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Aprendiendo a que Me Manejen, novela · Capítulo 1 de 12

Capítulo 1: Los baches

En un camino de tierra, Rafael sienta a Lucero sobre sus piernas para enseñarle a manejar.

Me dio pánico manejar desde el día en que mi primo chocó contra un poste, a doscientos metros de mi casa.

No me pasó nada a mí.

Pero me quedé temblando en el asiento de atrás, con el olor a gasolina y a sangre, y desde entonces no subí a un volante.

A los veintidós años, con una práctica en una constructora esperándome y una licencia que no tenía, no me quedaba otra.

"Mi papá te enseña", dijo Andrea, con la boca llena de pan. "Es el hombre más paciente del mundo."

"Tu papá me da miedo."

"Te da miedo todo."

"Tu papá es serio."

"Es ingeniero. Es lo normal." Se limpió las migas. "Además, tiene una camioneta vieja que no le importa si la chocas."

Andrea Cevallos era mi mejor amiga desde el primer semestre de arquitectura.

La conocí a los dieciocho años, un lunes de matrícula, haciendo fila para un carnet.

Desde entonces no habíamos dejado de reírnos.

Yo había visto a su papá cuatro veces en cuatro años.

Una vez en su cumpleaños, otra en la graduación de un primo, y dos en el pasillo de su casa.

Alto, de pelo negro con canas en las sienes, la voz tranquila.

Nunca me había hablado más de diez palabras seguidas.

Aun así, cada vez que lo veía, algo se me enroscaba debajo del ombligo.

No se lo había dicho a nadie.

El sábado a las cinco de la tarde, Rafael Cevallos me recogió en la esquina de mi casa.

Manejaba una Chevrolet LUV azul, vieja, con la caja de cambios manual y el tablero roto.

"Buenas tardes, Lucero."

"Buenas tardes, don Rafael."

"Rafael. Sin don."

"Prefiero don."

"Como quieras." Una sonrisa breve le movió la barba. "Sube."

Subí.

Olía a cuero viejo, a café y a algo más, un jabón de madera que no supe nombrar.

Manejó en silencio por la autopista hasta Yaruquí, dejó el asfalto y entró por un camino de tierra entre cultivos de maíz y eucaliptos.

Paró en medio de una explanada.

"Aquí no hay nadie", dijo. "Cámbiate al volante."

Me bajé.

Rodeé la camioneta con las piernas flojas, y nos cruzamos frente al capó.

Su hombro rozó el mío.

Me sentí diminuta.

Me senté al volante, con las manos apretadas en el plástico gastado.

"Pisa el embrague."

Lo pisé.

"A fondo. Mete primera."

Metí primera.

"Suelta despacio."

Solté.

La camioneta dio un tirón y se apagó.

"Otra vez."

Se apagó.

"Otra."

Se apagó otras seis veces.

A la séptima me temblaban las rodillas.

"No siento el carro", dije, casi llorando.

"Estás muy tensa."

"Lo sé."

"Relájate."

"No puedo."

"Respira."

"Respiro."

Rafael se quedó mirándome un momento.

Después sacó el cinturón de su lado, se incorporó un poco en el asiento y dijo, con la misma calma de siempre: "Hay una técnica."

"¿Cuál?"

"Hay gente que aprende mejor con el cuerpo."

"¿Cómo?"

"Sentada aquí."

Dio un golpecito sobre su muslo.

"Encima de mí."

"Para que sientas los movimientos del pedal y de la palanca por mis piernas."

"Se hace mucho con los alumnos que se bloquean."

Lo miré.

Tenía los ojos oscuros, tranquilos, inescrutables.

No sonreía.

Pero yo vi cómo le latía una vena en el cuello.

Y entendí.

Entendí que no era una técnica.

Entendí que él sabía que yo entendía.

Y que me estaba dando la salida y la puerta al mismo tiempo.

"Usted lo hace con todas sus alumnas", dije.

"Nunca lo he hecho."

"¿Y por qué conmigo?"

"Porque tú me lo estás preguntando con esa cara."

Me ardieron las mejillas.

Me dolían las manos de apretar el volante.

Podía decir que no.

Podía bajarme, llamar un taxi, no volver a ver a Rafael Cevallos en toda mi vida.

"Muéstreme", dije.

Se corrió hacia el centro del asiento.

Me cambié de lugar con torpeza, pasando por encima de la palanca con una pierna.

Me senté sobre sus muslos, de espaldas a su pecho, con las manos en el volante.

Sentí su calor a través del jean.

Sus manos grandes me sujetaron la cintura.

"Así."

"Así."

"Pisa el embrague."

Estiré el pie.

Sentí cómo sus piernas se movían debajo de las mías, siguiendo cada presión.

"Siente eso."

"Lo siento."

"Primera."

Metí la palanca.

La mano de él cubrió la mía sobre el pomo, caliente, áspera.

"Suelta."

Solté el embrague, y la camioneta arrancó, traqueteando, con el camino de tierra saltando bajo las ruedas.

El primer bache me hizo rebotar.

El segundo me lanzó hacia atrás.

Y sentí algo duro, grueso, firme, apretado contra mis nalgas.

Me quedé sin aire.

Rafael no dijo nada.

No se movió.

Pero sus dedos se hundieron en mi cintura.

"Sigue", dijo, con la voz más ronca que antes. "No pares."

El camino estaba lleno de baches.

Cada uno me hacía subir y bajar sobre él.

Cada vez que bajaba, lo sentía más duro, más caliente, a punto de explotar bajo la tela.

Se me aflojó el estómago.

Me ardió el sexo.

Sentí la humedad empaparme la ropa interior.

"Don Rafael", susurré.

"Dime."

"Creo que esto no es una técnica."

"No."

"¿Entonces qué es?"

Su mano subió por mi cintura, por mi costado, y me tomó un pecho por encima de la blusa.

Lo apretó.

Se me escapó un gemido.

"Es que no puedo dejar de pensarte", dijo contra mi oído.

Siguió manejando con las manos mías sobre el volante y una suya en mi pecho.

La otra bajó.

Se deslizó por mi muslo, bajo la falda, y se detuvo sobre la tela de mi tanga.

La tocó.

Estaba empapada.

Gemí sin pudor.

"Señor...", dije, sin aire.

Él apartó la tela con dos dedos y me tocó directamente.

Me arqueé.

Entró uno, lento, en mi cuerpo estrecho y ardiente.

Después otro.

La camioneta traqueteaba.

Yo manejaba con las manos apretadas al volante, a diez kilómetros por hora.

Tenía dos dedos enterrados dentro de mí y un bulto duro latiéndome contra la espalda.

"Mantén el rumbo", ordenó.

"No puedo."

"Puedes."

"Voy a..."

"Todavía no."

Sacó los dedos, despacio, empapados.

Me los mostró, brillando bajo la luz del atardecer.

Entonces lo supe.

Todo estaba por salirse de control.

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