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Ante la traición, me casé con el padrino, novela · Capítulo 2 de 12

Capítulo 2: Esto es legal

En la habitación del hotel, Fabricio le dice a Verónica que el matrimonio es legal y que puede anularlo cuando quiera. Adalberto le escribe como si nada.

La recepción fue en el salón de un hotel de la avenida Ballivián, con candelabros y mesas redondas.

Había un pastel de tres pisos que yo había elegido hacía seis meses para otro hombre.

Adalberto se pasó la fiesta atendiendo a Gabriela.

Le acercaba una silla, le servía agua, le contaba cosas de esos ocho años que ella no recordaba, escogiendo solo las dulces.

Gabriela se reía, con las manos juntas bajo la barbilla.

"Qué bonita fiesta", me dijo cuando pasé a su mesa. "Eres una novia muy linda."

"Gracias."

"Beto me dijo que tú y Fabricio se conocían hace mucho."

"Sí."

"Qué suerte tienen."

Le sonreí.

Por dentro me hervía el estómago.

Bailé una pieza con Fabricio.

Lo hice porque mi madre me pidió que lo hiciera, y porque había trescientos ojos mirándonos.

Él me tomó la cintura con la mano abierta, sin apretar, y se movió con una elegancia sin ninguna prisa.

"Gracias por no escaparte", dijo.

"¿Pensaste que me iba a escapar?"

"Pensé que me ibas a dejar plantado en el altar."

"Ya me dejaron a mí."

Se quedó callado.

La música terminó.

A las doce de la noche, cuando los invitados empezaron a retirarse, Fabricio me llevó a una habitación del hotel en el piso diez.

Una suite con cama grande, vista a la ciudad iluminada y un jarrón de rosas blancas.

Me puso su saco sobre los hombros, aunque yo no tenía frío.

"Esta habitación es tuya", dijo. "Yo duermo en la sala de abajo, en el sillón del lobby."

"Solo quería que tuvieras un lugar para quitarte el vestido sin que nadie te viera llorar."

"No voy a llorar."

"Entonces para sentarte."

Me senté en el borde de la cama.

Él se quedó de pie, con las manos en los bolsillos.

"Verónica."

"Dime."

"Quiero decirte algo, y quiero que me escuches hasta el final."

Asentí.

"Lo que firmaste hoy es legal. El juez es de verdad, el libro es de verdad, tu firma es de verdad."

"Adalberto cree que fue una escena. Yo sabía que no."

"Lo sé."

"No te lo oculté. Te lo dije en el altar."

"Lo sé, Fabricio."

"Puedes anularlo cuando quieras. Mañana. En un mes. Yo no voy a reclamar nada. Llevo el apellido que quieras."

"Me quedo con lo que me des."

"Basta."

Se calló.

Me puse de pie.

Caminé hasta la ventana.

Abajo, la ciudad de Cochabamba brillaba como un mantel de luces.

"¿Por qué lo hiciste?", pregunté.

"¿El qué?"

"Aceptar. Podías haberte negado. Eres su mejor amigo."

Fabricio tardó en responder.

"Porque esa frase que te dijo antes de entrar, Sé generosa, se la dijo a Gabriela hace ocho años. Yo estaba ahí."

Me giré.

"¿Qué?"

"No me corresponde contarlo. Solo digo que yo la oí, y que no quise oírla una segunda vez."

Me quedé muy quieta.

"Dices que él..."

"Digo que no me gustó cómo sonó", respondió. "Y que no iba a dejar que te humillaran sola."

Caminé hacia él.

Me detuve a medio metro.

Era alto.

Tenía el pelo despeinado, la corbata aflojada y los lentes un poco torcidos.

Me miraba con una paciencia triste.

"Fabricio. ¿Cuánto hace que me conoces?"

"Tres años y cuatro meses."

"¿Y me mirabas?"

Sus ojos se movieron.

No contestó.

"Dime la verdad."

"Desde el primer día."

Sentí que el aire se me quedaba en el pecho.

"No lo hice para aprovecharme", añadió, rápido. "Nunca te lo habría dicho. Estabas con mi amigo. Lo habría llevado conmigo a la tumba."

"Pero firmaste."

"Firmé porque tú ya habías decidido."

Mi teléfono vibró en el bolsillo del vestido.

Lo saqué.

Un mensaje de Adalberto.

"Vero, mañana a las diez te paso a buscar."

"Vamos a casa de mamá a abrir los regalos. Gabriela quiere verlos. Un abrazo."

Lo leí dos veces.

Después levanté la vista hacia Fabricio.

Él lo vio en mi cara.

"¿Qué dice?"

Le mostré el teléfono.

Fabricio leyó.

Su mandíbula se tensó.

Y por primera vez, vi enojo en sus ojos.

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