De esposa sustituta a la obsesión del CEO, novela · Capítulo 13 de 24
Capítulo 13: Lo que sabía la clínica
Ignacio Barrera estaba sentado en el suelo del ala este, con la espalda apoyada contra los pies de la cama de Lorena.
Las puertas del armario estaban abiertas.
En la barra aún colgaban tres perchas vacías.
Su teléfono estaba boca arriba en la alfombra, a su lado, y el último mensaje era suyo.
¿Dónde estás? Por favor.
Nadie le había respondido.
La puerta se abrió, y su madre apareció bajo la luz del pasillo, con sus perlas, a las diez de la noche.
—Estás sentado en el suelo de la habitación de esa chica —dijo Consuelo.
—Siéntate, mamá, o vete.
—Me quedaré de pie. —Juntó las manos—. No ha firmado nada. Bien. Ahora escúchame. No la llames ni le ruegues. A un hombre que suplica se lo puede comprar.
—¿Quién?
—Cualquiera. Deja que se quede en ese taller y vea lo poco que tiene. En una semana volverá por la casa.
—La casa es suya de cualquier manera.
—¿Qué?
Miró el armario abierto.
—Te paraste en una habitación de hospital y le dijiste que recordara los treinta días —dijo—. Lo dijiste lo bastante alto para que te oyeran las enfermeras.
—Le dije lo que tú escribiste.
—Lo escribí para ella. No para ti.
Su madre separó las manos.
—¿Para ella? —dijo—. ¿Qué escribiste, Ignacio?
No respondió.
Al cabo de un rato, ella salió, y sus tacones sonaron más despacio en la escalera que cuando subió.
A las seis de la mañana, el teléfono se iluminó.
Estoy a salvo. Estoy en casa de Pilar. Necesito tiempo. Por favor, no vengas.
Lo leyó de pie junto a la ventana.
Luego cruzó la ciudad en auto de todos modos y estacionó frente al taller, al otro lado de la calle, en la colonia Americana.
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