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Huí de mi boda y encendí la aurora, novela · Capítulo 1 de 12

Capítulo 1: La víspera

La noche antes de su boda, Mariluz oye a Isaías confesar el incendio, deja el anillo y huye; un camionero la reconoce.

La víspera de mi boda, a las once y diez de la noche, fui a la biblioteca de Isaías a buscar la pluma de mi padre.

Mañana a las cinco de la tarde iba a firmar el acta en el Club de la Unión de Miraflores, delante de doscientos invitados, con la pluma de plata que don Aurelio Paredes había usado toda su vida para firmar sus pedidos de lana.

Isaías la guardaba en su escritorio desde el día del entierro.

La casa estaba en silencio.

Los familiares de él dormían en el piso de arriba, y los músicos recogían los atriles en el jardín.

Yo bajé descalza, con la bata de seda y el pelo suelto, tarareando.

Hacía tres años que Isaías Salvatierra me había sacado del incendio en que se convirtió mi vida.

Cuando mi padre murió de un infarto frente a las llamas de su hilandería, cuando los bancos me embargaron hasta la cama, cuando mi prometido, Gianfranco Zevallos, me dejó una tarde de lluvia por mi propia amiga, fue Isaías quien apareció en la puerta del hospital con un traje gris y un sobre de dinero.

Pagó las deudas.

Pagó el funeral.

Me puso una mano en el hombro y me dijo que no estaba sola.

Durante tres años, nunca me pidió nada.

Hasta que una tarde me pidió matrimonio, con un anillo sencillo y una voz tranquila.

Dije que sí, convencida de haber encontrado por fin un lugar seguro.

Llegué al pasillo de la biblioteca.

La puerta estaba entornada, y salía una línea de luz amarilla.

Oí voces.

"No me mires así", decía Isaías. "Es la boda más barata que me ha salido."

Reconocí al otro: Yuri Lazo, su abogado y su amigo de la infancia.

"¿De verdad piensas casarte con ella?", preguntó Yuri.

"Mañana."

"¿No te da miedo que algún día lo descubra?"

"¿Qué cosa?"

"Que el incendio de La Aurora lo prendió tu gente. Que la muerte de su padre fue tu incendio."

Me quedé quieta, con la mano sobre el marco de la puerta.

No oí nada más durante un segundo.

Después sentí el sonido de un vaso, el hielo contra el cristal, la voz de Isaías, tan serena como la de un notario.

"¿Quién se lo va a contar?"

"No sé. Alguno de los obreros."

"Los obreros están dispersos y mal pagados. Y Gianfranco hizo lo que le tocaba. Se casó con Karol, tal como acordamos, y ella se quedó sin nadie a quien acudir."

"Un hombre menos honesto no habría podido."

"Yuri, por favor. Pagué sus deudas. Enterré a su padre. Le di un techo, tres años de compañía y mi apellido." Sonó una risita. "Con eso, estamos a mano."

"¿Y si algún día lo descubre?"

"Pues lo descubre. ¿Qué va a hacer? ¿Llorar?"

El hielo volvió a sonar.

Me temblaban las rodillas.

Recordé la lluvia, el paraguas negro de Gianfranco, su voz diciendo "no puedo seguir", y el cerco de silencio que se había cerrado después a mi alrededor.

Recordé a Isaías limpiándome las lágrimas con un pañuelo de lino.

Recordé la primera vez que me dijo "mi amor".

Todo encajaba.

Todo, cada pieza, cada pausa, cada gesto amable, había sido una jaula cuidadosamente construida.

Y yo había entrado sola, agradecida, con una sonrisa.

No grité.

No empujé la puerta.

Retrocedí un paso, luego otro, sin ruido.

Subí la escalera, tomé del dormitorio mi bolso de mano, el pasaporte, el collar de mi madre y la foto de mi padre.

Me puse unos jeans, un abrigo, zapatillas.

Dejé el vestido de novia colgado en el armario, con la cola de encaje sobre una silla.

Me saqué el anillo del dedo.

Lo dejé sobre la almohada, junto a la nota que me había escrito Isaías esa tarde: "Mañana empieza lo mejor, mi amor".

Bajé por la escalera de servicio.

En la cocina, una empleada dormitaba junto al horno.

Abrí la puerta del jardín, crucé el césped, salté la reja baja del fondo, y corrí hasta la avenida.

Eran las doce menos cuarto.

Llovía.

La lluvia limeña es fina, casi invisible, y te moja sin que te des cuenta.

Levanté la mano.

Un taxi se detuvo, y le pedí que me llevara a la Panamericana Sur.

Desde el asiento de atrás, vi a lo lejos las luces de la casa de Isaías, encendidas.

No sentí rabia.

Sentí algo más frío, más limpio.

Mi teléfono vibró.

Un mensaje.

"Mariluz. ¿Te llevo un té al cuarto? Te fuiste temprano a dormir. I."

Lo apagué.

El taxista me dejó en una estación de servicio, a las afueras de la ciudad.

Me quedé en la entrada, bajo el techo de zinc, sin saber qué hacer.

Entonces vi el camión.

Un Volvo viejo, rojo, cargado de bultos de lana, aparcado junto a los surtidores.

Un hombre moreno, de barba corta y hombros anchos, bajó de la cabina con un termo en la mano.

Me miró.

Se detuvo.

Me miró otra vez, con atención, como quien reconoce una cara que ha visto en sueños.

"Mariluz Paredes", dijo.

Se me heló la sangre.

"¿Cómo me conoces?"

"Voy para Arequipa. Si quieres, te llevo."

Hizo una pausa.

"Sé quién eres. Y sé qué clase de hombre te espera mañana en el altar."

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