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Jueguitos Xpeciales en Familia, novela · Capítulo 3 de 12

Capítulo 3: La hermana

Mirtha entra al plan y los dos escapan a la piscina del club.

Mirtha Vargas se sentó en la barra de la cocina, sacó una carpeta del maletín y la abrió sin saludar.

"Tu marido presentó una demanda de interdicción contra Rodrigo."

Rosalía se quedó con la taza de café a medio camino de la boca.

"¿Qué?"

"El martes pasado. En el juzgado de familia. Pide que lo declaren incapaz para administrar sus bienes, con base en un informe médico de hace seis meses." Pasó la hoja. "Audiencia, el viernes que viene."

"Eso no puede ser."

"Es."

"Eladio me dijo que solo iba a traer un doctor para…"

"Para completar el expediente. Ya lo sé." Mirtha levantó la vista. "Tu cuñado es un hombre ordenado."

Yo estaba sentado en la silla de la esquina, con mi cubo de plástico, mirando el vacío.

Mirtha me miró de refilón.

Una mirada de segundos, como quien comprueba una cerradura.

"¿Y él qué entiende de todo esto?"

"Nada", dijo Rosalía, demasiado rápido.

"Ajá."

"Mirtha."

"Rosalía, a mí no me mientas. Son diez años con los contratos de otros." Se quitó los lentes. "Llevo veinte minutos sentada aquí, y el muchacho no ha dejado de seguirme con los ojos."

Rosalía se tapó la boca.

Yo levanté la vista.

Mirtha me sostuvo la mirada, con los labios apretados, sin parpadear.

"Hola, Mirtha", dije.

Me salió la voz ronca, rota, como de quien no la usa hace mucho.

Mi cuñada soltó el lapicero.

Rodó por la barra.

Cayó al suelo.

"Dios mío", susurró. "¿Hace cuánto?"

"Seis semanas."

"¿Eladio lo sabe?"

"No."

"¿Y la demanda?"

"Si la sé, no puedo ganarla desde aquí."

Mirtha se quedó mirándome, con la boca entreabierta.

Después se rio.

Una risa nerviosa, de abogada que acaba de recibir el mejor regalo del año.

"Eres un genio", dijo. "Eres un genio, muchacho."

"No fue idea mía."

"No importa."

"Necesito saber si puedo hacer algo."

"Puedes callarte." Se inclinó hacia mí. "Delante de Eladio, delante del doctor y de cualquiera que no sea nosotras tres, sigues siendo el tontito. Hasta el viernes. Ese día, delante del juez, te levantas y hablas."

"Sin un plan."

"Con un plan. Yo lo armo." Miró a su hermana. "Necesito pruebas de que no está incapacitado. Pruebas de que Eladio lo sabe o lo sospecha. Pruebas de que el médico fue pagado. Y pruebas de dónde va la plata del fideicomiso."

"Lo grabo todo", dijo Rosalía, bajito.

Mirtha frunció el ceño.

"¿Qué?"

"Hace un mes que grabo sus llamadas. En el celular. Tengo cuatro horas."

"Rosalía."

"Algo me olía mal."

Mirtha la miró como si la viera por primera vez.

"Mi hermana la espía", dijo, con una sonrisa admirada.

"Tu hermana ya no es una tonta."

"Nunca lo fue."

Se abrazaron, rápido, con fuerza.

Después Mirtha cerró la carpeta.

"Esta tarde llegan con el doctor. Quiero que actúen de maravilla. Y me avisan de cada palabra."

"Sí."

"Y no se mueran de nada hasta el viernes."

Se fue.

Rosalía se apoyó contra la mesa, con la mano en el pecho.

"Dios."

"Tiene razón", dije. "No nos podemos descuidar."

"Lo sé."

"Entonces olvídate de lo de esta mañana."

Me miró.

"¿Eso quieres?"

Me quedé callado.

Ella sonrió, con un dejo triste.

"A las doce tenemos terapia acuática en el club", dijo. "Como todos los jueves."

"Sí."

"Sigue la rutina."

El club de La Molina tenía una piscina pequeña, techada, de agua tibia, reservada para los socios con movilidad reducida.

Los jueves a las doce estaba vacía.

Rosalía firmó en el libro de la entrada.

El salvavidas, un viejo calvo que dormía en una silla, me saludó con un "buenas, joven".

Yo le sonreí con mi sonrisa de tonto.

Entramos a la piscina.

Ella se había puesto un traje de baño negro, de una pieza, cortado en V por delante.

El agua le llegaba a la cintura.

Me tomó de las manos y me llevó hasta el centro, como todos los jueves.

"Camina", dijo, para que lo oyera el salvavidas.

Caminé.

"Muy bien. Despacio."

Caminé.

"Ahora flota."

Me puse de espaldas.

Ella me sostuvo con una mano bajo la nuca y otra bajo la cintura.

Sentí sus dedos recorrerme la espalda por debajo del agua, apretando la tela de mi bañador.

"El salvavidas no mira", susurró.

"¿Seguro?"

"Se durmió."

La miré.

Me incorporé.

La tomé de la cintura y la llevé hasta la pared, donde la piscina era más honda y la luz casi no llegaba.

La apoyé contra los azulejos.

Ella abrió las piernas en el agua.

Le bajé el tirante del traje de baño con los dientes.

Sus tetas salieron, mojadas, brillantes.

Las lamí una por una.

Ella se tapó la boca con la mano.

"Rodrigo…"

"Calla."

Le corrí la tela de la entrepierna y me hundí en ella de pie, con el agua hasta el pecho.

Se le escapó un gemido ahogado.

La sostuve contra la pared.

Empujé suave al principio, para que el agua no hiciera ruido, y después más fuerte.

Ella me abrazó con las piernas.

Con la boca pegada a mi oreja, me susurró cosas que yo no sabía que sabía decir.

"Más. Rómpeme. Rómpeme, mi amor."

"¿Qué dijiste?"

"Mi amor."

Eso me hizo perder el control.

Me aferré a su trasero y la embestí tan duro que el agua salpicó.

Una ola pequeña recorrió la piscina.

El salvavidas se movió en su silla.

Nos quedamos congelados.

Hubo un silencio largo.

Después el viejo roncó.

Nos miramos.

Aguantamos la risa con la boca cerrada.

Acabamos al mismo tiempo, con las frentes unidas, sin un solo ruido.

Nos quedamos así, abrazados contra la pared.

Hasta que la puerta de cristal de la piscina se abrió de golpe, y una voz grave y alegre retumbó bajo el techo:

"¡Rosalía! ¿Dónde está mi tontito?"

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