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Ante la traición, me casé con el padrino, novela · Capítulo 1 de 12

Capítulo 1: El padrino

Adalberto llega tarde a su boda con su primer amor y el traje de padrino. Verónica toma la mano del padrino y camina hacia el altar.

Adalberto llegó a nuestra boda con dos horas de retraso.

Yo esperaba en la sacristía de la iglesia de San Francisco.

Llevaba un vestido marfil, un velo de encaje de mi abuela y las manos heladas.

Los invitados llevaban noventa minutos de murmullos.

La orquesta había tocado cuatro veces la misma pieza.

Mi madre me secó las lágrimas dos veces con un pañuelo.

"Va a venir", decía. "Algo le pasó en el camino."

A las doce y cuarto, el sonido de un auto frente a la iglesia hizo callar a todos.

Se abrieron las puertas del templo.

Adalberto entró.

Con un saco gris oscuro, pantalón a juego, corbata plateada y una flor blanca en la solapa.

Era el traje de padrino.

El de novio, de frac negro con chaleco de seda, lo había dejado arrugado sobre el sofá de su casa.

Lo vi desde lejos, por la rendija de la puerta de la sacristía.

Y vi lo que traía del brazo.

Una mujer delgada, de pelo castaño muy corto, ojos verdes y vestido azul claro.

Gabriela Aponte.

Su primer amor.

Había salido de su vida hacía ocho años.

Hacía tres meses se había estrellado con un auto en la carretera de Sacaba, y se había despertado sin recordar nada de esos ocho años.

La habíamos visto en el hospital.

Los médicos nos habían reunido a todos en una sala.

"Retrógrada", dijo el especialista. "Cree que tiene veinticuatro años y que su pareja es Adalberto. No hay que darle choques."

"Cualquier información dolorosa puede retrasar su recuperación."

Así que le escondimos todo lo malo.

Que se habían separado hacía ocho años.

Que él llevaba tres años comprometido conmigo.

Que hoy se casaba.

Adalberto se acercó a la sacristía, con Gabriela del brazo, sonriéndole con una dulzura que yo había olvidado.

Me vio.

Dejó a Gabriela con una prima y vino hacia mí.

Me tomó por los hombros.

"Vero", dijo, bajo. "Mi amor. Perdóname."

"¿Dónde estabas?"

"Con ella. La quise traer. Tenía miedo de dejarla sola."

"Con el traje de padrino."

"Es que Gabriela cree que..." Respiró. "Si me ve vestido de novio, se asusta. Cree que estamos juntos."

"Es que estamos juntos, Adalberto. Ella cree que son pareja."

"Exacto."

Lo miré.

"¿Y tu traje de novio?"

"Lo dejé en casa."

Se me secó la garganta.

"Piensa bien lo que vas a decir", me advirtió, de pronto, con la mirada alerta. "Sé generosa, Vero. No me hagas odiarte."

Esa frase me golpeó más que todo lo demás.

Sé generosa.

Como si la boda fuera una torta.

Como si los ocho meses preparándola, las citaciones, las flores, los invitados, fueran un favor que yo podía regalar.

Sonreí.

Una sonrisa de las que duelen en las mejillas.

"¿Y la ceremonia?"

"La ceremonia sigue. Pero..." Hizo una pausa. "Fabricio será el novio. Es solo un símbolo. Una actuación para que Gabriela no se asuste."

"Después, el mes que viene, firmamos tranquilos."

"¿Con Fabricio como novio?"

"Solo hoy. Es mi mejor amigo. Es el padrino."

Me quedé quieta.

"Vero", dijo Adalberto, abrazándome con ternura. "¿Puedes entenderme?"

Me besó apenas, en la mejilla.

Olí su perfume de siempre.

Pensé: ahora.

Pensé: ahora o nunca.

Me aparté.

"Está bien", dije.

Él sonrió, con un alivio infantil.

Se fue con Gabriela hacia la primera fila.

Desde el altar, el padrino esperaba, con las manos entrelazadas delante del cuerpo.

Fabricio Lemus, treinta y seis años, neurólogo, el mejor amigo de mi prometido desde el colegio.

Alto, delgado, de pelo negro con canas en las sienes y lentes de montura fina.

Me miraba con una expresión que yo no supe descifrar.

Mi padre me tendió el brazo.

"Hija", murmuró. "No tienes que hacerlo."

"Lo sé."

"¿Entonces?"

"Esta vez no lo hago por él."

Caminé hasta el altar.

Soltó mi brazo en el último escalón.

Fabricio extendió la mano.

La tomé.

Estaba cálida y firme, de dedos largos.

"Verónica", dijo en voz baja, sin mover los labios. "El juez es el verdadero. Si firmas, es legal."

"Lo sé."

"Puedes parar ahora."

"No quiero parar."

Me miró un segundo.

Después asintió, con una calma que me recorrió la columna.

La ceremonia empezó.

El cura habló de amor, de paciencia, de promesas.

Yo apenas lo escuché.

Cuando llegó el turno de las preguntas, Fabricio respondió con voz grave, sin titubear.

"Sí, acepto."

Y me tocó a mí.

En la primera fila, Adalberto me sonreía.

Gabriela, a su lado, aplaudía con los ojos llenos de lágrimas.

Respiré hondo.

"Sí", dije. "Acepto."

Firmé el registro que el juez me tendió.

Con mi nombre completo, con mi letra de siempre, sin temblar.

Fabricio firmó después.

El juez selló el libro.

"Los declaro marido y mujer", dijo.

En la primera fila, Adalberto aplaudía, convencido de que todo era una actuación.

No se había dado cuenta de que acababa de perderme.

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