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Jueguitos Xpeciales en Familia, novela · Capítulo 2 de 12

Capítulo 2: Terapia

Un baño que se vuelve otra cosa, y una visita inesperada.

La rutina de la mañana era un baño.

Todas las mañanas, a las ocho, Rosalía me llevaba al baño del segundo piso, abría el grifo de la tina, me desvestía como a un niño y me enjabonaba la espalda.

Durante catorce meses ese baño fue lo único que me mantuvo vivo.

El jueves, apenas cerró la puerta con llave, se apoyó contra ella y me miró.

"Ya puedes hablar."

"Buenos días."

"Buenos días."

Nos reímos los dos, bajito.

Fue la primera vez que nos reímos juntos.

"Cuéntame todo", dijo. "Lo que recuerdas, lo que oíste, lo que piensas."

Hablé mientras ella llenaba la tina.

Le conté de la caída, que recordaba como un pedazo de película cortada.

Del hospital, que sentí como un sueño de agua.

De su voz, que desde el primer día había sido lo único claro.

"Me cantabas", dije. "En el hospital."

"Una canción de mi abuela."

"La del río."

"¿Te acuerdas?"

"Fue la que me despertó."

Se quedó callada.

Tenía el pelo recogido en un moño, una camiseta blanca sin mangas y un short de algodón.

Los ojos le brillaban.

"Quítate la ropa", dijo al fin, con una voz que no le conocía.

Me desvestí.

Ella apartó la vista, pero solo un segundo.

Después me miró de verdad.

Recorrió con los ojos mi pecho flaco por la rehabilitación, la cicatriz de la sien, los muslos.

Se detuvo en lo que ya empezaba a levantarse.

"Tienes veintitrés años", dijo, como para sí misma.

"Y tú treinta y nueve."

"Qué cruel eres."

"Es verdad."

"Métete a la tina."

Me metí.

El agua tibia me cubrió hasta el pecho.

Ella se arrodilló en el borde, remangándose las mangas, y tomó la esponja.

Me enjabonó los hombros.

Los brazos.

La espalda.

Siempre lo había hecho con la ternura de una enfermera.

Ahora lo hacía despacio, mirando cada centímetro como si lo descubriera.

"Rosalía."

"Shh."

"Dime que pare."

"No quiero."

Le tomé la muñeca con una mano mojada.

Ella se quedó quieta.

"Entonces ven", dije.

"Aquí no."

"Aquí sí."

"¿Y si llega Eladio?"

"Llega a las tres."

"Rodrigo…"

"Súbete."

Me miró con los labios entreabiertos.

Se quitó la camiseta por encima de la cabeza.

El short.

Quedó con un sostén de algodón blanco y una tanga clara, y la piel de los muslos erizada por el vapor.

Se metió a la tina frente a mí, y el agua subió hasta el borde.

La senté a horcajadas sobre mis piernas.

Le quité el sostén con los dedos mojados.

Sus tetas, pesadas y suaves, quedaron libres frente a mi cara, con los pezones oscuros endurecidos por el aire.

Me las llevé a la boca.

Primero una, despacio, con la lengua en círculos.

Luego la otra.

Ella echó la cabeza hacia atrás y se agarró del borde de la tina con las dos manos.

"Ay, Dios", gimió. "Rodrigo."

"Dilo otra vez."

"Rodrigo."

"Más fuerte."

"Rodrigo, por favor."

La hice callar con un beso.

Era mi primer beso de verdad después del accidente.

Sabía a menta y a sal, y a todo lo que había deseado sin nombre durante meses.

Ella me abrazó el cuello.

Se frotó contra mí, la tanga mojada contra mi verga dura, hasta que le temblaron los muslos.

"Quítatela", dije.

"Mándame."

"Quítatela."

Se la quitó.

La dejó flotando en el agua.

La levanté de las caderas.

Ella apoyó una mano en mi hombro y con la otra me tomó la verga, dura y caliente, y la guio hacia su entrada.

Bajó muy despacio.

Los dos gemimos.

El agua se desbordó.

Chapoteó contra las baldosas, mojó la alfombrilla, el espejo, la puerta.

No nos importó.

Rosalía me montaba con los ojos cerrados, subiendo y bajando, con las manos en mi pelo, la espalda arqueada, el moño deshecho.

Yo le sostenía las nalgas.

Le mordía el cuello.

Le susurraba lo que quería oírse decir.

"Mírame."

Abrió los ojos.

"Dime de quién eres."

"No sé."

"Dímelo."

"De… de nadie."

"Mentira."

Le di una nalgada, suave, en el agua.

Ella gimió con una risa quebrada.

"Tuya", jadeó. "Soy tuya, Rodrigo. Soy tuya."

"Así."

La empujé contra el borde de la tina, la inmovilicé con mi cuerpo y empecé a embestirla desde abajo, fuerte, sintiendo cómo el agua golpeaba a su alrededor.

Acabó primero.

Con un grito ahogado contra mi hombro, con las uñas clavadas en mi espalda.

Yo me vine dentro de ella, hondo, con su nombre en la boca.

Nos quedamos así, abrazados, jadeando, con el agua enfriándose.

"Esto es una locura", susurró.

"Sí."

"Eres mi hijastro."

"Soy un hombre al que lavabas todas las mañanas."

Se rio, con la frente apoyada en la mía.

"No me arrepiento", dijo.

"Yo tampoco."

Salimos del baño envueltos en toallas.

Vestida a medias, ella se secó el pelo con una mano mientras con la otra apretaba mi muñeca, como para comprobar que yo era real.

Fue entonces cuando sonó el timbre.

Largo.

Impaciente.

Rosalía se quedó helada.

"No puede ser. Es muy temprano."

Se asomó por la ventana del pasillo.

Se le fue el color de la cara.

"Dios mío."

"¿Quién es?"

"Mi hermana."

Abajo, en la puerta de entrada, de pie con un maletín de cuero y un traje azul marino, estaba una mujer de pelo corto y mirada afilada que miraba hacia arriba, hacia la ventana, como si supiera exactamente dónde estaba parada.

"Mirtha", dijo Rosalía. "Abogada. Y mucho más lista que yo."

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