que decía "tráeme el café".

"Necesito el acta certificada", dije.

"Ya la pedí." Gael se puso de pie. "Dos copias con apostilla, por hacer. La notaria las tiene para las seis."

"¿Cuánto cobras?"

"Hoy, nada. Mañana te paso la cuenta."

"No me gusta deber."

"Me lo dijo tu amiga también."

Me levanté.

Me temblaban las piernas, pero mantuve la espalda recta.

"Hay un vuelo a las once de la noche", dijo él, mirando el celular.

"Llega a Puerto Marén a las dos de la madrugada."

"Tendríamos todo el jueves y el viernes."

"¿Tú vienes?"

"Nadie llega a la catedral de Puerto Marén sin un abogado."

Dudé.

Un extraño me ofrecía acompañarme a destruir mi propia vida anterior.

Pero la vida anterior ya estaba destruida.

Lo único que faltaba era escoger quién iba a barrer los vidrios.

"Voy por mi pasaporte", dije.

Él asintió.

Cuando salí a la calle, el cielo de Zipaquirá se había cubierto de nubes.

Llevaba la primera llamada perdida de Xavier en el celular.

La segunda llegó mientras abría el carro.

La tercera la dejé sonar hasta el final.

En el buzón dejó una sola frase, con la voz de alguien que acaba de entender algo.

"Ileana, dime que no fuiste a la notaría."

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