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Jueguitos Xpeciales en Familia, novela · Capítulo 1 de 12

Capítulo 1: La videollamada

Mientras Eladio mira a su esposa por video, Rodrigo, que ya no es tonto, la toma por detrás.

Desde que me volví tontito, mi madrastra me cuidó personalmente.

Me lavaba, me peinaba, me daba de comer con cuchara.

Me hacía masajes en las piernas todas las mañanas y me llevaba a hacer ejercicio en la piscina.

Dejaba que apoyara la cabeza en su regazo mientras veíamos dibujos animados, y me acariciaba el pelo sin hablar.

Mi padrastro, Eladio, estaba seguro de que yo era un idiota.

Por eso nunca se molestaba en esconderse de mí.

Le subía la falda a su esposa en la sala, delante de mí.

Le mordía el cuello mientras yo comía mi papilla.

Se la llevaba al cuarto a media tarde, dejando la puerta entreabierta, y yo me quedaba oyendo lo que pasaba como quien oye llover.

"No entiende nada", decía él, riéndose. "Es un mueble."

Pero lo que Eladio no sabía era que yo ya había vuelto a la normalidad.

Hacía seis semanas que volví.

Una noche de tormenta desperté en mi cama y entendí todo de golpe: quién era, dónde estaba, qué día era, cuánto tiempo había pasado.

Tenía veintitrés años.

Había estado catorce meses medio muerto.

Y por instinto, sin saber por qué, no dije nada.

Seguí babeando.

Seguí mirando al vacío.

Seguí siendo el mueble de mi padrastro.

Hasta la noche del lunes.

Esa noche me levanté a las tres de la mañana a la cocina, sin hacer ruido, a buscar un vaso de agua.

Y ahí estaba ella, sentada en la barra, con una bata de seda y un libro de nutrición abierto.

Rosalía Vargas.

Treinta y nueve años, pelo castaño largo, ojos color miel, un lunar sobre el labio.

Levantó la vista.

Me vio de pie, con el vaso en la mano, mirándola de frente.

Con los ojos de siempre.

Con los ojos de alguien que piensa.

Se quedó inmóvil un segundo.

Después, muy despacio, se llevó un dedo a los labios.

"Shh", dijo.

Dejé el vaso.

"Rosalía."

Me tapó la boca con la mano antes de que dijera nada más.

Tenía las palmas tibias y el pulso acelerado.

"Hace cuánto", susurró.

"Seis semanas."

"¿Y no me dijiste?"

"Pensé que debía fingir."

"¿Por qué?"

"Porque escuché a mi papá hablar con alguien. Dijo que, si yo seguía así, iba a poder 'arreglar los papeles'."

Rosalía cerró los ojos.

"Lo sé", murmuró. "Lo sé. Yo también lo oí."

Se quedó sin soltar mi cara.

Después me miró de otro modo, no como a un hijastro, ni a un enfermo.

Como a un hombre.

"Sigue haciéndote el tonto", dijo. "Hasta que sepamos qué quiere."

"¿Me vas a ayudar?"

"Voy a ayudarte."

"¿Por qué?"

"Porque me da asco tu padre." Sonrió, con un dolor viejo en la comisura de la boca. "Y porque ya no eres un niño."

Tres noches más tarde, el miércoles a las once, sonó el teléfono de Rosalía sobre la cama de mi padrastro.

Una videollamada.

Eladio estaba en un hotel de Arequipa, por una obra.

Rosalía miró la pantalla.

Después me miró a mí, que estaba sentado en la alfombra del cuarto, con mi cubo de plástico, fingiendo jugar.

"Ven acá", dijo en voz baja.

Me levanté.

"Esta noche no lo vas a necesitar", agregó, y me puso el cubo en la mano. "Esta noche va a ver otra cosa."

"¿Qué?"

"Cállate y mira."

Se sentó en el borde de la cama, se acomodó el cabello, y contestó.

La cara de Eladio llenó el celular, apoyado contra la almohada.

Camisa abierta, copa de pisco en la mano, mirada vidriosa.

"Hola, mi vida."

"Hola, amor."

"¿Está dormido el tontito?"

"Sí. Lo acosté a las nueve."

"Buen chico. Quiero verte."

"Ya me ves."

"Abre la bata."

Rosalía la abrió.

Debajo llevaba un conjunto negro de encaje, y yo, parado a un metro, fuera de cuadro, sentí que se me secaba la garganta.

"Más."

Se la sacó por los hombros.

Cayó sobre la cama.

Sus tetas, grandes y pesadas, se movieron dentro del sostén.

"Quítatelo."

Lo hizo.

Eladio gruñó.

"Saca el juguete."

Ella abrió el cajón de la mesa de noche.

Sacó un vibrador rosa, grueso, de silicona, y lo mostró a la cámara con una sonrisa que no le llegaba a los ojos.

Yo la miré.

Ella me miró.

Con la mano libre, hizo un gesto casi invisible: ven.

Me acerqué.

Me coloqué detrás de ella, de rodillas en la cama, fuera del campo de la cámara.

Sentí su espalda tibia, el olor a coco de su pelo.

Ella encendió el vibrador y se lo pasó por los pezones.

Un gemido real le salió de la garganta.

"Así, mi amor", dijo Eladio. "Más abajo."

Rosalía se tumbó de lado, con las rodillas dobladas y el teléfono apoyado en la almohada a la altura de su cara, y se bajó la tanga hasta las rodillas.

Yo me saqué la camiseta.

Me bajé el pantalón del pijama.

Mi verga estaba dura como piedra.

Ella lo notó por el rabillo del ojo.

Me miró.

Y sin que su cara cambiara, con la boca abierta para el hombre de la pantalla, movió los labios hacia mí, sin sonido:

"Hazlo."

La tomé de la cadera.

Con la mano derecha la guie, resbalosa y caliente, abierta para mí.

Y se la hundí despacio, hasta el fondo, mientras ella ponía los ojos en blanco y se mordía el labio.

"Ay, Dios", dijo.

"¿Qué pasa?", preguntó Eladio.

"Nada. Estoy… muy caliente."

"¿Te gusta el juguete?"

"Me encanta."

"Dime cómo se siente."

"Se siente… grande. Se siente muy grande."

Casi me río.

La embestí de nuevo, lento, sintiendo cómo se le contraía todo el cuerpo.

Ella movía el vibrador sobre su clítoris, con la mano temblorosa, mientras mi pelvis golpeaba su culo.

"Más fuerte", susurró, tan bajito que solo yo la oí.

Le di más fuerte.

Su cuerpo se sacudió.

"¿Qué pasó?", dijo Eladio, riéndose. "Te moviste."

"Me… me acomodé."

"Dime cuánto te falta."

"Un poco."

"Quiero que acabes para mí."

"Sí, amor."

Aceleré.

Mi cuerpo entero latía.

Me agarré de sus caderas con las dos manos, hundiéndome en su calor, escuchando cómo respiraba cada vez más rápido, cómo el vibrador zumbaba, cómo su voz se hacía líquida.

"Eladio", gimió. "Eladio…"

No decía su nombre.

Decía el mío.

Con los labios, sin sonido, mirándome por encima del hombro.

Rodrigo.

Rodrigo.

Acabó con un grito ahogado, arqueándose contra mí.

Las paredes de su sexo me apretaron tan fuerte que no pude aguantar.

Me vine dentro de ella con la frente apoyada en su espalda, mordiéndome el labio para no gruñir.

"Eso", dijo mi padrastro, satisfecho. "Eso es."

Rosalía jadeó, sudada, con una sonrisa temblorosa.

"Qué rico, amor."

"Ya me voy a dormir. Mañana tengo que madrugar."

"Descansa."

"Ah, casi se me olvidaba."

"Dime."

"El jueves regreso a Lima. Voy a llevar a un doctor para que vea al tontito. Es hora de resolver lo del muchacho."

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