Huí de mi boda y encendí la aurora, novela · Capítulo 2 de 12
Capítulo 2: El camión
Noé le cuenta lo que vio la noche del incendio y la lleva hasta la fábrica quemada.
Subí al camión sin pensarlo.
No era valiente.
Era que no me quedaban fuerzas para desconfiar.
El hombre me abrió la puerta del acompañante, me ayudó a trepar al escalón alto con una mano firme y callosa, y rodeó el vehículo para subir por el otro lado.
La cabina olía a lana húmeda, a café y a cuero viejo.
Colgado del espejo había un rosario de madera, y pegada en el tablero, una foto de una mujer mayor con un sombrero de paja.
Arrancó.
Los faros barrieron la lluvia, y la gasolinera se encogió detrás de nosotros.
Pasaron diez minutos sin que ninguno hablara.
"¿Quién eres?", pregunté al fin.
"Noé Huamán."
"No me suena."
"A mí sí me suenas tú."
"¿De dónde?"
"De La Aurora."
Se me apretó el estómago.
"Yo era ingeniero textil en la hilandería de tu padre", dijo, sin quitar los ojos de la carretera. "Entré a los veintidós años. Salí a los treinta y dos, el día del incendio."
"No lo recuerdo."
"No tienes por qué. Yo trabajaba en el turno de noche. Tú venías los viernes a traerle el almuerzo a don Aurelio, y a mí me dabas mate de coca."
Recordé una cara, entre cien: un joven flaco, callado, siempre pegado a las máquinas, que me sonreía sin atreverse a hablar.
"¿Tú eres el que reparó la urdidora grande?"
"Una vez."
"Mi padre decía que era el único que escuchaba las máquinas."
Sonrió, apenas.
"Don Aurelio era generoso."
La lluvia golpeaba el parabrisas.
Las luces de Lima iban quedando atrás, y empezábamos a ver el desierto en la oscuridad: dunas negras, cercos de adobe, ranchos de estera.
"Dijiste que sabías qué clase de hombre me espera en el altar", dije.
"Sí."
"¿Cómo?"
Cambió de marcha.
"Yo estaba esta tarde en el estacionamiento del club. Había ido a dejar un pedido de lana para los manteles de la boda. Vi llegar a tu prometido en su camioneta. Lo vi bajarse con su abogado."
"¿Y?"
"Los seguí hasta Miraflores. No pude evitarlo. Vi cómo entraban en la casa. Después me quedé en la calle, pensando qué hacer."
"¿Pensando qué?"
"Si debía decírtelo."
"¿Decirme qué?"
Respiró hondo.
"Que el incendio de La Aurora no fue un accidente."
El corazón me dio un golpe seco.
"Eso ya lo sé", dije. "Lo acabo de escuchar."
"Lo escuchó, pero no lo vio."
"¿Qué quieres decir?"
"Yo sí lo vi."
Me volví para mirarlo.
Estaba concentrado en la ruta, con la mandíbula tensa y las manos grandes sobre el volante, con cicatrices blancas de telar en los nudillos.
"La noche del incendio, mi turno terminaba a las doce. A las doce y cuarto, desde la cabina de control, vi por la cámara del patio a dos hombres con bidones. Dejaron los bidones junto a los depósitos de aceite del taller de hilado. Uno de ellos miró hacia la cámara, y sonrió."
"¿Los conoció?"
"A uno, sí. Trabajaba en la seguridad de Isaías Salvatierra."
Se me cortó la respiración.
"Isaías nunca había puesto un pie en la fábrica."
"No necesitaba. Tenía gente."
"¿Y por qué no lo denunció?"
"Lo hice."
"¿A quién?"
"A la policía, al día siguiente. Al abogado de tu padre, a los diarios." Su voz se endureció. "A los tres días me despidieron sin finiquito, por 'faltas graves', y me llegó una carta con un nombre de estudio jurídico que yo no conocía, amenazando con una demanda por calumnias."
"Yuri Lazo."
"El mismo."
"¿Y el video?"
"Lo tengo."
Se me paró el corazón.
"¿Dónde?"
"A salvo."
"¿En tu casa?"
"En un lugar que nadie conoce."
Callé.
Fuera, el desierto se iba aclarando, y se adivinaban, en el horizonte, las primeras líneas violáceas de la madrugada.
Me llevé las manos a la cara.
Tenía las mejillas heladas y los dedos temblorosos.
"Mi padre", murmuré. "Estaba allí. Había ido a recoger unos papeles, porque no podía dormir."
"Lo sé."
"Murió con el humo, solo, porque el fuego bloqueó la salida."
"Sí."
"Y ese hombre... me cogió de la mano en el hospital. Me dijo que no estaba sola."
Noé no respondió.
Pasó mucho rato.
"Mariluz."
"No me diga que lo siente."
"No iba a decirlo." Giró apenas la cabeza. "Iba a preguntarte qué quieres hacer."
La pregunta me desconcertó.
Nadie, en tres años, me había preguntado qué quería hacer.
"No lo sé."
"Tienes tiempo."
"No lo tengo. Mañana a las cinco todo Lima va a estar sentado esperándome en una iglesia."
"Entonces tienes hasta las cinco."
Casi me reí.
"Quiero verlo", dije.
"¿A él?"
"A la fábrica."
Noé asintió, sin decir nada, y apretó el acelerador.
El camión rugió sobre la Panamericana, entre dunas y cerros dorados por el primer sol.
Hicimos mil kilómetros en doce horas.
Cuando pasamos Camaná, el mar se abrió a la izquierda, azul y brillante, y yo me quedé dormida con la frente contra la ventanilla.
Me despertó un cambio de ruido, el crujido de la grava bajo las ruedas.
Abrí los ojos.
Un cartel descolorido colgaba de un muro de piedra volcánica ennegrecido por el humo.
"Hilandería La Aurora, fundada en 1962", decía.
Debajo, torcida, la placa nueva de bronce: "Futuro Parque Aurelio Paredes. Un homenaje de I. Salvatierra".