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Su corazón de vampiro nunca latió por mí, novela · Capítulo 4 de 12

Capítulo 4: El juramento

Régulo se sentó en el único banco del cuarto, con las rodillas juntas, como un niño ante el director.

"Hace treinta y dos años", dijo, "Alejandro estuvo a punto de morir."

"¿Por qué?"

"Una emboscada de cazadores. Una bala de plata en el pecho, a pocos centímetros del corazón."

"Los vampiros se curan."

"No de la plata en el corazón."

Se limpió los anteojos con el borde del cárdigan.

"Lo encontró una bruja del valle. Una mujer joven, embarazada, que cuidaba un huerto. Se llamaba Zoila Cáceres."

Mi madrastra.

Hasta entonces, para mí, Zoila había sido una viuda gruesa de trenza gris, cocinera de arroz con pollo y rezadora de rosarios.

Recordé sus anillos de plata, el olor a incienso en su cuarto, y los frascos con hierbas que mi padre nunca se atrevió a tocar.

"Ella le sacó la bala", continuó Régulo. "Y, para que no muriera, le sacó el corazón."

Parpadeé.

"¿Qué?"

"Lo guardó en una vasija de barro."

"Mientras el corazón siga entero y a salvo, el vampiro no puede morir. Pero el que tiene la vasija..."

"Lo manda."

"Lo manda."

Sentí un frío que subía por las piernas.

"Para pagar la deuda, Zoila le exigió un juramento."

"Que protegería a la hija que llevaba en el vientre antes que a nadie, por encima de todo, durante toda su vida."

"Luciana."

"Sí."

"Treinta años."

"Treinta y dos."

"Por eso su corazón no late", dije.

"Por eso."

El mundo se tambaleó.

Pensé en el pecho de Alejandro bajo mi oreja.

En el silencio de estatua.

En cada vez que le había pedido: "algún día me gustaría oírlo".

Y en su cuerpo quieto, y en el temblor extraño de su voz.

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