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Aprendiendo a que Me Manejen, novela · Capítulo 2 de 12

Capítulo 2: Segunda clase

Las manos de él entran donde el reglamento no dice, y llama Andrea.

Rafael frenó.

Apagó el motor.

El silencio del campo cayó sobre la cabina como una manta.

Se oían los grillos, el viento en los eucaliptos, y nuestras dos respiraciones agitadas.

Él seguía con los dedos mojados frente a mi cara, y yo no podía apartar los ojos.

Se limpió la mano en el pantalón, despacio, sin apartar la mirada del parabrisas.

"Esto no puede volver a pasar", dijo.

La voz le salió grave y rota.

"¿Por qué?"

"Eres la mejor amiga de mi hija."

"Lo soy."

"Tienes veintidós años."

"Y usted cuarenta y seis."

"Exacto."

"Soy adulta."

"Lo sé."

"Y usted me puso la mano ahí."

"Lo sé." Cerró los ojos. "Fue un error."

Me giré sobre sus piernas, sin bajarme, hasta quedar de frente a él.

Le puse las manos en el pecho.

Sentí su corazón latiendo a toda velocidad bajo la camisa.

"Entonces enséñeme otra vez", dije.

Abrió los ojos.

Me miró.

Lo vi pelear.

Lo vi contar hasta diez, hasta veinte, hasta cien, con la mandíbula tensa y las manos agarrando el volante.

Hasta que se rindió.

Me tomó de la nuca y me besó.

Fue un beso brusco, urgente, con sabor a café y a hombre.

Gemí contra su boca.

Su lengua me abrió los labios, me exploró, me reclamó, y yo me aferré a sus hombros como si me fuera a caer.

Me desabotonó la blusa con una mano.

Me la sacó por los hombros.

Me quitó el sostén con un movimiento hábil.

Me miró los pechos.

"Dios", dijo.

"No diga nada."

"No puedo no decir nada."

Los tomó con las dos manos, los apretó, los levantó, y bajó la cabeza para chuparme un pezón.

Grité.

El calor me recorrió el vientre como un hilo de fuego.

Le enredé los dedos en el pelo, arqueándome contra su boca, mientras su lengua me lamía con una lentitud cruel.

"Don Rafael..."

"Rafael."

"Rafael."

"Así."

Le abrí la camisa.

Botón por botón, con las manos torpes, hasta descubrirle el pecho ancho, el vello oscuro, la piel morena y caliente.

Le besé el cuello.

Le mordí la clavícula.

Él soltó un gruñido bajo.

Me levantó la falda con las dos manos hasta la cintura.

Me bajó la tanga lo justo para dejarme abierta, y me sentó otra vez sobre su regazo, con las piernas a los lados.

Sentí su bragueta dura contra mi sexo desnudo.

Me froté contra ella.

Una vez.

Dos.

Cada vez que subía y bajaba, la tela áspera del jean me rozaba el clítoris, y mis rodillas se hundían en el asiento.

"Eso", dijo él, entre dientes. "Así. Sigue."

Le desabroché el cinturón.

Le bajé el cierre.

Lo saqué.

Su verga era gruesa, larga, venosa, con la punta mojada.

La tomé con las dos manos.

Rafael echó la cabeza hacia atrás contra el respaldo.

"Lucero."

"Dígame qué hago."

"Aprietas más."

Apreté.

"Más despacio."

Reduje el ritmo.

"Con el pulgar."

Le pasé el pulgar por la punta, y él gimió.

"Así. Muy bien."

Me acarició el muslo con una mano.

Con la otra, me tomó del cuello, sin apretar, y me obligó a mirarlo.

"Muy bien", repitió. "Buena chica."

Algo se me deshizo adentro.

No sé por qué esas dos palabras me hicieron temblar así.

Me sentí pequeña, protegida, deseada.

"Dígamelo otra vez."

"Buena chica."

Apreté las piernas.

Le bajé la mano a su cintura y él me metió los dedos otra vez, dos, hasta el fondo, con el pulgar sobre mi clítoris.

Los dos nos movíamos al mismo ritmo.

Su mano en mí.

La mía en él.

La cabina olía a sudor y a sexo y a tierra mojada.

"Voy a venirme", jadeé.

"Espérame."

"No puedo."

"Un poco."

"No..."

Entonces sonó mi celular.

Un timbre alegre, agudo, que reconocí enseguida.

Estaba en el bolsillo de mi falda, aplastado entre su pecho y el mío.

La pantalla se encendió.

"Andrea".

Los dos nos quedamos quietos.

Su mano seguía dentro de mí.

La mía, alrededor de él.

El timbre sonó otra vez.

"No contestes", susurró Rafael.

"Si no contesto, va a mandar mensajes."

"Lucero..."

"Si no contesto, va a sospechar."

Tomé el celular con la mano libre.

Contesté la llamada.

"¿Aló?"

"¡Lucha!", gritó la voz alegre de mi amiga, por el altavoz. "¿Cómo te va con mi papá? ¿Ya manejaste?"

Rafael me miraba, con los ojos desorbitados.

Me tapé la boca para no gemir.

Él movió los dedos dentro de mí, apenas, una sola vez, y yo ahogué un sonido.

"Sí... bien..."

"¿Qué tienes? Estás rara."

"Es que... estoy concentrada."

"Ay, Lucha, qué seria. ¿Te grita?"

"No."

"¿Te dejó manejar sola?"

"No... me está... me está enseñando."

Rafael apretó los dientes para no reírse.

Me curvó los dedos adentro y me tocó un punto que me hizo sacudirme.

"Ay", dije, muy fuerte.

"¿Qué pasó?"

"Un bache."

"Ay, esos caminos de Yaruquí son una tortura. Bueno, no te molesto. ¿Vienes a casa luego? Mi mamá nos llevó empanadas."

"Sí... luego voy."

"¡Besos!"

Colgó.

El celular me cayó de la mano al piso.

Me quedé mirando a Rafael, con los ojos abiertos y las mejillas ardiendo.

Él se rió, bajito, sin soltarme.

"Eres increíble", dijo.

"Lo odio."

"Lo sé."

"Usted lo hizo a propósito."

"Un poco."

Apretó el pulgar sobre mi clítoris.

"Pero ahora termina lo que empezaste."

Me vine con un grito ronco, rompiéndome sobre su mano, con las uñas clavadas en su pecho.

Él se vino detrás de mí, en mi puño, con un gruñido hondo.

Nos quedamos así, abrazados, sudados, hasta que dejé de temblar.

Cuando por fin levanté la cabeza, tenía el pelo pegado a la cara y la blusa abierta.

Rafael me miraba con una expresión que me hizo doler el pecho.

No era arrepentimiento.

Era algo mucho más grave.

"Esto es un problema", dijo.

"Sí."

"Un problema enorme."

"Sí."

"Tengo que dejar de verte."

"Dígamelo mañana."

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